Llegar a los cien años

Ayer conocí a un señor de 100 años. Había tres globos dorados en el salón, un uno y dos ceros de helio entre el techo y la alfombra de una vetusta casa. Todo en él, su mirada y su pijama, el aire alrededor de su nariz, los cuadros y los libros, todo tenía el aspecto de lo que dura demasiado. Este señor ocupaba un sillón sin saber muy bien cómo había llegado vivo a 2024… Así que me dio miedo preguntarle por sus ganas de vivir, si no se le hizo muy largo pasar de siglo en siglo mientras todo desaparecía. Me dio miedo hacerlo porque me sentí tan joven como los que dicen «bro», un recién nacido frente a un bosque de sequoias. La edad es un tema de la mente sobre la materia, sí, pero cien años conllevan una soledad intolerable.

Al mirarle a los ojos reconocí al que encuentra en el olvido un atajo para seguir tirando. Había viajado por el mundo, había visto cosas que nadie creería, había vivido más que nadie en el barrio. No pude más que compadecerme de él y de las 20.000 personas en España que alcanzaron su edad, sin olvidar a los vampiros de los after y a esos viejos que quieren morirse a los ochenta porque se quedaron viudos. Vivir cien años es un error, igual que morirse a los dieciséis o ponerse bótox cuando todavía no sabes la cara que tienes.

Recuerdo escuchar a mi padre decir que él prefería morir joven. Mejor eso que sufrir el deterioro del cuerpo, de la mente y de la moda. Se murió con 62 años dejándonos la sensación de haberse muerto mucho antes de lo debido. Quizás este señor de 100 años también se murió hace décadas, sin embargo sigue respirando por curiosidad, porque nunca se sabe qué se inventará la ciencia cuando seamos viejos. Queda claro que el secreto de la longevidad es la paciencia, queda aún más claro que el secreto de la juventud reside en creer saberlo todo.

Ilustración: David Shrigley

Feliz cumpleaños, Brad

Brad Pitt, prueba viviente de que el tiempo pasa por todos menos menos por uno. Nosotros desgastándonos, cada vez más pequeños, intentando recuperar la ilusión siendo más niños que un niño gracias a los años. Brad, en cambio, se ríe de los jóvenes, demuestra que es posible ser guapo y tener suerte, pelo de sobra y una clavícula en la que me quedaría a vivir pagando lo que fuera necesario. Porque hoy, William Bradley Pitt, actor, humedad y arquitecto de suspiros cumple sesenta, sesenta putos años que convierten la edad de los perros en la única matemática del cuerpo de los hombres. Por cada año de este americano se mueren miles de cachorros.

De lejos, Brad aparenta treinta y uno. Tumbado, menos de cuarenta y cinco. Mientras él se quita décadas a los demás nos caen como una losa. Puedo verlo en amigos, en familiares, en sus caras de fruto seco y sus ojos desgastados de tanto mirar hacia el pasado. La edad se ensaña y, a pesar de los esfuerzos, la encajamos en un hueco que no le corresponde. La prueba la tenemos en Brad: seis hijos, dos divorcios y un castillo. Resultado: una mirada triste. Por eso vuelvo a él bajando del caballo. «Es un placer conocerla. Espero que usted y este feo de aquí sean muy felices juntos», decía. Después saluda a Julia Ormond tocando con los dedos el ala del sombrero. Y, entonces, mi vida cambia para siempre.

Porque la cara y el cuerpo cambian con el paso de los segundos, nada que ver con los meses o las estaciones. De los días cortos y los años largos a los días y los años cada vez más cortos, del reflejo que devuelve algo que no te gusta a un reflejo con el que debes conformarte. Así pasamos, sin saber muy bien qué ha pasado, pero con la certeza de que hoy, en alguna mansión de Los Ángeles, Brad Pitt se levanta de la cama, mira a su novia treinta años más joven y hace pis apretando muy fuerte la vejiga. Gracias a él sé que es posible enamorarse de otro hombre, imaginarlo andando por la playa con un bañador de palmeras frente a un atardecer muy rojo. Felicidades, Brad, nos diste más felicidad de la que tienes, nos haces sentirnos viejos sin quererlo.

La edad de las enfermedades

Envejecer es una putada. Uno hace ruido al hacer cosas, las letras menguan y aquel mundo que conocimos deja de existir. A pesar de ello podemos observarlo de lejos, con una sorpresa antigua y mientras otros miran los restos del naufragio por un ojo de buey. En la superficie hay canas, arrugas, bíceps flácidos, calma y aceptación como forma de vida, un bienestar común y precario y la certidumbre de que mañana, pase lo que pase, todo será igual o parecido. Podemos ser jóvenes siempre en teoría, aunque conlleve un gran esfuerzo en la práctica. Eso sí, hay algo contra lo que nada podemos hacer. Se llama enfermedad.

Porque a partir de los cuarenta perdemos los miedos nacidos en la infancia. Quizás por esa razón surge la posibilidad de la muerte en forma de tumores e hipertensión. ¿De qué hablan los que se hacen viejos? De lo que les duele el cuerpo. Osteoporosis, problemas cardíacos, tartas de cumpleaños como la noche de San Juan…, recordatorios de que los años nunca vienen solos y de que nadie está completamente sano. La salud corporal se une a la maltrecha mente y nos aferramos a la vida con sus desayunos y su fiebre. No hay enfermedad sin esperanza.

Los enfermos bautizan a sus enfermedades con nombres familiares. Les dicen «el bicho» o «mi cosa», la sientan a la mesa y les ofrecen postre. Alrededor del enfermo surge el amor, una preocupación real en forma de caricias y hasta un ánimo de flores y ganas. La libertad consiste en estar sano; el resto son solo recetas escritas con letra de reguetonero. Hay un consuelo ante la enfermedad y es que, a veces, se trata de una palabra. Enfermedad, tienes un nombre de mierda. Desde aquí mi empujón para todos los enfermos; pronto dejarán de serlo.

