Díselo antes de morir

Naces con un grito. Creces, buscas una conexión, algo parecido a casa en los ojos de un amigo o una hermana, tal vez en un padre inalcanzable. Se trata de un instante que reverbera siempre y para siempre en ti, en un cielo iluminado por una bombilla, en una habitación a oscuras. No es nada más que el rastro del amor, un amor que anhela salir del cuerpo y darse al otro con un gesto, pequeñas demostraciones tan necesarias como el aire. Nunca te lo guardes, convierte lo invisible en tacto de palabras. Díselo antes de morir, antes de que sea demasiado tarde.

Porque los peores arrepentimientos se originan en lo que no haces, nunca en los errores cometidos. Ten en cuenta que hay personas que no piden nada, que no anhelan vueltas rápidas ni castillos por encima de las nubes, tan solo quieren oírtelo decir, oír que fueron parte de tu orgullo, que te hicieron falta y te hicieron bien de alguna forma, que sonreíste teniéndolos cerca, aunque fueras un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. Al decirlo en alto es posible despedirse sin decir adiós del todo.

Todo lo que no se dice no existe. Todo lo que cuenta es tan pequeño que muchos prefieren esconderlo. La importancia de las cosas poco tiene que ver con el impacto en el planeta, sino con su efecto en los que más te quieren. El resto, ruido en descomposición. Algunos callan porque andan escasos de valor; la mayoría tiene poco que decir y nunca calla. Esos que callan tanto sienten de una manera tan humana que prescinden de palabras. Pues bien, este es un recordatorio para un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. La vida es demasiado corta, pero se acorta aún más si no dices «te quiero» en tiempo.

Ilustración: David Shrigley

Sobre estar solo

Estar solo es percibido como una maldición. Puedes sentirlo en la mirada de los otros, también en la mirada propia. Míralo, tan solo, comiendo frente al ventanal del restaurante, comprando poco en el supermercado. Y ella, otra soltera sola bajo un sol de inicios de septiembre. Parece como si la compañía fuera una condición necesaria nunca suficiente para el mundo, que el tiempo por pares fuera la única matemática obligatoria. Madre me lo recuerda por teléfono, con esa forma tan de madre para convertir la vida vieja en un reflejo de la infancia. No pasa nada por estar solo, de verdad, no hay motivos para la tristeza. La comida se pone mala en la nevera, eso es todo.

Luego hay que luchar contra la inercia. Las parejas están por todas partes, en los calcetines y las naranjas tajadas por la mitad, en los cepillos de dientes y las camas grandes. El que está solo parece que no quisiera estarlo, que lo natural sería compartir espacio y tiempo, aunque luego muchas parejas desean otras vidas, quizás estar un rato solas, la misma vida que les produce tanta pena. Todos nos compadecemos de la gente sola. Sin embargo, la gente sola solamente lo está a a la hora de comer.

Puede que la desesperación sea la principal razón para tener pareja. Al fin y al cabo, las cosas parecen mejorar si se comparten. Se trata de una trampa. Ni estar solo tiene nada que ver con el aislamiento ni la soledad es un problema de viejos y tecnología. Hay tanta gente sola con familia, hijos y trabajo… La gente sola posee una cualidad excepcional para valorar al otro, sabe que compartir una cerveza o un paseo tiene algo de milagro cotidiano. Lo recomiendo. Puede ser un plan de vida y estaciones o una temporada. Podemos ser mayores y seguir jugando como aquella niña del recreo que jugaba sola. Podemos ser felices, juntos, solos, una llama siempre viva en un mundo cerca del invierno.

Ilustración: David Shrigley

Conexiones

¿Por qué conectamos? Es más, ¿qué significa conectar con alguien? La conexión, si prende, fluye hacia los cuerpos, los eleva hasta que el tiempo deja de ser tiempo y el espacio es tiempo suspendido. Algo tendrá que ver la emoción previa al estímulo, que sentir es, a pesar de todo, lo único que nos diferencia de los animales sin palabras. Primero conectar, después darle forma al pensamiento. Entre medias, algo que convierte una casa en un hogar, una cama en chocolate y esa sensación de que solo se vive plenamente cuando conectamos sin intentarlo apenas. Con eso basta, porque es todo.

