leer es una forma de desaparecer

De Bunbury a Bad Bunny, fin de un ciclo

Unas niñas confunden a Bunbury con Bad Bunny. Querían comprar entradas para el concierto del puertorriqueño y, claro, la silueta del maño y sus rizos las confunden. Drama y wifi. Al darse cuenta del error, se ríen, pero lo hacen con un evidente malestar. «Ya decía yo, qué barato está…», dice una, arrodillada. «Me gasté 165 pavos». Luego, las dos, frente a frente y rodeadas de muebles de Ikea, escuchan a Bunbury. Y se descojonan. La escena, en apariencia cotidiana, tiene algo de acta notarial generacional: el último clavo sobre el ataúd del rock. No es una confusión fonética, sino un cambio de ciclo, la revolución aireada por TikTok donde la hegemonía del born to be wild y el pelo a lo Morrison transiciona hacia el perreo y la identidad como motor del cambio.

Desde que Led Zeppelin subieron a los escenarios, el rock se colocó al frente de la contracultura. Guitarras y solos altísimos, pecho al descubierto, cuero y hombres, muchas horas “desperdiciadas” aprendiendo a dominar un instrumento… Todo reducido ahora a material de museo, lleno de valor histórico, pero enmudecido por un idioma —el español que no se entiende— que toma el relevo sin pedir permiso, como sucede con cada revolución de paz y amor. A Bunbury se le corta la cabeza y en su lugar aparece Bad Bunny, vestido de Zara y llevando el perreo emancipador a todos los rincones, desde Bayamón a Peleas de Arriba (Zamora), desde Gibraltar hasta Nueva York (¿quién dice New York?).

Ahora la música popular va de códigos, cuerpos y un lugar en el mundo, en una época donde lo anglosajón manda sin convencer. Eso mismo les ocurre a las dos niñas. Hablan el idioma de Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy y, sin embargo, no le entienden. Misma sintaxis, dicción exagerada, cinco vocales en cada vocal, un gran cantante, y nada. En cambio, Benito Antonio Martínez Ocasio, con su dicción tajada, sus sílabas de canto y su español caribeño que tanto irrita a los puristas, se entiende sin subtítulos. Porque hablar la misma lengua no garantiza compartir el mismo tiempo. Y el tiempo, como siempre, ya ha elegido.


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