La felicitación que nunca llegó

Reconozco que esperé su felicitación. De entre todas las felicitaciones de Año Nuevo la suya hubiera sido especial porque habría honrado el tiempo juntos y no el tiempo que ahora es tiempo en blanco. Como era de esperar su felicitación no llegó. Tampoco llegará más tarde, ni para mi cumpleaños ni cualquier otro día con fecha señalada. Y es que algunos pasan página, borran y abren una ventana hacia otra parte. Otros, en cambio, mantenemos un vínculo indeleble que regresa sin querer, que de alguna forma nos recuerda que las personas que te importan importan siempre, aunque pase el tiempo y otro y otro año.

Cuando digo importar me refiero a que hay personas con capacidad ilimitada para devolvernos a momentos felices. Parece evidente que la felicidad solo se percibe con respecto a un reverso cruel, que no podemos estar bien si no hemos superado una ruptura, una decepción o una muerte. Quizás las personas que nos importan de verdad son solo un recordatorio de una pérdida, pasada o posible, y que solamente ellas (también la música y el mar) pueden evitar que uno se pierda. No recibir su felicitación me puso triste. Pero la tristeza esperada es el inicio de la tranquilidad futura.

Hace tiempo entendí que, para esas personas importantes para nosotros, podemos no ser importantes, o si lo somos, no parecerlo nunca. El 2024 puede ser el espacio perfecto para digerir una idea que se entiende mejor en el caso de mi padre. Padre se murió una noche. Recuerdo bien dónde, sus labios pegados, el tiempo que hacía la mañana antes de incinerarlo. En cambio, no estoy seguro del año, tampoco de la fecha. Fue hace mucho tiempo. Me gusta creer que este año no tuve mi felicitación por culpa de un fallo en la memoria. Aunque sea mentira.

Ilustración: Taku Banai

Año nuevo: renovación necesaria de una farsa

Me gusta creer que un año nuevo es un espacio de felicidad en blanco. El año viejo prescribe, con su muerte y sus canciones, con ese peso que, algunas veces, implica seguir ocupando el cuerpo vivo. Lo conocido, hojas secas en el calendario. En tres días llegará un año que me pertenece, también a ti, que puede parecerse a eso que queremos y que, año tras año, viene a confirmarnos justo lo contrario. No importa. Necesito creer que a la gente le irá bien, renovar la mirada sabiendo que mis ojos son siempre los mismos, verdosos bajo la luz, marrones casi negros cuando cae la noche. Recrearse o vivir sin un propósito; el año nuevo como renovación necesaria de una farsa.

Algunos comienzan su año en septiembre. Quizás tengan razón. Se trata de un mes más adecuado para volver a la rutina. Todavía hace calor y, con suerte, algunos conducen varias horas hasta ver la playa. Enero trae abrigos largos, gorros, papel de regalo que sirve para esconder todo lo que todavía no ha nacido. 1 de enero: un libro que se empieza por primera vez, un libro que nos cambiará la vida, que dejaremos a la mitad, que se hará bola o fuego porque todo se hace hacia delante o no se hace. No recuerdo un año perfecto. Quizás la incertidumbre nos haga valorar lo que perdimos. No sé. Tampoco importa.

Cuando llegue el año nuevo seré un poco más joven. Habrá un reloj en el campanario con una hora virgen, gente vomitando por la calle, una mañana helada llena de propósitos. Entonces, sin querer, nos alcanzará el olvido, el único capaz de crear nuevas historias y sentimientos nuevos. Sí, puede más que el amor y la bondad, por eso tiene que existir. Mi año nuevo, el tuyo, vendrá con un olor desconocido, a otras flores y a piel, a castañas y un aire cada vez más sucio. Me gusta creer que un año nuevo es un espacio de felicidad perdida. Me gusta seguir estando vivo. Y eso sí que importa.

