Esas parejas que hablan de la muerte

Pasa el tiempo y el amor cambia. El sexo en cualquier parte da lugar a la costumbre. Después hay una tregua y, luego, inevitablemente, la rutina. Han pasado varios años y la pareja mira hacia delante como si hojeara un libro a cuatro manos que se resiste a terminar. La muerte tiene poco de romántico, pero hay algo profundamente íntimo en pensar en ella: no se trata de morirse o del miedo a la muerte, sino de quién se queda, de existir sin el otro. Así, sin darse cuenta, a veces bajo el ventilador, otras cerca del mar, comienzan a hablar de ello con la misma naturalidad con la que antaño planearon irse a vivir juntos, tener hijos o qué comer.

Hablar de quién se irá primero es también una forma de prometer algo más duradero que el amor: la presencia futura en la ausencia. «Yo me muero antes, ¿vale?», dice uno bromeando, como si pudiera elegir o ahorrarse el drama de ver morir al otro. «No soporto la idea de estar sin ti, mejor yo primero, como mi padre», responde él, aunque ambos saben que la voluntad se queda al margen. Hay en en sus palabras una forma de ternura que no cabe en los abrazos. Es el reconocimiento de una dependencia desprovista de posesión y adolescencia, algo suave como una manta vieja. «Si tú te vas, ¿quién me va a entender sin que yo hable?».

Aunque lo obvien, también está el deseo secreto de ser el que se queda, porque morir antes es no saber qué será del otro. Esas conversaciones, en apariencia sombrías para cualquier persona ajena a la pareja, representan una de las formas más puras de complicidad. Porque cuando nos cansamos de mostrar nuestra mejor cara todo el tiempo, cuando la pasión cede ante los gestos más invisibles, la risa y los silencios, lo único que queda por compartir es el miedo a dejar de seguir compartiendo una casa o una vida. Y ahí, justo ahí, el amor se convierte en la única razón para salvar el mundo.

Ilustración: Alex Colville

Las fotografías del verano

Llega agosto y el mundo se llena de hombros, de mar y piscinas municipales, espejismos que duran lo que dura la marca del moreno. De alguna forma, mostrando nuestro veraneo podemos afirmar (con ciertas dudas) que no nos hemos quedado atrás, que estamos como queremos y donde nos merecemos, una forma de reivindicar la vida entre socorristas y bocadillos envueltos en papel Albal. Porque las vacaciones se construyen a base de fotografías con filtros cálidos y vuelos caros, sirven para constatar nuestro lugar en un mundo abarrotado en verano, a rebosar en el resto de estaciones. Pero siempre silencioso en la memoria.

Veranear esconde un privilegio y una costumbre arraigada desde niños, cuando vivir era fácil: despertarse, elegir el bañador, atrapar cangrejos con un cubo y dormir sobre la arena, las mismas acciones repetidas que cambiaban el color de nuestro pelo y nuestra piel, también el sabor de la comida. Más tarde, un 4 de agosto de 2025, adultos o camino de serlo, somos incapaces de no anticipar su final, como si la semilla del verano fuera el invierno. La luz de este agosto y todos los agostos trae un billete de vuelta al trabajo en la maleta. Para evitar su final, grabamos una cerveza o una ola. Estamos vivos y por eso publicamos.

El verano, el propio y el ajeno, pasará de largo, y nosotros, en Ibiza o en la calle Ibiza, tendremos la sensación de haberlo desperdiciado una vez más, los que lo hicieron en secreto bajo la toalla y los que lo secaron a la vista de todos, seres incapaces de habitar lo que carece de mañana. Las fotografías del verano son pruebas, una manera de decir «está ocurriendo», vine, vi, perdí. Fui feliz solo o acompañado. Duró poco, casi un parpadeo o una ola. Me vieron, me quemé. Aquí están la orilla y la marea para demostrarlo.

Ilustración: Carlos Martín

Las cosas que nunca decimos

Hay cosas que no se dicen porque uno no sabe cómo decirlas sin que raspen o hagan daño. Quizás se trate de una forma de ser un poco antigua típica de hombres reprimidos. Quizás se trate de una forma de respeto, un pacto silencioso entre el afecto y el pudor, otra manera de salvar lo nuestro. La última opción: un acto de cobardía. Sea lo que lo fuere, nos sucede con los amigos de siempre, con algún hermano, con gente a la que queremos y queremos tener cerca. Ellos no lo mencionan; nosotros pasamos de hacerlo. Los fantasmas existen, están por todas partes, dan miedo debajo de una sábana de indiferencia. Por eso nadie dice nada. Por si acaso.

