Segovia. Éramos muy jóvenes. Niños dispuestos a serlo todo el rato. También en Semana Santa. El mal siempre es más divertido que creer. Fue Isaac, el pelirrojo, quien descubrió —nadie sabe cómo— que uno de los barrotes de una de las capillas circulares de la catedral cedía. Olía a piedra caliza y a silencio. Primero los pies sobre las baldosas. Después la fe. Entre medias, alguien quedaba vigilando. Reteníamos la respiración. La caja torácica menguaba. Primero una pierna. Luego el resto del cuerpo. Otra vez el ruido del mal. No queríamos el contenido del cepillo. El destello de las vidrieras sobre la escultura de una Virgen. Atravesábamos la capilla hacia la puerta. La puerta estaba siempre abierta. Detrás, las escaleras de caracol hacia la gloria.
Siempre éramos Isaac y yo. A veces alguno más. Isaac siempre primero. Los pies sobre los peldaños, en un sarcófago de oscuridad disuelta por ranuras de luz. La escalera de caracol, las vueltas. Llegábamos arriba con el aliento entrecortado, más vivos por los nervios. Al final de la ascensión, otra puerta. La mano de Isaac sobre la aldaba. Fuera nos esperaba el aire. Las cubiertas de la catedral no están hechas para caminar con prisa. Desde ahí veíamos la ciudad de la mejor manera: las procesiones, el aire de Castilla, sus costumbres. Éramos inalcanzables. El sol, una uva por detrás de las montañas.
Alguna vez escupíamos para comprobar que no era un sueño. Siempre nos deteníamos a observar lo que estaba prohibido más abajo. Luego había regresar al nivel de los mortales, un poco decepcionados, la verdad. La misma liturgia. Isaac guiando en el descenso, el resto comentando la jugada. Otra vez la oscuridad, un ligero mareo por las prisas. Bajar siempre es más complicado, lo dicen hasta los montañeros. La capilla. La Virgen. La reja. El barrote. La pierna primero, luego el cuerpo. Salíamos de allí sabiendo lo que habíamos visto, entre tambores de Semana Santa y un ambiente incomprensible. El mundo de los adultos tiene poco que ofrecer. Quizás las vistas.


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