Ilustración: Meghan Callahan

Sin propósitos de lunas

Al año nuevo y al tiempo les pido que nos dejen tranquilos. Que traigan estaciones como las de antes, un haya que no se convierta en silla, algo de olvido para un pasado recurrente. Nada de propósitos. Porque los propósitos son una forma de control de la que el amor escapa, también la salud y la risa. Puede que lo más importante sea crear belleza y bondad, apuntar a una nube desde la ventana y regar las plantas. Si uno espera, si uno se llena de paciencia, verá nacer las flores en abril o mayo. Lo dicho, mejor sin propósitos de lunas.

Los relojes, un avión por encima de nuestras cabezas… todo lo que existe o inventamos parece tener un objetivo, satisface una necesidad. ¿Por qué no ir tanteando? Hasta en la oscuridad se hace el camino, y uno encuentra puertas en ángulos muertos, ventanas en lo alto de los árboles. Caminar esperando nada es una forma de moverse que empuja a ir viviendo que es, a fin de cuentas, nuestra única obligación. Porque no hay nada más falto de propósito que una lista de propósitos escrita en un papel.

Ningún año fue responsable de nuestras desgracias. Fueron los propósitos lo que crearon ilusiones desprovistas de magia, una posibilidad y el arte de conducir bajo la lluvia. Ni las estaciones pueden frenarse, ni el tiempo para, y muy probablemente todo lo que nos suceda en este año estaba escrito en la intersección de la hoja de papel con la mesa de la cocina. Despiertos o en un coche, así pensamos el futuro, que es un poco el de todos. Se trata de algo inalcanzable, desconocido, luna que mengua, luna llena en la que servir la sopa de este 2023.

Algo bueno habrá pasado en 2021…

Comenzaron los resúmenes de otro año de resignación, año a fin de cuentas. La terapia de pago sustituyó al baile, convivimos con un «estoy bien» entumecido, casi hielo en un hilo de voz, cazamos resplandores en noches de planes y polvos disueltos con esa normalidad nunca asumida. Nada peor que creer superada una mala racha… y volver a la casilla de salida con todo lo vivido hecho bola. Sucederá también en el 2022, tiempo verbal de un futuro que ya no es lo que era, aunque seguro podremos mojarnos los pies en la orilla de un mar sucio. A eso debemos aferrarnos, aunque sea mentira. Cada vuelta alrededor del Sol trae algo bueno. Y embriaga.

Este año muchos se sacaron las oposiciones a la tercera; las tiendas de petardos no dieron abasto; todos en la familia resistieron —otra cosa es el miedo a la pérdida—; los hay que coronaron la cumbre de La Maliciosa, se enamoraron y nos restriegan su amor por Instagram; se publicaron listas con las mejores canciones del año sin Mister Marshall, listas de los mejores libros sin lectores y listas de las personas más ricas que además parecen más jóvenes, más felices y más sanas. En definitiva, todo sigue igual o nos encargamos de que lo parezca.

Por mi parte y hablando en serio, quiero darle las gracias a todos los inconscientes que leyeron mis mierdas. Incluso a los que me insultaron. Para alguien acostumbrado a estar solo para ser uno mismo sigue siendo un enigma. No nos hemos visto, no podemos olernos y, sin embargo, nos tocamos por dentro con palabras, flujo de vida tan necesario como los amigos, el pelo y el latido. Cierto, no fue un buen año, pero el aire sigue cargado de perfumes, de historias, de nosotros.

Ilustración: http://www.stephan-schmitz.ch

Al habla, aquí el 2020

Ya lo sé. Que si soy un hijoputa, que si ¡fuck you 2020! me gritan los adultos en un idioma que no es el suyo y además es mantra, que me pire… Soy inocente, ¡lo juro! Para que ustedes se enteren; un año es simplemente una ordenación ordinal del tiempo, una manera práctica de numerar lo que carece de principio y meta, y por eso discurre de niño a cana. Y es que, aunque parezca difícil de creer, no tengo ninguna responsabilidad en este embrollo, simplemente pasaba por aquí en el momento más inoportuno. Mi compañero 2019 salió rana a pesar de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y 2021 anda con ansiedad severa y sin ganas de salir, más sabiendo que en su estreno sonará una de Nacho Cano. ¿No se dan cuenta? Los crueles son ustedes los humanos y no la vida en nosotros, los años. Pero bueno, asumo que se trata de la responsabilidad de ser el mejor de los autores, el del final perfecto.

