Padre se compró unos prismáticos. Todavía estaba vivo. Me pareció algo inusual, «¿para que querrá unos prismáticos ahora?», pensé yo, adolescente, en nuestra casa del centro de Segovia. Tardé poco en descubrir para qué eran. Fue en un concierto de Lenny Kravitz en el Palacio de los Deportes (el Movistar de ahora). Me pareció ridículo verlo ahí con los prismáticos colgados, como si fueran unas gafas y rodeado de gente sin dioptrías, joven, a la última. «¿Qué hace este señor con unos prismáticos en un concierto de rock?», seguro que pensaron. Todo cambió en la primera canción. Mi padre se colocó los prismáticos sobre sus ojos verdes amarillentos y lo vio todo de cerca, el cuerpo sólido del cantante, sus manos sobre los trastes de la guitarra, cada detalle de un escenario desprovisto de pantalla. En la segunda canción, los prismáticos de padre eran el objeto más deseado del gallinero.
Así fue como esos prismáticos se convirtieron en un accesorio obligatorio en nuestras excursiones musicales. Camiseta del grupo en cuestión y prismáticos. Cerveza y prismáticos. Asientos en la quinta fila del teatro y prismáticos. Sin ellos teníamos la sensación de echar de menos algo: la posibilidad de sentir la música de otra forma, supongo, o algo que se me escapa o no recuerdo. Aquellos prismáticos dieron muchas vueltas y, probablemente, estarán guardados y a oscuras, un relicario de todo lo que vieron y que, tantos años después, mantengo en la memoria. Esos prismáticos sobrevivieron a padre y, con toda seguridad, sobrevivirán a mi presbicia.
Esta mañana, María me ha regalado unos prismáticos. El gesto —¿para qué querré yo unos prismáticos?— me ha emocionado. Los he sacado de la caja, he quitado los plásticos protectores de las lentes y, al ponérmelos sobre los ojos, me he convertido en padre. Desde la terraza de mi nueva casa he mirado la intimidad de los vecinos, sus camas recién hechas, los salones decorados con artesanía andina, los tejados del Universidad Francisco José de Caldas llenos de estudiantes con sueño. Creo que el día que padre compró aquellos prismáticos tenía la edad que tengo yo ahora. Nada ha cambiado: la música, los conciertos, las ganas de seguir mirando a pesar de la distancia. Solamente falta él, aunque le vea cada vez más cerca.

Ilustración: Guy Billout

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