¿Todo bien?

Te preguntan «¿todo bien?» (escrito en las paredes del gimnasio) y algo te dice que debes ser sincero, pero nadie ni en la forma ni en el fondo busca una reacción honesta. Así, una fórmula de aproximarse al otro se ha ido convirtiendo en un saludo más que en una inquietud real. «Todo bien». El que lanza el acertijo no parece interesado en desvelarlo; el que debe responder (qué menos) prefiere evitar entrar en detalles por miedo a parecer un plasta. «Todo bien», mentimos ante una pregunta prefabricada con su propia respuesta, envuelta en un misterio irresoluble. El flujo se mantiene; la vida sigue su curso a toda hostia.

Cuando se pronuncian estas dos palabras entre dos signos de interrogación se abre una rendija hacia lo íntimo. »¿Todo bien?»… algo podría no estarlo. Hay una carga emocional de todo lo que se calla, y ahí, en ese cruce, las dos partes fingen; una dando entender que existe una probabilidad de que algo vaya mal, la otra se defiende al advertir que es posible entablar una conversación, una posibilidad de mostrarse vulnerable, un rato para decirse las cosas que, inevitablemente, van como el culo. A llorar a la peluquería.

De esta forma, lo funcional reemplaza a lo emocional. Tiene que estar bien, ¿cómo lidiar con la verdad? Imposible. Cuánta violencia, cuánto desinterés en lidiar con los problemas ajenos. La pregunta, en principio abierta, clausura, una forma de empatía impone una particular forma de bienestar, la preocupación manifiesta por la felicidad ajena da lugar a una contradicción y un drama: preguntar sin querer saber. La paz de la ignorancia, la tormenta de la verdad. «Sí, todo bien, vete a la mierda».

Ilustración: Giselle Dekel

Las cosas que nunca decimos

Hay cosas que no se dicen porque uno no sabe cómo decirlas sin que raspen o hagan daño. Quizás se trate de una forma de ser un poco antigua típica de hombres reprimidos. Quizás se trate de una forma de respeto, un pacto silencioso entre el afecto y el pudor, otra manera de salvar lo nuestro. La última opción: un acto de cobardía. Sea lo que lo fuere, nos sucede con los amigos de siempre, con algún hermano, con gente a la que queremos y queremos tener cerca. Ellos no lo mencionan; nosotros pasamos de hacerlo. Los fantasmas existen, están por todas partes, dan miedo debajo de una sábana de indiferencia. Por eso nadie dice nada. Por si acaso.

También sucede con conductas que uno ve en los demás: decisiones incomprensibles, comportamientos de pareja… Se ven. Se cuestionan. Se apagan. Hasta mañana. Así durante meses, incluso años o toda una vida. Sugerirlo o comentarlo implica cuestionar al otro, colocarse en un posición de juicio, terminar con una pelea seguida de un silencio peor porque jode y hasta embruja. Resulta preferible tener un amigo equivocado o una familia a no tenerlos. O eso decimos.

Lo que separa a las cosas que nunca decimos del silencio puede resultar confusa. Pero hay un matiz, de la misma forma que se siente la tensión en el aire al entrar en un habitación donde se acaba de hablar de alguien que aparece de repente. Las palabras nunca pronunciadas esconden un propósito, señalan en una dirección, esperan su turno ahora o más tarde. Lo omitido conserva las amistades y el amor igual que se barniza un mueble viejo. Decirlo todo es un lujo. Así avanzamos mirando hacia otro lado, como quien no ve nada, y las noches siguen a los días y después las noches, con unas palabras o una frase atravesadas en mitad de la garganta.

Ilustración: Guy Billout

Cosas que me indignan

A veces hay que decirlo en alto o escribirlo (que es lo mismo), compartir la bilis y el veneno, verbalizar lo que nos sobra. Hay muchas cosas, quizás demasiadas, pero también hay muchas cosas que nos gustan, quizás escasean más. Así que, montado sobre un burro y envuelto en una nube de ceniza, ¡cenizo!, enumero las cosas que me indignan. En primer lugar: las maletas, en particular las MALETAS grandes tiradas por personas agotadas y sobrepasadas por el peso, incapaces de pensar en que es mejor viajar ligero y, si te lías, comprar por Internet y que te lo lleven a casa. Gente con maletas, ¡os deseo una vida sin obstáculos mientras bloqueáis el acceso al metro de Madrid y Tokio! Sigo.

En segundo lugar: los tápers que se utilizan en los parques (los otros no). Es abrirlos y el aire se llena de olores, el suelo congrega a las palomas, se produce una fiesta de jugos gástricos y mala hostia. En tercer lugar: la ropa de montaña, marca Quechua, de tonos marrones o silvestres, impermeable, muy fea, ideal para ser enterrado bajo el musgo. He visto a gente en Santillana del Mar vestida de esa guisa. Debería estar prohibida, también la ropa de ciclista, la ropa de maratoniano por ser la moda, la ropa que expresa claramente el extravío del que la lleva con orgullo y suda y está cómodo.

En cuarto lugar: los conductores que pitan en un atasco. Lo hacen pensado en promover la fluidez del tráfico, como el que espera nada e insiste jodiéndole la vida al aire. En la misma categoría y sin distar mucho, la gente que pide sandwiches de ricotta, ri, co, tta. Dios, voy a por el quinto: bebedores de café en movimiento, están por todas partes y nunca se manchan o se queman los labios. En sexto lugar: el camarero que te pide lo que tú no quieres o lo que jamás habrías pedido y consumes por evitar líos. En séptimo: la música desprovista de ingenio, predecible, que te recuerda una y otra vez lo que ya eres. Ya estaría. ¿Me encuentro mejor? No. Pero está escrito y pesa un poco menos.

Ilustración: giselledekel.com