No leas, dale al reel o al videojuego, como si leer se tratara de una tabla de salvación universal, «los que leen descifrarán el mundo», ¡ja! No leer representa un acto de rebeldía comparable a votar a Vox o hacer pis de pie, un quiebro contra la tiranía de bibliotecas y periódicos que imponen qué y cómo pensar, qué es pensar o sentir, emocionarse, viajar a otros mundos y otros tiempos por dos duros, ser Juana de Arco, Jean-Baptiste Grenouille o Leopold Bloom, salir del cine bajo la brillante luz del día con Paul Newman y volver a casa en la cabeza, ser felices atrapados fuera de este mundo. No leer, el lujo del sabio y el que regresa de revival.
Así prescindes de la prosa de Juan Gómez Jurado, Javier Castillo y Dolores Redondo, de sus lugares comunes, de la falta de esquirlas y magulladuras, te saltas los turrones de Deleuze o Judith Butler, las novelas premiadas por Planeta. Mejor pensar por ti mismo, romperla sin ideas preconcebidas o de otros, el único artista que crea desde cero, ni una sola referencia o pie de página, un pensador por cuenta propia. Sin esa avalancha de frases la mente se oxigena, vuela alto, encuentra audiencias. No leer equivale a dejar el móvil en casa. Al principio da miedo, luego descubres que el silencio propio es más estímulante que el párrafo ajeno resuelto a base de inteligencia, tripas e ingenio. La verdad duele: la mayoría de los libros publicados jamás deberían haber salido de la papelera.
Leer es una cosa muy antigua, puro postureo en una realidad de filtros y exilios voluntarios. ¿Quieres una medalla por haber terminado «La broma infinita»? No leer, alejarse del rebaño, decirle al librero que hoy toca Tik Tok 24/7, la vida lejos de los subtítulos. «Me vas a venir a mí con cultura». El lenguaje se agota en las imprentas y resurge en la voz de los privilegiados y el tedio, en el chalet de El Bosque y las cofias, en el sueño de una sociedad colgada de una aspiración de unos y ceros. Leer nunca fue sexi. En cambio, María Pombo lo es.
