No se puede detener la Navidad

No se puede detener la Navidad, ni siquiera puede pasar rápido, aunque lo deseemos con toda nuestra fe. Llegan las rebajas, ese viento por dentro del cuello del abrigo, el olor a castañas asadas. De pronto, hay un deseo impuesto en la felicidad a bocajarro, en las palabras solamente. Los actos son los de siempre: un motorista insulta al conductor de una furgoneta, ¡tus muertos!, un señor lo observa desde la terraza de su casa, sentado, en pantalones cortos. El sol de cara. Yo hago como si no pasara nada, en un intento de que mi indiferencia arrastre los días hacia delante, que se agote el suministro de uvas y presentadores. Bebo. Como más y peor. La Navidad nos pasa por encima. Serán las ventanas altas.

Hay nostalgia y cristales empañados, colorete en las mejillas. La gente parece más delgada entre la ropa. Los aviones sirven para unir distancias. Los pobres piden. La gente, pobre y rica, gasta. Habrá una marejada. Nevará en la montaña de fondo, con suerte en la Gran Vía. Quizás un terremoto. Cualquier catástrofe natural con tal de enterrar la catástrofe de Gaza, humana, ya hace un año, la tristeza de esperar un juguete que terminará en el trastero. Feliz Navidad, triste resistencia, feliz obediencia la de ceder ante el peso de la familia y los amigos por obligación, del cava, de la pesada de Mariah Carey.

Hace años, padre me cogía de la mano. Los árboles parecían espectros desde la parada del autobús. Lo recuerdo con niebla —probablemente inventada—. Los dos recorríamos la ciudad como producto de consumo y amor, de regalos para las hermanas dormidas. Olía a perfume a la entrada de las tiendas, a prisa, que es falta de orden, a piel de mandarinas y árboles de plástico, a alientos visibles por el frío. Nada de eso existe de la misma forma, quizás los dulces, eso sí. El sabor de los bombones, un trozo de fruta escarchada en el hueco de la muela, los sitios vacíos en la mesa. Estoy contento. Que vuelva ya la democracia, que pase lo siguiente pronto.

Ilustración: Gary Bunt

A los enfermos en Nochevieja

Tengo una noticia para todos: no podemos aplazar esta noche. Vendrá, como lo hizo siempre. Algunos la descontarán solos, con un perro, con amigos, viendo películas, en familia o frente a un decorado de guirnaldas y copas vacías. En cambio, separados por un tabique, en una habitación, en una cama, bajo un edredón de plumas y una manta, habrá enfermos. Unos con gripe y delirios de fiebre, otros cansados de estar al otro lado cuando estar juntos parece obligatorio, en silencio cuando hay música en todas partes. Ponerse malo es distinto a estar enfermo y quizás la salud sea ver la cara alegre de los que te cuidan.

Nunca es buen momento para ponerse malo. Coge por sorpresa, peor si el plan era salir y tomar vino, andar por la ciudad que se prepara para el final de algo, llegar a casa con hambre después de haber bebido. Eso tan sencillo representa lo inalcanzable para el que confunde el ibuprofeno con el paracetamol, el postre seco con el roscón de reyes, la enfermedad con un obstáculo. Los que están enfermos lo saben. Los que brindan hoy prefieren no pensarlo. En medio, una categoría aparte, que no sabe estar en ningún sitio. Tosen, cambian de postura y se van encontrando… mejor mañana.

Si pudiera pedir un deseo sería un mundo sin enfermedades. Son ellas las que reducen el dinero y la salud a un juego en el que nadie gana. Un mundo sin enfermedades, sí, donde el amor se termina cuando el corazón se cansa, cuando subir escaleras equivale a escalar una montaña. En ese mundo improbable nadie sufre por cosas del cuerpo, todo se reduciría a vivir sabiendo que las cosas terminarán sin un navajazo a traición. En una noche donde se celebra el tiempo compartido quiero recordar a todos los enfermos. Puede que algunos de ellos ya no estén aquí mañana, tampoco los que hoy están más vivos. Noche de enfermedad, noche de amor. Y todo terminará pasando.

Ilustración: Bijzonder Alledaags