Las herencias

La tía murió y sus sobrinos la despedimos sin saber qué hubiese pensado al vernos frente a su ataúd. Cuando estaba viva, la visitamos menos de lo que se merecía. Ella, en cambio, estuvo siempre al otro lado, nos contagió su amor por el cine y la necesidad de leer para ser personas dignas. Dejó unos cientos de euros y muchos libros que valen menos que su recuerdo lleno de sonrisas y cigarrillos mentolados. Yo me encargué de repartir el dinero a partes iguales. Pensé en quedármelo y malgastarlo en un fin de semana. Fue un pensamiento que desapareció tan pronto como vino. En ese momento, delante del ordenador, me di cuenta de que las herencias, cualquier herencia, son un regalo envenenado.

Y no me refiero solamente a una casa a dividir entre hermanos, a coches nuevos o viejas motos, a cuentas corrientes y manuscritos sin publicar. Hay herencias peores: la alopecia, una nariz que crece y crece, el cáncer que se transmite de generación en generación o ciertas facciones de la cara. En cambio, el talento no parece hereditario, tampoco la bondad o las ganas de vivir sabiendo que, tarde o temprano, esto se acaba. Heredamos lo que deseamos, también lo innecesario. De alguna manera, mi tía habita en mí. Puedo sentirlo al verla en las fotografías. Los ojos nunca mienten. Quizás sí lo haga el corazón.

Me pregunto qué tipo de herencia dejaré delante (es evidente que detrás no dejo nada). Me gustaría que la gente al recordarme (un instante) pensara en canciones o en palabras, en una lista de metáforas absurdas y mi empeño por portarme bien con los demás sin conseguirlo del todo. No puedo legar mi cuerpo a la ciencia porque es demasiado pequeño, quizás por mi mano izquierda me darían algo. Lo mejor de mí fue lo mejor de la tía, todo alas, ni una sola raíz. Ninguno de los dos fuimos ejemplo de nada para nadie. Dejamos la ternura en vuestras manos, toda la esperanza en un mundo flotante.

Ilustración: Hasui Kawase

La gente es buena

Todo hace pensar que los seres humanos son unos hijos de puta. Señales hay por todas partes: franjas arrasadas por las bombas, pozos de ambición, tronos de sangre. Algunos días el tiempo va a la contra… menos el tiempo de la guerra. Las caras de los conductores expresan mala hostia, sueño; las cabezas en la acera, casi todas, caminan sumergidas en el fondo de pantallas. ¿Rmpatía? Ver el mundo reflejado en los ojos de los otros no es ser empático. Pero también hay gestos de humanidad entre tanta basura. Una mano en el hombro, solidaridad entre compañeros y extraños. Insistir en la voluntad de hacer el bien. Tiene que ser la razón por la que, a pesar de las desgracias, el mundo sigue girando suspendido en un espacio oscuro.

Porque la única superioridad que vale de algo es ser bueno. También pueden ser buenos (no mejores) los que matan a los niños, o al menos lo serán con su madre y con su perro. El bien como demostración de grandeza humana. El mal como algo inalterable, un atrezo, la excusa para soñar con hacer putadas a los otros y solo soñarlas. Si uno lo piensa, aquellos que pasan mucho tiempo pensando en la bondad o en ser buenos tampoco son buenas personas. El bien es un hacer diario que no ocupa, que te devuelve mucho más de lo que da. Mira a esa gente ambiciosa que camina sobre un puente de caídos. Va cuesta abajo, va más rápido. El bien va siempre cuesta arriba. Por eso cuesta. Por eso hace feliz a más gente.

Como dije al principio, todo parece indicar que los seres humanos son unos hijos de puta. Mentira. Primero logramos domesticar el fuego, luego al mono dentro de nosotros. Somos pacíficos por naturaleza, a veces buena gente. De lo contrario sería imposible completar un vuelo transoceánico sin matarnos. Cada vez somos menos hostiles, cada vez hay menos diferencias físicas entre hombres y mujeres. Y las palabras. Podemos hablar, aunque nos cueste, decir cosas bonitas, escribirlas en cartas o en cajones, recurrir a su calor en días fríos. Las malas personas siempre escriben mal. Dentro de miles de años hasta los adultos parecerán niños. El mal no siempre gana; los buenos ganan siempre, shhh, pero lo hacen en silencio.

Ilustración; David Shrigley

Esas parejas

En el mundo hay mucha gente sola porque así lo quiso. Esa gente se levanta y se acuesta sola, come de menú en el restaurante y deja la mitad de la mesa sin migajas. La gente se compadece de esa gente, cree que podría mejorar su tiempo si se acompañara de otra gente. Y no es cierto. Por desgracia, casi todo se hace por pares, los jerséis y las promesas, el viento y mirarse en un espejo. Por esa razón a la gente le encanta observar a esas parejas suturadas, como si la vida no pudiera entenderse sin ellas paseando por la calle. A esas parejas se las venera por ir en contra del principio fundamental del día a día: todo acaba.