En la conexión hay un rastro de empatía, los grandes defectos se diluyen en las pequeñas virtudes, en la facilidad para hacer humor de cualquier cosa (hablar como sinónimo de oxigenarse). Se trata de un movimiento de olas entre dos cuerpos que prescinden de los atributos de la civilización. Si conectas entonces querrás la cima y las orillas, el labio inferior, su saliva y la mañana siguiente. La conexión persigue un horizonte, precisamente porque así la sangre se distribuye como el cielo después de la lluvia. Luego el sexo, un sexo antiguo que nace y vuelve a nacer. La conexión es la prueba de que un milagro es la existencia de la cosa, la simple certidumbre de ser estando vivos.

La lejanía solo se entiende cuando podemos conectar con alguien. Cierto que tenemos el cine, también a Bill Evans, comida al otro lado de los ventanales… sin embargo, solo en el otro encontramos un instante que abarca todos los instantes pasados y futuros, un instante que es principio y fin en un mundo de siempre, sucesión de días sin sus noches, sin sus desayunos. Poco tiene que ver la poesía en todo esto. Hablo del latido y su latido en el tiempo, de todo lo que podemos ser cuando alguien nos acepta en nuestra infinita imperfección. Solo a través del contagio emocional podemos ser humanos, aspirar a ser todo menos troncos huecos. Después… da igual después. La puta conexión, la vida.

Ilustración: David Shrigley

Conocer a una madre

Desde aquel primer grito se crea un vínculo eterno con la madre. Ella representa la supervivencia del hijo, un lecho, el amor como comida. Pasan los años y el mundo cambia, también las tallas, y ella, en cambio, permanece suspendia en ámbar, quizás más cansada, igual de guapa, madre siempre madre. Ni los amigos del hijo pueden empequeñecer aquella figura en el sillón, su sonrisa al verle, esa tristeza antigua al despedirse. Una mañana, la madre se queda sola. La puerta de casa encierra un mundo que se acaba. Y casi nadie cae en la cuenta de que las madres, todas las madres, son las grandes desconocidas de las estaciones.

La madre estuvo tan pendiente de ser madre que olvidó la mujer en toda ella. Había tareas, poco tiempo en el espejo, ansia por hacerlo bien. Los hijos querían salir, librarse de su mirada tierna. ¡Ya somos mayorcitos! La prisa impidió preguntar a la madre por sus aspiraciones, aquellas que van más allá de formar una familia. A pesar de la creencia, no todo empieza y acaba en los hijos y, aunque así sea, hay otra madre, anhelos, otros novios, vida hundida que debe regresar a la superficie para completar la nuestra.

Porque los hijos creen conocer a sus madres, pero sólo saben una parte. Ayer, frente a una ventana llena de hortensias y alteas, la madre le contó al hijo cómo conoció al padre. Fue en una feria, entre coches de choque y niños con costras en las rodillas. La madre, entonces niña, mordía una manzana de caramelo. El padre la miró con sus ojos verdes de adolescencia y pelo largo. ¿Quieres?, dijo ella. El padre nunca contestó. Se limitó a sonreír. Y el hijo, de pronto, volvió a nacer antes del primer grito, antes del amor después del amor que nunca acaba.

Ilustración: Geoff Mcfetridge

Los hijos

Los hijos lo cambian todo. Lo veo en mis amigos, en su forma de moverse más cansada. Los hijos les trajeron una razón para estar vivos. En cambio, los que no tenemos hijos tenemos a los muertos. Me gusta ver a gente con hijos porque parecen otros, como si ser padre, madre o ambos fuera la única razón para levantarse por la noche, probar purés, limpiar cacas ajenas, dar paseos por el parque y volver a la rutina de ser padres. Los hijos detuvieron un tiempo que se acaba pronto, que pasó deprisa, cucharada a cucharada. Qué extraño ese cambio visto desde fuera, qué fuera estamos de ese mundo los que no tenemos hijos.

Luego, los hijos, buenos o malos, acaban odiando a padres malos, buenos, simplemente padres, que hicieron lo que no sabían hacer como pudieron. Los padres miran a sus hijos de la misma forma, también a los hijos de puta, pueden perdonarles cualquier cosa menos su muerte. Los hijos, en cambio, toman partido por la madre o por el padre, eligen bandos que, en realidad son uno. Tan parecidos, tan iguales. La madre da a luz una luz extraña porque calienta dentro. El hijo enterrará a la madre, al padre, y hará frío. Brazos de ternura, tiempo, amor supremo, los hijos son los padres, los padres son los hijos que no duermen.

