Hemos vuelto a mirar la Luna.
Después de tantos años mirando hacia otro lado.
Hemos vuelto a mirarla como nunca.
La misma superficie, por encima de otras luces,
tan antigua que nadie recuerda
si la Luna fue antes que el mundo
o si el mundo solo puede serlo cuando hay Luna.
Alguien lo entendió.
Sin palabras.
Que éramos algo tan pequeño
en mitad de la oscuridad partida.
Ahora la miramos desde una cápsula,
Artemis, después de Apolo,
con ojos que no pestañean,
que ni siquiera piensan.
Imágenes nuevas
para algo que conocemos de memoria.
Aquello que permaneció oculto
ahora se desvela.
La cara oculta de la Luna es seca.
Más desnuda.
Como si el misterio
pudiera agotarse
bajo una luz fría.
La Luna, entonces, ha cambiado.
También nuestra forma de mirarla.
Viajamos para confirmar
que hay algo en nosotros
que insiste en hacerse preguntas
frente a lo infinito.
La cara oculta de la Luna es seca.
La cara oculta del ojo sueña con la Luna.
Mirar hacia fuera
para comprobar
que aún quedan restos de vida
en el planeta Tierra.
Nadie puede conquistar la Luna.
En todo caso, la pisamos,
colocamos una bandera
y tomamos una fotografía.
Por eso hemos vuelto.
Para recordar
que sigue ahí,
describiendo una órbita,
reflejando una luz que no le pertenece.
Un poco como tú y como yo,
brillando levemente
cada vez que desvelamos un misterio.
De pronto,
sin saber muy bien por qué,
me siento triste.
Quizás porque, si uno se detiene a pensarlo,
la Luna era la Luna
porque mostraba una sola cara.
Y nosotros
no necesitamos
verlo todo.


Deja un comentario