Felipe Yubero me escribe: «Supongo que ya lo sabrás. Anoche falleció Chepas». Una noticia horrible. Una pena. Le conocí cuando yo era un niño pegado a una guitarra española y él ya recorría los escenarios tocando música muy alta con una Les Paul negra. Desde el foso parecía impredecible. Un rebelde y varias copas. Más jevi que el viento. Una anomalía en una ciudad de souvenirs y cochinillo. En la barra, a cualquier hora, pedía un Jack Daniel’s con hielo. Yo pedía un Cola Cao con magdalenas. Nada de impostura. Nada de apariencia. El tabaco y Judas Priest como una única bandera. La vida sin Chepas me gusta menos.
Le veía pasear por el Salón con su perrita. En verano, bajo los árboles sin hojas, con el suelo cubierto por una capa de nieve. Él de negro, en zapatillas blancas, despeinado, lejos de la laca. «Qué pasa, Vidal». Cuánta sangre en un cuerpo tan delgado. Después desaparecía por las escaleras y nos encontrábamos de noche. A veces, trabajando, otras con ganas de hablar de música, porque la música importa gracias a gente como Chepas. Tocar como un acto de amor. Joda a quien joda. Tiene que seguir tocando en alguna parte. Quizás en el infierno junto a Lemmy y Dio. Ojalá.
Todos nos vamos a morir. Sin embargo, pocos permanecerán en la memoria de la gente. Jesús Sanz es uno de ellos. Por su manera de entender y vivir la vida, por su insistencia, por tocar la música que le hacía sudar, por mantener la fe en los pantalones pitillo, por reivindicar que el mundo está lleno de reyes y reinas que roban tus sueños, por tocar la guitarra y hacerlo como sea pero con orgullo, por llevar la Lujuria a todas partes y regresar al Ojo para hablar de ello. Me gustaba verle vivo. Seguiré recordándolo ya tibio. Seguro que se habría negado a descansar en paz.


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