Una vez me vi tener un hijo. Caminaba conmigo de la mano en una calle en cuesta. Al fondo, las copas de los árboles y el viento. Ese sueño fue el pensamiento de un hombre que es hijo, que tiene amigos padres y un padre que murió incumpliendo la promesa de no hacerlo. A madre la miro y veo a una mujer con hijos que no tuvieron hijos. Regreso. La madre, el padre, los padres hablan del futuro del niño, cuidan de un presente pasado en los vídeos y las fotos. El niño llora, ríe, llora, mejora los días de unos padres hartos de ser agradecidos padres. Los miro y me pregunto qué ha pasado. Solo espero que sus hijos perdonen a los padres como yo lo hago, como si todo fuera un sueño dentro de mis párpados.

Ilustración: Toku Bannai

«Me gustaría que alguien llorara por mí»

«Me gustaría que alguien llorara por mí en un tren». Ella me lo confesó al caer en la cuenta de algo que nunca sucedió. Acababa de ver a una pareja despedirse. El chico subió al vagón envuelto en lágrimas. La chica permaneció de pie frente a la ventanilla. El tren comenzó a mover el silencio. Al decírmelo, pensé en las veces que lloramos para reparar errores, para enterrar a gente viva o fría, que llorar es una forma de querer sin ser correspondidos. Las lágrimas nacen en los aeropuertos y las estaciones; las lagrimas mueren en todas las mejillas y el suelo.

¿Cuántas veces han llorado por nosotros? A padre lo vi llorar con su perra muerta en brazos. Madre tuvo que llorar su pérdida y, sin embargo, nunca lo vi hacerlo. Las hermanas lloran como si lloviera flojo. A mis amigos los vi llorar por alguna novia, probablemente de alegría. Si alguien lloró por mí tuvo que hacerlo dentro de su casa, frente a la pared, envuelto en una sábana tibia y azul. Yo lloré en la Terminal 4, con un mollete entre las manos y una fila de gente arrastrando maletas. Sirvió para pasar la pena, pené para secar el llanto. Ella nunca regresó.

Qué sería de nosotros si no pudiésemos llorar por alguien. El mundo estaría hueco, la gente cargaría con un animal sobre los hombros, un animal que pierde sangre por los párpados. Quizás por esa razón sentimos esa debilidad después de derramarnos. Al llorar, por fin, podemos cortar vínculos, la única forma de reír estando solos. Es extraño. En el fondo, todos lloramos por algo que sigue estando ahí cuando dejamos de llorar. Nos faltan lágrimas, nos sobran los motivos. Pero ya llegó el verano.

Ilustración: Raphaelle Martin

Hubo amor

hubo amor en un banco de la glorieta de Bilbao

ahí decidimos detenernos el tiempo necesario

hasta no sentir las manos

paso por delante y nos veo

o mejor dicho, veo el escorzo de cuerpos y aire húmedo 

la ciudad fue testigo nuestro, por eso me advirtió callada 

lo hubiera dejado todo atrás

paisaje, tedio, todo

me hubiera abandonado a esos labios

a esa cara 

ahora el banco está lleno de mierda de paloma

sin embargo, resiste, alivia en el mal sentido del recuerdo 

hubo enamoramiento en un banco de la glorieta de Bilbao 

y lo sé porque parece soñado

como parecen de sueño los besos de los adolescentes

Ilustración: Hiroshi Nagai

Del amor por los animales

No me gustan los perros, todavía menos los que pesan poco. Lo he intentado. A los gatos los miro con indiferencia, cuando se liman las uñas o rozan con la cola las paredes. Me fascinan los pájaros porque descansan en tendidos eléctricos y nunca están tristes. Los cerdos, esos sí me gustan. Pensé en comprar uno. Luego me imaginé paseando al cerdo por Ponzano. «Este debe de ser idiota», dirán los vecinos del chaleco. Mi padre era veterinario. A veces, olía a lana de oveja y al barro y la paja que se pega a la suela de las botas. Establecido el contexto puedo decir que no entiendo el amor de los humanos hacia los animales. A ver, lo entiendo, pero soy incapaz de padecerlo.

