¿Cómo dormimos?

Vivimos, con suerte, ochenta y cinco años, un tercio con los párpados cerrados. Casi tres décadas sin contar las siestas. Un acto tan horizontal, tan nuestro. Todos saben cómo mienten; nadie cómo duerme. Puede que fuera un sueño y por esa razón algunos roncan o sujetan la almohada con firmeza antes de morir latiendo. Después se produce ese viaje al fondo. El cuerpo deja de ser lastre. Los malos recuerdos se desgarran y podemos volar, matar incluso, acostarnos con esa persona inalcanzable. El resto es un misterio.

Le pregunté qué hago mientras duermo. Quise saber lo que sucede cuando no hay consciencia y el mundo es una sábana. «De lado y con un cojín sobre la frente«, dijo. «Respiras fuerte, como si te ahogaras». Un espasmo. Esa es la llave al otro lado, el precio a pagar por apagarse. Después una mezcla de paz y movimientos sísmicos. Hay cierta estética en el sueño. Uno sueña como vive. Yo dejo soñar al que está cerca, no me entrometo en sus asuntos. Muevo las piernas con delicadeza y, algunas noches, pronuncio frases inconexas. Son mis sueños los que piden ayuda para no perderme. Al despertar, estoy solo; siempre acompañado en sueños.

Puede que los malos sueños sean malos porque se parecen a la vida. Al soñador no lo perdonan nunca. Es más, puede que la clave de soñar sea arrebatarle los sueños a los otros para que por fin hablen de uno. Yo no puedo. Prefiero dormir sin hacer ruido, serme fiel un rato, perdonarme, no despertar a los pájaros. Hoy me levantó la luz. Solo aquellos que te conocen saben cómo duermes. Pregúntales. Por eso el verano se parece a un sueño en el que no dormimos.

Ilustración: Simon Bailly

Sábanas

Por sus sábanas conocerás a la persona. En ellas se funden carne y descanso, partículas que luego giran en una lavadora. Y es que las sábanas, como las galaxias, pueden ser de todos los colores: blancas, rojas o de rayas de pijama. Algunos atisban en su tacto una posibilidad para fugarse. Otros, menos optimistas, buscan desiertos, olas, velos. Casi nadie sabe que, bajo las sábanas, conocemos al otro en su mejor y en su peor versión, en el brillo de la mañana, bajo la luna y una noche triste. Desde arriba, tan dentro, una pareja se entrelaza para formar un signo del zodíaco. Sábanas de agua que no moja, túneles de viento de la boca.

Nada más noble que cambiar las sábanas y dejar que corra el aire. Se trata de una tarea emparentada con la del enterrador. La materia prima cambia, pero hay una búsqueda de paz, de respeto por los que viajan. Y todos vuelven. Al cambiar las sábanas, la casa se despierta fresca y la fruta del desayuno sabe a árbol, vivir cansa menos y es fácil seguir el rastro de todo lo soñado. Nunca te enamores de alguien que no cambia las sábanas con frecuencia. Es así como querrás que huela tu vida.

Una sábana une. Incluso cuando la relación está ya rota. Uno coge la sábana por un extremo. El otro imita el gesto. Los brazos se encargan de plegar la superficie, que va menguando como mengua el infinito. Otro doblez, como si se tratara de un vestido de comunión. Entonces, el pecho hace de apoyo y las piernas dan un paso. La mirada del uno hacia sus manos y hacia la mirada del otro que dobla y va acercándose. La sábana ya no es sábana, ¿un mantel? Otro doblez, otra mirada. De la sábana queda el recuerdo de la sábana. Los amantes nunca estuvieron más cerca. Debió de ser otro sueño, una sábana de invierno blanco.

Ilustración: Mark Tennant

Esa gente que duerme mal

Dormir es parte fundamental de estar consciente. Tanto como el amor, el pelo y las verduras frescas. Y es que no hay nada más triste que observar a los insomnes. Ahí están ellos, queriendo ser como los demás, pero incapacitados para desarrollar un acto tan placentero como sentirse amado. Al fin y al cabo, el objetivo parece al alcance de cualquiera: dedicarle más de 06:59 horas al descanso horizontal. Ellos, en cambio, cuentan rebaños de zetas, intercambiarían vasos de leche por cloroformo, cualquier cosa por obtener la paz de espíritu de los que fantasean que sueñan con los ojos cerrados. Millones viven de esa forma. Viven, digo, más bien penan.

Porque la gente que duerme bien tiene otro brillo sobre las ojeras, parece capaz de sortear cualquier bolardo, incluso roza la felicidad rodeada de legañas en el metro. El que anda falto de melatonina da vueltas en la cama y el coworking, como si la dimensión de la fatiga se extendiera a cualquier aspecto de una vigilia rara, narcótica sin llegar a noquear. Un horror que envejece los párpados y los años.

Cuando esa imposibilidad tan rutinaria se prolonga en la niebla, los impulsos salen en carne viva, aflora esa mala hostia procedente de la soledad. Porque los que duermen mal están más solos que la una, las dos y las tres, olvidan los momentos masa madre y se acatarran cada vez que llega una borrasca por el este. Ellos acampan en latitudes distintas, bostezan y orinan aunque beban poco. Cierto, leen a Calderón de la Barca cuando el barrio está dormido, consuelo de mierda, pues ya se sabe que hay que tener un sueño para despertarse por la mañana. Que cuenten con todo mi apoyo somnífero.

Ilustración: www.onlyjoke.com