También sucede con conductas que uno ve en los demás: decisiones incomprensibles, comportamientos de pareja… Se ven. Se cuestionan. Se apagan. Hasta mañana. Así durante meses, incluso años o toda una vida. Sugerirlo o comentarlo implica cuestionar al otro, colocarse en un posición de juicio, terminar con una pelea seguida de un silencio peor porque jode y hasta embruja. Resulta preferible tener un amigo equivocado o una familia a no tenerlos. O eso decimos.

Lo que separa a las cosas que nunca decimos del silencio puede resultar confusa. Pero hay un matiz, de la misma forma que se siente la tensión en el aire al entrar en un habitación donde se acaba de hablar de alguien que aparece de repente. Las palabras nunca pronunciadas esconden un propósito, señalan en una dirección, esperan su turno ahora o más tarde. Lo omitido conserva las amistades y el amor igual que se barniza un mueble viejo. Decirlo todo es un lujo. Así avanzamos mirando hacia otro lado, como quien no ve nada, y las noches siguen a los días y después las noches, con unas palabras o una frase atravesadas en mitad de la garganta.

Ilustración: Guy Billout

Cocinar como acto de amor

Sucede en la cocina de una casa, yo observo desde la ventana de la casa de mi novia. La luz amarillenta, una fachada de Madrid en calma, un pedazo de cielo azul en la parte superior de un cuadro de tarde. Lo primero visible son los brazos de él, finos, el jersey remangado hasta los codos. Coloca un pedazo de carne congelada sobre la encimera, abre un vino, enciende el gas y prende el fuego. Sus manos flotan en un juego de ingredientes. La luz cambia y a esas manos se unen otras manos de uñas rojas. El pedazo de carne se reblandece. Cae la noche en todas partes. Alguien enciende una bombilla. Yo observo desde la penumbra. Cocinar como acto de resistencia ante la velocidad del tiempo.

El pedazo de carne desaparece dentro de una olla. Se observan cambios, sutiles pero cambios. La botella más vacía, un vaso de vino medio lleno, la tabla de cortar cubierta de cebolla, puerros, ajo y pimientos, la manos unidas a los brazos, los brazos unidos a dos cuerpos sin prisa. Él añade pimienta con tres giros de muñeca izquierda, ella, concentrada en dar vueltas al guiso, se inclina e inspira el humo procedente de la olla. Dice algo que no oigo, debe de quedarle poco al guiso. Cocinar como forma de conocimiento del que come y ama dando de comer.

Las cuatro manos con sus codos recogen la encimera, un trapo da los últimos retoques. A mí me entra un hambre diferente, ganas de cocinar sabiendo que mi cena será un sándwich. Lo que he visto ha sido un baile de pareja, personas al margen de la ansiedad y en el borde de un plato sopero. Tienen que haber sido felices durante ese rato, así, los dos en una casa llena de olor y de sabores, un martes, compartiendo una historia sin receta, un presente en una casa templada, un pasado en la boca y una bolsa de basura. La cocina está llena de secretos. Y ahora también de mirones con el estómago vacío.

Ilustración: Mira Petrone

Reencuentros

Reencontrarse tiene algo de descubrimiento. El tiempo pasa mal, cada uno mira hacia su lado y un día, sin quererlo, un espacio congrega a los amigos, normalmente una mesa de restaurante, últimamente temprano. Todo comienza con la advertencia de alguno, quizás dos, «no estoy para menús de 80 euros», «mañana trabajo», cada uno a lo suyo, cada uno un poco incrédulo y encerrado en sus manías, que no son más que repeticiones de actos para sentirnos menos solos dentro de nosotros. Superado el escollo —la camarera espera junto a una planta de interior—, el nudo se deshace, las caras cambian con los platos llenos de comida, el alcohol favorece el tránsito de emociones y una amistad convertida en un rato perfecto.

Lo bonito de los reencuentros es que son cotidianos e únicos, pasan rápido o muy rápido, suceden en Madrid o en Santo Domingo de las Posadas. A veces, la razón del reencuentro responde a una tragedia, otras, quizás más numerosas, se trata de verse, echar un rato, hablar de la concentración de azúcar en una botella de champagne, recordar lo sucedido cuando creíamos ser reyes, pensar en comprar una casa para cuando seamos viejos y lentos, recorrer la parte menos transitada de un mundo también viejo, pero demasiado rápido. Nos separamos para reencontrarnos. Nos reencontramos para ser felices.

Cuanto más perdemos más valoramos los reencuentros, como si la única forma de seguir hacia delante fuera detenerse y compartir el aire. Hay algo profundamente humano en compartir las penas y las alegrías, en poder ser nosotros sin temor a hacernos daño. Hasta hace poco era incapaz de actuar con naturalidad en estas ocasiones, ahora, después de muchos meses de distancia, me doy cuenta de que la única forma de esquivar la locura y la mala soledad consiste en reencontrarse con gente querida que es, de una manera un poco extraña, reencontrarse con uno mismo. Nos vemos pronto y aquí abajo.

