La guerra ha muerto, viva la guerra

Pensábamos que sería distinto. Más teniendo en cuenta que la lógica del presente retuerce las palabras, el mundo. Así, la ignorancia se considera un atributo, la libertad una terraza, pero la guerra, en cambio, mantiene su significado íntegro, su metástasis. Forma de agresión artificial, acapara realidades —tantas como ventrículos— con el cadáver de un virus aún tibio en urgencias. Al menos este enemigo de la vida cuenta con nombre y apellidos, ojos de cuchillo y montaba osos de menos viejo. Si nos paramos a pensarlo no odiamos a Putin, odiamos la guerra. Por eso vuelve. También la lluvia.

Resulta que la paz vende menos, sale cara en términos de influencia. Malditos sean los territorios. De ahí que se recurra al horror cuando el paisaje se vuelve estático. Entonces surgen las frases contra la barbarie porque, de alguna manera un tanto extraña, sabemos que la mejor arma sigue siendo la paz y el amor de su recámara. También que no sólo morirán los muertos, también una parte en los vivos. Y el amarillo y el azul de una bandera con sentido… por un tiempo.

En cada conflicto hay una derrota total. Nadie gana, ni siquiera aquellos que se saben vencedores. Quizás por ello se suceden los enfrentamientos, humana forma de demostrar un imposible. Queda claro que el lenguaje ha fracasado donde lo harán tanques y balas. En cuanto a la verdad y las razones de un ruso, poco importan si los ríos se tiñen del color del atardecer y las casas se llenan de viudas y crucifijos. Odiamos esta nueva contienda, precisamente porque el odio nos ha llevado a conocerla. No hay guerras mundiales, todas son civiles. Todas.

Ilustración: http://www.nytimes.com

Apoyo a Palestina

La guerra es un enigma. En ella la vida se suspende, importa menos o nada. También lo es para aquellos que observan el conflicto desde la distancia, la trayectoria de los misiles en un cielo oscuro ahora iluminado. La guerra muta, adquiere infinitas formas de hacer daño. Puños, piedras, balas, bombas, palabras escritas o al viento… de eso se nutre, y los espectadores, a salvo en la seguridad de sus casas, intentan desentrañar las causas: Génesis 15:18-21; 1948; el reparto de tierras, la ocupación y los desahucios; las fuerzas armadas de Israel y Estados Unidos contra Hamás y la Yihad Islámica. Los bandos se forman en el epicentro de la lucha, también en países fronterizos y a miles de kilómetros. El poder así lo exige.

Soy incapaz de hablar de la guerra porque es una representación, un párrafo, un rumor de lejanías. Sin embargo, siento el dolor del débil, la pérdida, el empleo (nada casual) del verbo intransitivo morir para unos, «67 palestinos han muerto desde el lunes», frente al verbo matar de «los misiles de Hamás, la Alianza Islámica y la Yihad han matado al menos a seis (escrito con letra) civiles israelíes, incluyendo a un niño de cinco años y a un soldado». Cuando el lenguaje actúa con esa parcialidad sólo significa una cosa: el combate se libra entre uno grande y poderoso y uno pequeño y enclenque.

Así sobreviven en la frontera de Gaza, entre escombros y calles mudas, rodeados de extraños que acribillan el presente mientras los mismos sacan provecho de la muerte y sus conocidos. De nuevo la guerra nos sorprende con otra incongruencia. Nadie la gana, nadie se cansa de hacerla. Y por eso miramos hacia otro lado. ¿Sirve de algo demostrar mi apoyo a Palestina? Supongo que no, por eso lo hago público.

Ilustración: http://www.davidebonazzi.com