Por eso les pido un poco de comprensión, sobre todo teniendo en cuenta que perder 365 días es siempre mejor que perder la vida en el intento. Si lo piensan fríamente, ya tienen algo novedoso que contar a sus hijos o a los hijos de sus perros, escribir un libro distópico en el que confirmar que estuvieron en mí y salieron, tocados pero no hundidos. Además, a nadie le viene mal un poco de acción entre tanto viaje veraniego, fines de semana aprovechados al máximo y la irrompible certeza de que los sueños se cumplen. Quizás en el 2022, convertido a las 12:00 en 21 porque yo fui el año cero.

Aquí quedan mis últimas palabras, las de un rato inventado que fue el enemigo público número dos desde marzo. Porque siempre resulta más fácil echar la culpa afuera, pensar que lo que venga será mejor simplemente porque viene y no por su incapacidad de encontrarse entre las costuras del tiempo regalado. Esa es mi venganza y por eso, dentro de unas pocas horas, sonará «Un año más» en una Puerta del Sol abarrotada de ausencias. No soy malo, sólo fui lo que ustedes quisieron que fuera. Paz y amor. Siempre suyo, el hijoputa.

Anatomía del 2020

Todos, y digo casi todos, nos vinimos muy arriba el día 31 de diciembre del pasado y viejísimo año. Joder, entre resoluciones y abrazos pudimos vislumbrar un más allá que por fin despejaba algunas incógnitas, desplegaba proyectos y despegaba de manera inminente. Error. Sucedió exactamente lo contrario… con la excepción de Amaro Ferreiro que ha disfrutado del tiempo de su vida durante estos meses de infierno-invierno.

Enero de 2020. Frío, pero virgen. Quizás algo más desapacible de lo normal en Irak. Ya se tramaba algo en el helicóptero de Kobe Briant. No pasa nada.

Febrero. Se dan las condiciones idóneas de vida en la tierra y podemos mudarnos a un apartamento con dos ventanas, echar a andar el nuevo negocio o simplemente ahorrar. Se respira el perfume de las rebajas. Es nuestro año, fijo. Además «Parásitos» logra el Oscar a la mejor película. El mundo puede y debe cambiar.

Marzo. Un señor con acento raro sentado frente a una bandera de la OMS declara una pandemia. Sí, en ese aquel momento la palabra sonaba a metáfora. Unos días más tarde cierran la torre Eiffel y muchos compatriotas regresan de Italia con tos.

Abrilmayojunio. Tres meses que cuentan por uno y representan la oportunidad de parar. Sueño húmedo para muchos, prolapso anal para otros. Esto va en serio. Habrá que esperar a julio para sentir los efectos secundarios de conocerse mejor.

Llega Julio. Salimos a la brillante claridad del día. Nada ha cambiado para cambiar para siempre. Efectivamente, aquel sueño húmedo muta en una ansiedad de caballo. Eso sí, en verano no se contagia tanto.

Agosto. Los rusos tienen la vacuna. Ay, dios mío. Podemos dormir tranquilos. Creo.

Septiembre. Un millón de muertos. Un uno y seis ceros sin rostro, ni velatorios. Un máximo de un abrazo por persona.

Octubre. Igual que septiembre con menos conciertos.

Noviembre. Gana Biden y pierde Maradona. La normalidad es una mascarilla con olor a encía.

Diciembre. Raphael se hace un lío escribiendo su nombre, la vacuna no es la panacea y lo único intacto es el pasado. A ver cuántas incertidumbres conseguimos aguantar en 2021. Seguiremos creyendo en la belleza del sueño.

Ilustración: www.craigfrazier.com