Ilustración: Simon Bailly

Los españoles vistos por un japonés

Los españoles entran en casa sin quitarse los zapatos, aparcan la moto en las aceras, cruzan la calle cuando el semáforo está en rojo. En el metro, los españoles se saltan los torniquetes, entran en el vagón antes de que los viajeros salgan, escuchan música sin cascos, tienen conversaciones a gritos. Los españoles tienen problemas con la educación obligatoria, para ellos los segundos son minutos y las horas son años, es decir, llegan tarde casi siempre y creen que el tiempo es algo suyo. Los padres españoles juegan con sus hijos en el parque, los llevan a hombros, demuestran su afecto porque el amor va de dentro a fuera y no se pide.

Los españoles critican por defecto, son envidiosos y se les ve en la cara, técnicos de sonido o conductores a los que les gustaría ser músicos o artistas. Los españoles beben alcohol temprano, comen tarde, cenan cuando deberían estar dormidos o en la cama, quieren salir de trabajar porque saben que el trabajo no dignifica a nadie y aún menos al trabajador. En la intimidad, los españoles expresan lo que sienten sin barreras, ríen, lloran, acompañan el dolor y el dolor de la muerte, abrazan con ganas, no se sueltan, se consuelan sabiendo que la vida consiste en tener buenos amigos y una familia con la que discutir cuando nieva por detrás de los cristales.

Los españoles visten regular, odian la lluvia, enseñan el cuerpo cuando florecen los almendros y la nieve se convierte en río y el río en playa, se perfuman con una mezcla de rosas y vainilla, son intensos como los perfumes, se cabrean cuando conducen e insultan a las madres de los otros conductores. A los españoles les gustan las sobremesas, que la tarde se junte con la noche y a veces con la madrugada y un vaso con hielo, creen en vírgenes y leyendas, mezclan vino con refrescos, se encomiendan a la suerte mirando al cielo, creen que los japoneses vienen de un planeta lleno de suicidios, arroz y kimonos. Ni los españoles ni los japoneses lo saben, pero todos son diferentes, todos se parecen, nacieron dentro de este sueño del planeta Tierra.

Ilustración: Yan Nascimbene

Cartas a María (III)

Yokohama, 9 de marzo de 2025 

Dos meses desde que llegué a esta isla. El tiempo es una variable plástica, siempre a la contra, también para los que corren, y aquí cunde muy poco porque se convierte en vértigo. La gente da tres caladas largas al cigarro, sorbe la sopa sin quemarse, vive a un ritmo puntual e inhumano. Por eso se queda dormida en el primer metro de la mañana. En cambio, dentro de ese movimiento, los oficios se prolongan durante décadas, para el que corta sushi o empuja a los pasajeros dentro del vagón. En la calle todo envejece a toda hostia. Menos nosotros. 

Justo ahora me acostumbro a la falta de luz solar y al exceso de leds, al sonido de un tren por encima de mi cabeza, a los envases de plástico en los bolsillos del pantalón y la mochila, a beber para acercarse a los otros, a caminar entre millones de personas dislocadas. Y todo tiene música: las estaciones, las tiendas, los váteres, el camión de la basura, los probadores y los parques en silencio, la llegada de un terremoto. Me dice Naokazu que sin música los japoneses se morirían de pena. Le creo. Apenas toco el piano, pienso en ti, una nota blanca, en mí y la nota negra a su lado.  

En breve iré a buscarte al aeropuerto más limpio del mundo como tú me despediste, sabiendo que cuanto más pensamos en el tiempo más despacio nos descuenta, con la certeza de que te reconozco también cuando estás lejos y te escucho reír y bailar, también llorar o comer en un lugar peor cada vez que vuelves a reservar mesa. Esta isla parecía hecha para mí, representaba una aspiración que, al materializarse, agoniza. Da igual donde uno viva, un pueblo de mierda o una ciudad en el futuro. Lo que importa es sentirse bien o medio bien donde a uno lo elijan, mejor juntos, con los ojos de Chico Buarque cantándonos mientras Japón cierra los suyos poco a poco.  

Ilustración: desconocido

Mis refugios

La soledad nos enfrenta a la peor de las realidades: nosotros. Estando solos  ‒sentirse solos es otra cosa‒ nos vemos forzados a escuchar esa voz que los demás apagan, una voz que habla de nuestro deterioro físico y la incapacidad para adaptarnos al cambio, de lo poco que nos gustan las aglomeraciones y lo mal que llevamos el silencio. Sin nadie cerca somos un rastro de la gente a la que queremos, un animal perdido y bien alimentado. Frente al miedo, el nosotros se convierte en un yo, y ahí recurro a la música y los libros de siempre, a un recuerdo de ella. 

