Solamente las madres saben llamar para decir que fue maravilloso

Hay tantas madres como hijos. Ellas se parecen entre sí, comparten costumbres, reflejos de madres con hijos cada vez más viejos. Porque los hijos tienen vidas y sus madres viven las vidas de sus hijos, como si engendrarlos fuera la única razón (hay alguna más) para seguir viviendo. Mientras, los días se suceden de mejor o peor manera. Las madres siempre guapas, los hijos un poco peor, el tiempo en medio. Hay algo que permanece inalterable, una especie de hilo invisible entre madres cercanas e hijos a otra cosa: la madre llama al hijo para contarle que fue un día maravilloso, el sol le calentaba el rostro, la tarde se disolvió allá a lo lejos. Solamente las madres saben llamar de esa manera.

En realidad, no hay días ni buenos ni malos. Los días se suceden. Para unos son jodidos, para otras una postal inolvidable. Las madres, quizás por entender el origen de la vida como pérdida, capturan en su voz detalles ocres, a veces invisibles. Puede que las madres tengan acceso a algo que a los hijos se nos escapa, una manera de mirar las cosas como madres. Pienso en los huérfanos. Quizás lo sean por estar un poco solos, también por desconocer un mundo que parece más bonito, menos cruel con una madre hablando al otro lado del teléfono.

Después, los hijos cuelgan. Las madres repiten ese gesto de forma involuntaria. Seguirían un rato charlando. Y es que el cielo contenía un aire que era nada o casi nada, la vida volaba por el aire y los tomates no sabían a agua, sino a tomate. Lo pasaron tan bien… Los hijos escuchan el eco de un eco e ignoran la importancia de estas cosas. Los hijos somos desagradecidos por naturaleza; las madres agradecen cualquier rato. Me he propuesto llamar a madre para contarle que fue un día maravilloso, que la vida es mejor si ella está en ella. Puede que sepamos llamar de otra manera. A eso tenemos que aspirar mientras seamos hijos.

Ilustración: David Shrigley

Esa edad en la que solo se habla de salud

Se encuentran por casualidad. Entre las dos suman más de ciento cincuenta años. La señora de la izquierda lleva una chaqueta de punto verde pistacho. La de la derecha acaba de salir de la peluquería. El tren se detiene frente a ellas, el andén como metáfora del tiempo. Hay dos besos. La mayor le acaricia el borde de la chaqueta a la más joven por poco, como diciendo que todo irá bien, que están aquí. De ahí el tacto. Luego hablan. De salud, claro, tema de conversación estrella de los mayores de cuarenta. Hablar es, desde ahora, una forma de cuidado.

Queda claro que la edad viene con cargas que poco tienen que ver con las de la juventud. El grifo cierra mal, los órganos se secan, la vista necesita un telescopio. Cumplir años significa hacer punto con los días, mirar el cielo sin esperar amaneceres grises y convertir el deterioro en la mejor forma de pasar la vida. «Que si la cadera, que si le operarán en breve, que si se ha muerto Paz, la hermana de Gloria». Todo queda reducido a una catástrofe. Pero pueden contarla. Son bellísimas, las dos, tan mayores, tan niñas en el fondo y ese ruido de los años.

Ojalá llegar a eso, ojalá convertir las charlas en una sucesión de achaques y prótesis. Significaría que vivimos. La tragedia tiene poco que ver con la falta de salud y el exceso de nieve sobre los hombros, más bien con el hecho de sentirse joven a pesar de que casi todos tus amigos murieran sepultados. El tren reanuda la marcha con las dos señoras dentro. Cada vez más juntas, cada vez más risueñas gracias a este encuentro, quizás el último. Sí, ellas son casi ceniza y sonríen a pesar del aire acondicionado de este Cercanías. El tren gime, continúa por las vías dejando de sufrir por el pasado, por la salud entre paradas con un solo destino. Y es el nuestro.

Ilustración: Guy Billout