leer es una forma de desaparecer

La broma infinita nunca se acaba… o sí

Hoy se cumplen 30 años de La broma infinita, una novela que cargué encajada entre el antebrazo y la cadera durante casi un año, como si fuera un apéndice externo o una cruz de papel offset. 1.216 páginas, notas al pie incluidas, la familia Incandenza, adicciones, tenis, la soledad —cada uno la suya—, la pregunta insistente de qué hacemos con el dolor. Todo eso provocó en mí un efecto desconocido. Primero, desorientación. Después, aburrimiento. Más tarde, odio, dependencia, orgullo. Por eso lo seguía intentando. “No puedo más”, decía, con desinterés y curiosidad, a pesar de la muerte de mi padre y de que, mientras tanto, ardiera una parte de la masa forestal del Amazonas.

¿Cómo era posible utilizar las mismas palabras y contar las cosas de otra forma? “Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos”. ¿Una ficción empeñada en torturar a sus lectores y, al mismo tiempo, convertirlos en fosterwalláticos? “El pecho se agita como una secadora llena de zapatos”. Wallace, creo yo, no buscaba la comodidad ni la recompensa inmediata —¿os suena?—, sino un tipo de verdad cabrona, incómoda, exigente, basada en la insistencia, en no querer soltarla, incluso frente a las burlas del mundo. “Ya está bien de cargar con el libro, Vidal”. Había que seguir y terminarla. Y vaya si lo hice. Un parto.

De ahí nace mi fascinación —o una admiración mal entendida— por David Foster Wallace, que con los años ha terminado materializándose en El miedo a ser como los demás, un intento (probablemente fallido) de comprender mejor al escritor del pañuelo en la cabeza que acabaría ahorcándose en el jardín de su casa. Escribirla me ha ayudado a entender que quizás La Broma Infinita no iba ni de la familia Incandenza, ni de las adicciones, ni del tenis, ni siquiera de la soledad. Tampoco me salvó ni me hizo mejor persona o lector. Hace años que dejé de cargar con ella y, sin embargo, sigue pesando: en la sospecha constante de que el entretenimiento no basta, de que hay libros —y experiencias— que no vienen a rescatarte, sino a recordarte que nadie, ni la IA, lo hará por ti.


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