La música que escucho ahora es la de mi adolescencia. No porque sea la mejor, tampoco la más interesante, sino porque atraviesa el espacio y abre la puerta de un refugio que, a diferencia de mi cara, permanece intacto, lleno de pósters de guitarristas en las paredes y una ventana al campo. Si fui feliz en algún momento fue en ese cuarto. Y aún puedo. El mismo ritual de los casetes escritos con bolígrafo. Distinto tiempo. Ajusto los iPods y aparecen flores en la lista de mi pecho.  

Sucede lo mismo con los libros. Recurro a Marías en PDF, a párrafos de Nicanor Parra o Joan Didion, al marinero que perdió la gracia del mar, textos que reconozco de otra forma al releerlos, que me recuerdan lo que puedo ser y sentir estando solo, que ignoran la fuerza de la gravedad y la caída. Luz de septiembre del 2024. Una mañana de niebla. En el horizonte había un barco. El sol apareció de pronto, una uva resplandeciente. Desapareció la niebla. Desaparecí yo. Aparecimos nosotros frente al agua, sobre la arena de un verano que vuelve hecho refugio. 

Ilustración: desconocido.

Alejarse

Hay algo terrible en poner una distancia de ocho horas con respecto a un Madrid quieto. Dos mochilas, una bandeja de jamón ibérico entre los calzoncillos, un par de zapatillas y la misma sensación al despedirme de la casa de padre y madre por primera vez. Sentí vértigo y ganas de perder hacia delante. Ahora, años después, lo que me acompaña es algo parecido a la suerte, a pesar de ser más viejo y mucho más idiota.

Aquí amanece antes, la vida se deshace por adelantado. En España todo debe de seguir igual. La voz de madre en el teléfono, las hermanas a sus cosas, padre muerto, Luis con ganas de trabajar menos, Diego y Pablo, Álvaro y Laura, Javi leyendo frente al mar, Jorge sin su bajo, el mundo por pares. De lo único que me arrepiento es de alejarme de María y sus carcajadas con aire, de su pelo rastrillándome la cara. Es la primetra vez que me sucede. «Déjate de decir lo de las primeras veces», diría. Ya está escrito. Tiene que ser porque María es un destino después de tantas paradas. O eso quiero.

Este espacio viene con su propio frío. Lo que antes era invisible ahora se amplia, como si siempre hubiera estado ciego. Ahora veo y no conozco a nadie. Bueno, solamente a una persona en una ciudad de catorce millones. El mismo sol del otro lado, perros en el parque, el sonido de los trenes, tiempo, espacio y más silencio. Me aferro a un momento feliz: un bocadillo de pescado en Lanzarote con ella. Qué raro. Nunca me había sentido tan cerca de alguien. Tan distantemente juntos, tan lejos.

Ilustración: desconocido

El olor de los amores muertos

Imaginemos que el futuro es para los débiles, que todo el tiempo que tenemos retrocede, un parpadeo de cuadernos de rayas, de fruta podrida y soles como uvas sin hueso. Por una vez olvidemos el ahora, casi fin de año, el aliento de la gente con frío por la calle, los árboles de luces, la gente intermitente. Todo es posible, aunque sea mentira, parecer jóvenes en un horizonte de diamantes y una ciudad con los hombros al aire. Muy cerca, el amor del verano, todas las piscinas del mundo. Bajo el agua, ella o él. De fondo, nuestra nostalgia de siestas y campanas.

Una gota de agua viaja del pelo a la punta de la nariz, universos líquidos, del pecho al bañador y su cintura. En esa intersección palpita el sexo, cosas de jóvenes que se tocan y se hacen daño, que se abrazan como si el mundo fuera arena. Mareas, un viejo bronceado camina por el borde de los mares, otro espejismo, azul Bondi, azur, azul eléctrico, «ponme un poco de crema en la espalda, anda», «demos un paseo en bicicleta hasta el faro». ¿Lo hueles? Es el olor de los amores muertos. Solo la sal puede conservar nuestras caricias.

Fuimos felices en un paraíso de belleza virgen, de arrugas de expresión antes de las arrugas, de piel sin costras, de humedad bajo la luz de agosto, de algas a los pies de los niños, de belleza y más belleza sin daño. Podemos ser felices siendo viejos. Quizás de otra manera, presente, en un futuro que pasará por encima de nuestras cabezas, con el mismo sol y un mar de plástico. Volvemos a los amores muertos para regresar con un trofeo entre las manos, con las sienes blanqueadas y el corazón de las medusas, más solos, un poco más blandos. Vivir, nunca hubo un mejor propósito para este año tan joven.