Cae el otoño

Cae el otoño y con él una parte de la luz que va muriendo. No trajo lluvia ni canciones, quizás un mundo lejos del insomnio. A pesar del cambio, a esta estación ya la vimos otras veces. Será que las horas nos dejaron atrás, una vez más —van tres—, sin preguntar siquiera, y ahora destiñen los colores. Nada acaba, más bien continúa como siempre, y el oro brilla más entre tanto ocre. Nuestro campo viene a confirmarlo y la ciudad es campo con ventanas que confunden a los pájaros, aviones. Vino septiembre a saludar. Buenos días, fiesta.

Las hojas se enfrentan al vuelo preparado en estos meses. Primero fueron brote, luego formas palmeadas, poca lluvia, verde que quisimos verde, naranja durante la caída. Dura poco, un parpadeo, ráfagas de viento que despeinan al que mira las copas de los árboles, también al que prefiere el metro. Los más listos recogen los frutos de esas trayectorias que ascienden, que descienden, que rozan la aceras como un peine… para terminar en cubos de basura. ¿El cielo es el límite? También lo fue septiembre.

Mientras tanto, seguimos a lo nuestro, con cosas invisibles y lejos de hamacas y sombreros. Todos recuerdan el mar de este entretiempo, pies y manos a salvo del invierno en ciernes. De ahí que el otoño tenga lo mejor de cada orilla, perro y lobo, carne con su hueso, mosto. Por fin sabemos que lo importante es aquello que nunca llegamos a decir en alto, que existe, nunca escrito pero al otro lado. En todo caso se perdió, en todo caso aún queda ruido. Y así seguimos, un poco más viejos, juntos, vivos.

Ilustración: Guy Billout

El extranjero

Es cierto. Ya lo decía Camus. Uno se forma ideas exageradas de lo que no conoce. Y es que lo ignoto, precisamente por serlo, viene envuelto en papel de burbujas, pura novedad, y ésta se percibe como lo único necesario. Así nos va, siempre en búsqueda de algo fresco, precisamente porque conservar lo puesto cuesta más que perderse en disfraces nuevos, en una calle que empieza y termina en espejismos, quizás un hábito convertido, a partir de ahora, en promesa. También hay miedo, ¿pero no es precisamente eso lo que nos hace seguir vivos? Luego están las formas, los colores, nuestro lugar de observador poco observado y también la nostalgia de un viaje que sabes que se acaba porque hay que volver. Ay, el extranjero, el extranjero vuelve.

Entonces la queja desaparece. Sabemos que andamos de paso. Incluso la comida con sabor a arena sabe rica, playa con estrellas sin nombre entre los dientes. Cierto, nunca se cambia de vida. Como mucho de entorno, otro cielo quizás. De ahí aquello de que «cosa nueva nunca es buena, al menos si lo piensas con detenimiento». En otros países uno deja de recordar y transita por otros olores, siempre con la esperanza de que mañana habrá un nuevo uso para el día. La rutina fue una forma extraña de locura, de ahí que no entender la lengua del país cuente como espectáculo de noche, de tarde y de amanecer. Después cierras los ojos.

Sucede que muchos se sienten mejor en tierra ajena, incluso se adaptan al ritmo de los pasos, a la incertidumbre que implica mirar a la izquierda al cruzar la calle. El mundo siguió girando por el otro lado, pero el turista, ese que va acaparando sitios en un mismo cuerpo, continúa implacable en su afán por encajar, aunque sepa que tampoco pudo hacerlo en su lugar de origen. A veces recibe miradas grises, algún gesto de ese lado oscuro de los hombres y, a pesar de todo, gira en la siguiente esquina, memoriza, descansa en un jardín seco. Al final, todos terminamos deshaciéndonos, aquí, allí, en cualquier parte. La vida, el único viaje sin destino.

Ilustración: Hiroshi Nagai