Esas parejas parecen adaptadas a una forma de vida en extinción. El otro está incluido en sus sueños, el uno en la vigilia, los dos, pan con mantequilla y el banco frente a otro atardecer marino, salmón, distinto. Son parejas que trascienden las matemáticas y crean una unidad rara por improbable. Les va la respiración en ello. La gente sola o acompañada mira esas parejas como el que mira una piedra preciosa, dos pájaros en el tendido eléctrico con luna al fondo. Tienen que ser una obra del amor esas parejas. Tan viejas, tan juntas, tan ellas sin que nadie más lo sepa. Y son de todos porque todos, en el fondo, aspiramos a ser dos siendo cada uno libre.

Con las parejas, llamémoslas parejas de siempre, sucede lo mismo que con los cachorros o los bebés guapos, nos conectan con la ternura más profunda. Nadie ve el daño en dos ancianos caminando juntos, nadie ve la humillación de renunciar a una vida en solitario. Esas parejas huelen a lo mismo, su ropa creció en el mismo armario, intercambiaron creencias por respeto y saben que, cuando uno de los dos muera, dejará en el aire un espacio visible e invisible, el mismo que siempre compartieron. Mientras haya una remota posibilidad de seguir vivos seguirán hablándose en voz baja. Y ni la muerte de la muerte logrará la muerte de ese amor, tan suyo, tan nuestro.

Ilustración: Handome Frank

Afecto

En la palma de la mano de un bebé alrededor de un dedo. Ahí se concentra el afecto. Afecto de otros que sujetan nuestras penas o detienen una ráfaga de viento. Afecto, jirones de ternura y espacio que permite soportar esta vida que se clava y va matándonos. Afecto, cura como forma de estar sin decir nada. Lo veo en los amigos, en la gente sola, al caer la noche. Con afecto cambiamos la opinión del que está mal hasta cuando sueña. Afecto en el corazón del tiempo. Y amanece.

Durante años pensé que no me hacía falta. Tenía mi arte y mis ventanas a otras partes. Estaba tan equivocado… Entre pena y fantasmas sentí el calor del afecto. Me revelaba. Me tenía a mí. Pero, ¿qué somos sin la paciencia de un abrazo? Un cuerpo a la deriva. El afecto llega cuando uno se resiste a los afectos, cuando la pena toca hueso. Porque el afecto nunca se calcula. Alguien lo entrega, alguien tendrá que recibirlo. Aunque no quiera.

Nos quedan ellos, los afectos. Hacia ellos vamos sin saberlo. Estaba escrito en las líneas de la palma de la mano, en las pupilas. De lo más pequeño a la inmensidad. En el afecto hay compasión y compañía, amor que prescinde de poder, la naturaleza en su forma más humana. Si podemos sentir afecto por un desconocido, ¿qué no podremos sentir por alguien próximo? Afecto inagotable, afecto necesario, afecto sin espinas. Solamente podemos dejar de sentir frío en su regazo. Dad afecto. Recibiréis toda una vida a cambio.

Ilustración: Guy Billout

Sobre la bondad

Menos verdad, ser buena gente, que la bondad sea lo único que queramos imitar. Lema a tatuarse en tinta mágica. Porque conducir un Tesla, el cubo de basura para bricks, comprar justo… demostraciones que apuntalan la reputación, algo vistoso. La bondad, en cambio, va del tórax al cerebro, florece a oscuras como forma de inteligencia poco reivindicada, humilde. Se siente, es algo sin llegar a concretar el qué. Mano, ¿la sombra que da agua a los perros?, palabras sinónimo de abrazos. En ese punto de encuentro, la razón se sorprende de lo que es capaz de hacer por sí misma. Hacer el bien, ¡qué mejor forma de deshacerse estando vivos!

Bondad para que la felicidad comparezca en esas personas de las que la gente habla. Todo altruismo pues se prescinde del interés propio para ampliar la satisfacción de una hermana, de un pez, también de un enemigo. Bondad envuelta en la gratitud que crece mal en las alturas y vive apegada al barrio como extensión de este mundo de muchos. Bondad frente a barbarie, bondad contra likes, bondad en el espejo cada día. Bondad, qué bonito nombre tienes.

Siendo bueno la aspiración de ser mejor se acerca. Salir ahí fuera, luz, más luz, observar lo que no nos gusta, que es mucho, moldearlo para convertir la estupidez en un intento de remedio. Es posible racionalizar el sentimiento, creo, con paciencia, paciencia bis y hábito. ¿De qué hablamos cuando hablamos de bondad? De amor en acción, de virtud, de empatía en las costuras. También del único trabajo al que merece la pena consagrar la siesta. Superioridad bien entendida. Ser bueno en el buen sentido se parece poco a hacer el bien. Qué mal endémico tan grande no intentarlo.

Ilustración: Guy Billout