Más ayudas para el cine

Un año más la gala de los Goya es recibida con jugos gástricos que salpican la cara de aquella niña con los ojos azules de tanto mirar al mar proyectada tras un diaman(ot)e llamado Amaia, el talento (capilar y no) de Pedro, Julieta y Antonio, otro desfile en ropa cara de “ególatras” que esquivan el fantasma del desempleo y el secreto mejor guardado del cine: hacer películas es la demostración palpable y digital de que los milagros existen, con o sin ayudas estatales… y mucho más sin Dios mediante.

Ahora que la plus ultra derecha ruge con la llegada de rojos y “progres” al poder, es el momento de volver a sacar el tema de las subvenciones y desacreditar a vagos, oportunistas y supuestos representantes de la cultura patria empeñados en expoliar nuestros presupuestos a base de contar emociones con imágenes, ver cantar a Rosalía, repasar un pasado sangriento no escrito en los libros de historia y admirar el poder del fuego cuando el monte arde. De esta forma, nadie pensará en los cientos de millones de euros que Peugeot Citroën Automóviles España, Telefónica, Unión Fenosa, PP, PSOE o Sacyr —entre otros— han recibido con el objeto de “mejorar” nuestras vidas.

Hacer cine es necesario para muchos, pocos se enriquecen con ello —con la excepción de Mediaset o Atresmedia— y, por extraño que pueda parecer, es obra de actores, directores, guionistas, cámaras, eléctricos, ayudantes de producción, directores de casting y trabajadores anónimos que, a base de esfuerzo, impuestos y algo parecido a la fe, devuelven a la sociedad más de lo que reciben en concepto de exenciones fiscales e incentivos para rodar en Canarias. Quizás el problema sea que muchos de ellos nunca tendrán una estrella con la que iluminar las falacias de los que quieren tanto a España. Todos tenemos sueños, algunos los ruedan, otros ladran.

Almodovar, el fondo y el rabo

Vaya por delante que no he visto Dolor y gloria, la última película de Almodóvar. Desde Mujeres al borde de un ataque de nervios su cine colorea el paso del tiempo —que al mismo tiempo es el mío—, transformando el gris en rojo corazón, en naranja madura, en azul topacio fresh.

Es verdad que a medida que el blanco cubre su cabellera de armiño manchego, sus personajes se vuelven más y más afectados, como si la movida madrileña de la que procede no fuera más que un mal recuerdo en el que la naturalidad y la provocación dejan paso al sosiego de un paisaje cubierto por molinos.

Y como él, que utiliza la memoria a modo de flotador al que asirse cuando le toca escribir, yo también regreso a mi juventud. En el país vecino nadie duda de su talento, rayando el genio. Incluso la Cinemateca Francesa llegó a dedicarle una exposición, iluminando un París que esa mañana amaneció cubierto.

Algunas cosas nunca cambian. Francia y el mundo se nublan mientras España deslumbra, dividida entre fanáticos y detractores de su cine. La animadversión que desatan cada unos de sus estrenos solo es comparable a la que genera Rosalía, que ahora también tiene que soportar críticas por el dinero que cobra… además de cantar a la orilla del río en Dolor y gloria.

Porque estas dos palabras, complementarias y al mismo tiempo antagónicas, definen a la perfección el cine de Almodovar. En cada azulejo, en cada mirada, en cada palabra del guión se percibe la tristeza de un hombre único, capaz de sufrir con tal de conmover sin olvidarse de la belleza. Cuando todos lo entiendan Pedro tendrá el reconocimiento unánime que se merece. Sus películas tienen buen fondo y buen rabo, y eso… eso enamora.