La sala El Sol

Madrid es una ciudad grande que nunca será una gran ciudad. No importa. En el epicentro de la gente fea, cerca de la Puerta, encontrarás la sala El Sol. Y es que, al igual que las estrellas lucen, «la Sol» nutre. Es más, brilla desde 1979, año en el que UCD ganó las elecciones. Sí, la democracia se fabrica con música en directo, de lo contrario nace con defecto en su absoluta imperfección. La música, en cambio, es perfecta, te gusta o no te gusta, más en vivo, todo bajo una luz roja, en un sótano entre la noche y la siguiente madrugada. Madrid lo sabe: su corazón bombea en Jardines 3.

¿Fue antes Fernando o la sala El Sol? No se sabe. A Fernando lo encontrarás en la puerta, peinado y serio, nunca amenazador, quizás porque hace de portero, aunque no ejerza. A partir de él todo es música. Música en las paredes y el aire, música de fondo por las escaleras, música cuando la banda deja de tocar y la pista se llena de piernas y besos y más música. Nada cambia. Los mismos camareros, José tras la mesa de sonido y la sensación de que nuestra memoria está a salvo bajo la tierra. Será porque la música embalsama el tiempo y el espacio, construye pirámides en el núcleo de una ciudad pueblo.

Todos quieren tocar aquí. Algunos lo hicimos varias veces. Hay otras salas, sí, pero esta tiene historia, una pequeña y firme, hecha de camisetas sudadas y de bandas que quieren volver a las canciones y al ropero. Si vienes a Madrid ve a ver a Goya, camina por la Castellana al caer la noche y asiste a un concierto sin saber quien toca. A veces, todo se detiene mientras gira. Mientras, algunos vivimos bajo la luz de un sol que suena a música. Sol, no pares nunca, nunca, nunca.

Ilustración: Vanessa Branchi

Primavera Sound 202X21

El anuncio del Primavera Sound, pospuesto para el próximo año por razones obvias, ha generado reacciones extremas. La primera, ansiedad. Y es que después de años sin poder asistir a un festival a drogarte y escuchar música de fondo te encuentras con que van todos tus grupos favoritos. Todos. Da igual quien seas. Ahí estarán Beck, Nick Cave, Dua Lipa, C-Tangana, Einstürzende Neubauten, ¿Lorde también? También. Y claro, llevamos demasiado tiempo en el dique seco, somos hijos de la castidad y hemos perdido las formas al aire libre, incluso un poco la cabeza. Y surgen las dudas: ¿qué se llevará en el 2022? ¿Qué sentiré al estar rodeado de miles de desconocidos que sudan y son felices? ¿Estamos preparados para acelerar de cero a doscientos en un maratón de diez días a pelo?

Pasado ese momento naranja-pera-naranja, uno lo ve más claro. Otra cosa es pagar la entrada: 425 euros (con número) la más barata. Sucede lo mismo que con el cartel. Parece una broma, un precio asumible por gente de apellido compuesto que gasta el sueldo de medio mes en un bien de consumo gratuito en su versión casera. De nuevo, hiperventilo en una bolsa del Día y llego a la conclusión de que pagar esa cantidad por ver a más de 350 grupos (los conté pero me cansé muchísimo) tampoco es tanto. Sale a 1,2142 euros el grupo.

Queda por despejar la incógnita más importante e ignorada. Si nos faltan tablas, no nos cabe la ropa de este año y el futuro es una ilusión cuando el rock and roll conquistó nuestro bolsillo, ¿habrá previsto el festival más importante de España cintas desplazadoras de un escenario a otro? Resuelto el problema del rayo en primera fila, anticipo dos o tres ataques al corazón. Eso sí, el de la música nunca dejó de latir, ni siquiera cuando el país era un silencio.

Ilustración: http://www.studiomuti.co.za