Miro las fotografías de esos animales muertos. Sonreían a la cámara, corrían libres por el campo o encima de una mesa. Las fotografías están tomadas por sus dueños, más bien padres. Preferían su compañía por encima de la compañía humana. Será porque su amor es incondicional, constante, transciende el tiempo, el pienso y el espacio. El amor humano implica un trabajo sobrehumano. No sirve con poner un plato de comida en un cuenco o cambiar el agua. Los dueños lloran a su perro y su gato, a su caballo, arrastran esa ausencia durante una vida perra. Y no lo entiendo, por eso soy incapaz de padecerlo.

Seré alguien despreciable por sentir indiferencia. Me consuela saber que hay muchos hijos de puta que se desviven por sus peces, que jamás pisarían una hormiga. También hay humanos que miman a los suyos y matan ciervos y lobos de un disparo. Creo que a veces se nos olvida que los animales nacen y mueren libres, que pertenecen a un mundo salvaje menos feroz que el nuestro. Nos parecemos en algo: ambas especies conocemos el camino de vuelta a casa, bajo un edificio cubierto de luces, bajo las estrellas. Y lo entiendo, por eso soy capaz de padecerlo.

Ilustración: Studio Takeuma

Mi Carmen

Me enamoré de ella al instante. Sentí un rayo y un clavel atravesándome el pecho aún imberbe. Por fin, aquí, en este país, el mío, pequeño y para adultos, había una estrella inalcanzable, de Hollywood, pero con acento sevillano y sonrisa universal. Daba un poco igual cómo cantara, cómo actuara en películas llenas de migas de pan y amor cutre, con fierecillas y un balcón bajo la luna. Ella movía el cuello, decía algo, cualquier cosa, y veías cine. El blanco y negro no podía oscurecer esa sonrisa, sus pestañas, sus huesos de Taylor, de Loren, de Hayworth. Me gustaba tanto que yo abría los ojos para seguir sonándola. Carmen era la más grande de las Cármenes.

Ya de señora con traje y ovejitas domaba a los espectadores por televisión. Mantuvo siempre una belleza antigua, que no es más que el encanto recogido con un esparadrapo alrededor del cuello, una belleza de peluquería que ni se crea ni se destruye al ser mirada. Poco o nada puede la muerte contra ella. Hoy, mi Carmen está muerta. Quizás por eso sueño que sonríe y detiene el tiempo en los ojos de un niño ahora más viejo que cree, por encima de todas las cosas, que ser bella no debe ser nunca una obligación, que la belleza es inmortal y que si la echamos de menos estando viva qué le ocurrirá a la belleza con ella bajo una lápida.

Esta noche no podremos descansar en paz. Y nadie culpará al calor.

La tercera foto del Tinder

Tinder es un escaparate de gente sola. Perdón, de gente solitaria rodeada de más gente o al menos con un fotógrafo a mano. Todo lo demás son copas de vino con dos hielos, el sol entre los índices y los pulgares formando un corazón, campos de lavanda (tiene que ser siempre el mismo), espejos más o menos limpios, tortícolis y un halo de tristeza que se rompe cuando no tenemos wifi. Tiene que haber amor, pero no sale en pantalla. Pero lo más importante, lo que vincula a este lugar con la vida en su manifestación más fieramente humana es la tercera foto. Una, dos y se jodió la magia.

En la primera foto no nos reconocen ni nuestras hermanas; en la segunda dejamos de sentir presión, debemos pensar que si alguien nos va a querer bien se fijará en el interior o en la descripción que acompaña el perfil de cada usuario. Ahí la altura es importante. Todo va como la seda. Esa persona que buscábamos tiene cara, un cuerpo majo, escala y escruta un horizonte con espacio para dos. Deslizamos hacia la derecha, otra vez, y la tercera foto es la cola de un salmón abofeteándonos con rabia. Estuvimos tan cerca…

Sucede lo mismo en una relación de carne y gastos. La pareja se encuentra por primera vez, el ruido se apaga alrededor. Comienza el movimiento, la euforia, todo huele bien. Los enamorados quieren saberlo todo el uno del otro, incluso lo que comen. Después follan encima de la mesa. Pasa el tiempo. Mañanas sin peinar ni maquillarse, la puerta del baño está abierta, los grandes defectos arrinconan las pequeñas virtudes. ¡Zas!, la tercera foto. El amor existe, si es Amor Amor nunca se muere. Las desilusiones, a veces, nos hacen más fuertes, también nos dejan solos. Si quieres amar en Tinder comienza por la tercera foto. El desencanto conduce siempre a la verdad. Y vuelas.

Ilustración: Rutu Modan