leer es una forma de desaparecer

Mañanas de trabajo, tardes de soledad, noches de toros

Era un niño cuando vi uno por primera vez. Padre estaba vivo. Me dijo que lo acompañara. Montamos en el Toyota hasta las afueras de la ciudad. Olía a mierda y a trigo. Padre se puso el traje de faena. Me cogió de la mano. Con la mano libre abrió la puerta del corral. «Súbete a las escaleras», dijo mientras pisábamos el barro. Al fondo había unas escaleras blancas que llevaban a ninguna parte. Obedecí sin rechistar. Desde lo alto observé a padre acercarse al toro encerrado en una manga: sus cuernos, el ruido de su aliento. Me recordó a la noche. Padre sacó la jeringa, se subió a la manga y lo vacunó con fuerza entre un estruendo de mujidos y carne contra el hierro.

En «Tardes de soledad» hay un animal acorralado. A veces es Roca Rey, que sujeta y humilla, que conquista y ejecuta, otras es Antonio Chacón, el subalterno. El toro mira a la cámara, los mira a ellos, a nosotros, insiste, sangra y muere sin sentido. Hay en cada imagen una belleza cruda, efímera, que algunos llaman arte. Otros asesinato. Los ojos idos del torero, la forma en que la cuadrilla le cuenta mentiras. Los aficionados están fuera de plano. Se les oye, sus insultos, sus oles. Puede que ellos representen lo peor de ese mundo tan arcaico y lleno de supersticiones. La muerte nunca abre la boca. Solo mata. Otro misterio.

El albero, la señal de la cruz, la sangre, el brillo de los trajes, la ceremonia lejos de la iglesia. Todo viene envuelto en el olor de la morcilla, en un movimiento de pases y muletas, de un vehículo en la penumbra que devuelve al grupo al silencio del hotel tras los vítores. Hay algo parecido a la gloria. Algo parecido a la infamia que no es pintura, sino tauromaquia. Quizá por eso me cuesta ver este documental sin recordar aquella mañana. El barro. Las escaleras blancas. La respiración de la bestia acorralada. Padre subido al hierro, clavando la aguja mientras el animal golpeaba los barrotes. Entonces no entendí nada. Solo el miedo, el olor, la fuerza. Ahora tampoco entiendo mucho más. Solo sé que hay hombres que curan a los animales y hombres que los matan. Y que, en ambos casos, el temblor es el mismo.


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