Al ciervo le cortaron la cabeza

Se escucharon tres tiros. Y los vecinos encontraron su cuerpo entre la retama. Da igual si era Carlitos o cualquier familiar suyo. El cuerpo del ciervo tenía la cabeza cercenada. Se entiende que los cuernos sirvieron para decorar el salón de uno del pueblo. En el campo hay miles de cadáveres porque el campo alberga toda la vida y parte de la muerte. El problema es la presencia de los hombres en sus lomas, gañanes que abaten animales cada vez menos salvajes. Es legal, como lo es nacer con cuernos, cuatro patas y un bramido. Solo en el campo se confunde la ferocidad con el deporte. Carlitos, en realidad, no tiene nombre. Resulta que los cazadores tampoco.

Al ciervo le cortaron la cabeza. Cuando lo escribo sucede algo en mi casa de ciudad, como si los animales fueran otros y, los otros, salvajes caminado erguidos. Tiene que haber una forma de placer extraño en la espera, en el dolor de un animal agonizando. El animal escucha, el cazador apunta y una bala invisible rompe ese frágil equilibrio. Me pregunto quiénes traen más muerte, si los que disparan o los disparados. Algo huele a podrido en España, en el mundo, en Dinamarca.

Dicen que nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de una cacería. «Le tiré a una docena, pero maté un corzo de mierda». Puede que cobrarse un ciervo sea motivo de orgullo para algunos, una libertad mal entendida. También ese ciervo representa la muerte de aquello sagrado para muchos, la muerte de la infancia y la inocencia, un intercambio de vida por adornos para las visitas. ¡Qué extraño resulta vivir de lo que algunos matan, cuánta vida hay en los ojos de un ciervo sin cabeza! Peor será no querer mirar de frente. Dan ganas de terminar con la barbarie de un tiro. Adiós, Carlitos o el que sea, nunca pudimos conocernos. Buenos días, tristeza, el único sinónimo de caza.

Ilustración: David Shrigley

¿Hay niveles de ética para la caza?

¿Hay niveles de ética para la caza?

Es curioso el hecho de tener que hacer este tipo de inciso antes de zambullirme en una piscina de arenas movedizas repleta de boyas explosivas, pero vaya por delante que nunca he tenido el gatillo de un arma rozando mi dedo indice, y sin embargo entiendo que debe de ser una sensación extraña, casi mística y al mismo tiempo profundamente injusta… para el resto del mundo animal (humano incluido).

Tras el vídeo de la rehala en el que una jauría de perros daba caza a un ciervo y terminaban despeñados por un desfiladero, el debate sobre la abolición de la caza ha desplazado al taurino, al menos en el subconsciente ánimacolectivo, y los cazadores se han convertido en el blanco (¡qué paradoja!) de un mundo que no entiende ciertas cosas normalizadas en la sociedad, incluidas bajo el paraguas de la cultura y que con el paso del tiempo comienzan a ser consideradas arcaicas, primitivas, superfluas.

Sin embargo, y me remito de nuevo al inciso del primer párrafo, existen diferencias considerables a la hora de matar a un animal —lo sé, Marguerite Yourcenar o Dian Fossey no podrían estar más en desacuerdo— y por lo tanto diversos niveles éticos en la caza, incluso un código de buenas prácticas, «normalmente» respetado por una parte de los cazadores que, a pesar de la fama que puedan arrastrar y de las fotos mostrando sus naturalezas muertas, se aseguran de dominar la adrenalina y la fuerza de los elementos para que el disparo sea certero, preciso, limpio, todo ello en un acto que implica la muerte pero no el asesinato.

Es cierto que las razones para defender la caza pueden ser rebatidas (la supuesta función cinegética que cumplen, el hecho de que la diversión y el deporte nunca deben implicar la desaparición de un ser vivo…) pero también pueden serlo las de los animalistas y abolicionistas que no admiten la diferencia entre matar con perros, lanzas, arco o rifle (de mayor a menor sufrimiento) o consumir carne sin aditivos ni conservantes y «cierto» esfuerzo físico en lugar de debidamente empaquetada y etiquetada en el supermercado.

La lucha de ambos bandos se recrudece, como la de dos machos de cervus elaphus gritándose al sol del invierno, y es en ese preciso momento cuando ante la complejidad del problema me viene a la cabeza una pregunta, quizás absurda: si tuviera que disparar a una persona o a un animal para sobrevivir, ¿a dónde apuntaría el arma?