El colapso eléctrico

Somos más frágiles que una bombilla. Cuando cortan la electricidad, la bombilla deja de dar luz. Nosotros, en cambio, nos quedamos a oscuras, «el tema es tenernos acojonados», dice una señora, «justo ahora que hemos rescindido contratos armamentísticos con Israel», añade el otro. El colapso eléctrico nos pilló con nada de efectivo, siendo incapaces de encontrar una oficina de Correos sin Google… porque todo es eléctrico y a todos se nos olvidó bailar.

Hubo un tiempo en que el fuego servía para calentar la comida, ahuyentar a los lobos y mandar mensajes sin palabras. Fue reemplazado por la corriente eléctrica, como ayer los semáforos fueron agentes de movilidad y las radios viejos teléfonos que congregaron la atención del mundo. Los turistas parecían felices lejos de sus casas; los locales querían escuchar la voz de madre. El sol produce electricidad gratuita por encima de nuestras cabezas todo el año.

El colapso no fue televisado porque la televisión no iba, y desde el balcón pude escuchar la última hora de los vecinos y la democracia: Canarias tenía luz y el norte y algunos puntos del sur adelantaron a la capital en la recuperación del suministro. Al igual que la falta de corriente trae un silencio al que cuesta acostumbrarse porque implica mirarse a los ojos, la tecnología sirve para muchas cosas, también para alejarnos. Sirenas y helicópteros, notas manuscritas en los portales y velas. «Estamos bien». Al hacerse la luz volvió la sobriedad a la Gran Vía.

Ilustración: Desconocido

Viviendo en el colapso

Hace meses que vivimos en un colapso. Poco importa que prescinda de las formas de esa gran catástrofe, el resplandor sordo, un ejército de zombies alrededor de una niña escondida debajo de la cama. En lugar de épica hemos de conformarnos con acontecimientos macabros pero invisibles, tormentas de nieve al cubo y ataques mal parados que podrían significar algo más de lo que en principio podríamos llegar a admitir. Quizás, y recalco el adverbio de duda, se trate de la confirmación del fin de un ciclo, la caída de una civilización industrial estirada hasta sus últimas consecuencias para terminar imponiendo una obviedad contra la que rebelarse: hasta aquí hemos llegado.

A partir de ahora, y siguiendo la teoría de Olduvai, parece plausible asumir que la sostenibilidad es ya un concepto del pasado, por lo que deberíamos comenzar a pensar en alternativas a la cotización en bolsa del agua, la escasez de petróleo y el proteccionismo de unos países encerrados fuera de sí mismos. Propuesta por el doctor Richard C. Duncan en 1989, la teoría cuenta con muchos detractores y, más allá de consideraciones apocalípticas, prescinde de la tecnología para diseñar con píxeles un avenir de edad de piedra poscovid. ¿Ciencia ficción bajonera? Puede ser. ¿Algo huele a podrido en el planeta de los simios? También.

De entre todos los obstáculos que nos frenan, destaca la falta de confianza en nuestros supuestos líderes, incapaces, enzarzados en una continua bronca de Twitter al margen de la ciencia. ¿Por qué si hemos entrado en barrena ellos se empeñan en continuar por la misma senda, persistir en los mismos errores? El pobre Taylor gritaba aquello de «¡Maníacos! ¡Lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos!» frente a una Estatua de la Libertad semienterrada. Cuesta comprender que sólo confrontando la realidad seremos capaces de cambiarla, de escupir el colapso del día a día.

Ilustración: GIF