Ilustración: Francesco Ciccolella

Esa edad en la que solo se habla de salud

Se encuentran por casualidad. Entre las dos suman más de ciento cincuenta años. La señora de la izquierda lleva una chaqueta de punto verde pistacho. La de la derecha acaba de salir de la peluquería. El tren se detiene frente a ellas, el andén como metáfora del tiempo. Hay dos besos. La mayor le acaricia el borde de la chaqueta a la más joven por poco, como diciendo que todo irá bien, que están aquí. De ahí el tacto. Luego hablan. De salud, claro, tema de conversación estrella de los mayores de cuarenta. Hablar es, desde ahora, una forma de cuidado.

Queda claro que la edad viene con cargas que poco tienen que ver con las de la juventud. El grifo cierra mal, los órganos se secan, la vista necesita un telescopio. Cumplir años significa hacer punto con los días, mirar el cielo sin esperar amaneceres grises y convertir el deterioro en la mejor forma de pasar la vida. «Que si la cadera, que si le operarán en breve, que si se ha muerto Paz, la hermana de Gloria». Todo queda reducido a una catástrofe. Pero pueden contarla. Son bellísimas, las dos, tan mayores, tan niñas en el fondo y ese ruido de los años.

Ojalá llegar a eso, ojalá convertir las charlas en una sucesión de achaques y prótesis. Significaría que vivimos. La tragedia tiene poco que ver con la falta de salud y el exceso de nieve sobre los hombros, más bien con el hecho de sentirse joven a pesar de que casi todos tus amigos murieran sepultados. El tren reanuda la marcha con las dos señoras dentro. Cada vez más juntas, cada vez más risueñas gracias a este encuentro, quizás el último. Sí, ellas son casi ceniza y sonríen a pesar del aire acondicionado de este Cercanías. El tren gime, continúa por las vías dejando de sufrir por el pasado, por la salud entre paradas con un solo destino. Y es el nuestro.

Ilustración: Guy Billout

Esa foto en la que tienes la edad de tus padres ya de viejos

Sucede al acercarte a los cuarenta o rebasarlos. Entonces miras las fotos de tus padres, viejas fotos, padres viejos que, ¡oh, milagro!, tenían tu edad de ahora. Ahí dejas de hacer pie, flipas. Madre, su esposo y al otro lado uno que podría ser de su pandilla y que resulta que eres tú. Joder, ¿soy tan mayor? No se sabe si mucho o poco, pero, llámate loco, has alcanzado la edad de celebrarte. Eso de la crisis asociadas a apagar velas se reduce a una mera anécdota. Prueba superada, ya eres tu propio antepasado. Felicidades, ¿sigues vivo?

Pues la verdad es que sí. La alternativa pasa por una esquela o un concierto póstumo al que asistirían tus hermanas, algún amigo calvo y la taquillera. Y la genética se impone: sacaste las ojeras de padre, la nariz aguileña de mamá, esa mirada que sujeta el apellido, aunque el único honor de la familia reside en el pelo y la piel que te dejaron. Lo bueno se apreciaba en tus recuerdos de primera comunión y orla universitaria, un tiempo en el que seguro seguro eras el hijo que tus progenitores concibieron.

Cierto que la mirada del que cumple décadas y dicenios se amplía, frena, incluso va librándose de fardos y mierdas asociados a la juventud. Observas la fotografía y el mundo con detenimiento, puede que más fofo o con dolor de espalda. Sin embargo, la serenidad a la que apelan los cursis te permite lidiar con esta tragedia tan fieramente humana. Puede que, en realidad, se trate de un motivo para sonreír y darte cuenta de que envejecer sigue siendo la única manera de vivir mucho tiempo y no sentirte viejo. Y eso es arte hecho familia y estaciones.

Ilustración: http://www.stephan-schmitz.ch

Madonna, la desesperación de ser joven a cualquier precio

La reina indiscutible del pop para masas y maniquíes, de las cruces ardiendo y los salmos envueltos en papel de consolador ha vuelto. Y lo ha hecho de la peor manera posible. Porque Madame X, su decimocuarto disco, es una colección de canciones tan vacuas como una ventosidad en el autobús, un trabajo tan inabarcable y meditado —es evidente que existe un verdadero intento por concentrar toda la problemática del mundo actual en 55 minutos— que queda reducido al peor enemigo de Atreyu, ese vacío entre la nada y lo insignificante.

Y es que escuchar las 15 canciones de la versión deluxe ha sido una experiencia parecida a comer tierra en la que los platos en el menú encajan de manera perfecta y maquinal, con un poquito de Maluma por aquí —para llegar a las generaciones que no saben lo que es el sida—, con el toque justo de portugués, español e inglés de Brooklyn por allá, esclavos, trap, odas a la libertad y la existencia divisada desde un palco V.I.P., como si de repente, la mujer que redefinió las reglas del juego de la música de franquicias hubiera decidido volverse trascendente para conseguir exactamente lo contrario.

Mirando la portada, con su cara-máscara y una epidermis a prueba del paso del tiempo y el 5G lo entiendes todo: llega un momento en la vida en el que lo mejor que puede hacer un artista es callarse, pero claro, ella es Madonna, la mujer que representa como ninguna otra que crecer no significa encontrarse a uno mismo, sino más bien crearse, lejos de una reinvención que solo nos otorgará la llegada de la muerte.

La pregunta es la siguiente: ¿se ha convertido Madonna a los sesenta en un objeto exclusivamente venerado por el público gay? Quizás ese sea el precio a pagar por mantenerse eternamente joven.