De la soledad

Todos venimos y nos vamos solos. Entre medias de estos dos actos, soledades. A veces, durante un domingo largo. Otras, siempre. Y culpamos a los demás de esa garra hueca. Estando solos somos aquel que es nadie, que elige la fruta en el supermercado, vuelve a casa y llena la nevera. También podemos ser el limón cortado de la segunda balda. El resto, frío a principios de verano. La soledad nos empuja a creer que todos son idiotas. Resulta que necesitamos a esos idiotas cerca. De lo contrario, la soledad nos apuñala.

Vemos a gente sola cada día. Es gente que baja a la calle para evitar ver su reflejo. Hay otra gente que necesita estar sola para encontrar una baldosa con la forma de sus pies. Pocos lo saben, pero la soledad siempre trae algo, una canción, un libro nuevo, a veces la fórmula para la bomba atómica. Todo lo bonito de este mundo viene de la soledad. También lo peor. El milagro ocurre cuando alguien que quiere estar solo encuentra a otro que no quiere estar con nadie. Así empieza el amor que dura siempre.

Quise estar solo porque mi habitación se llenaba de música e historias para otros. Ahora pienso en si estaba equivocado. Será porque me siento solo. Y está bien. Son rachas, estaciones y polvo. Solamente estando solo me doy cuenta de que soy la media de las cinco personas con las que más tiempo he pasado: Luis, Maya, Axl Rose, Cyrille y padre. Anexo: no hay mayor soledad que la de un matrimonio roto. Más tarde, la alegría vuelve, como ese que elige manzanas en el supermercado. Se trata de una alegría antigua y futura llena del miedo a estar solo de nuevo. Yo y mi soledad no estamos solos, por eso sonrío al escribirnos.

Ilustración: Adriana Lozano

Nómadas del tiempo

Desde hace algo más de un año, variable amorfa por su incapacidad para no contentar a nadie, el tiempo gira en paralelo a la tierra, es decir, avanza sin frenos. Así y por mucho que frenemos o viajemos del pasado al futuro —aguantar en el presente es una heroicidad— resulta imposible librarse de ese impulso. Resulta más evidente aún con el paso de las estaciones. Primero fue la primavera de interiores del 2020, después un verano desértico por la falta de turistas. Más tarde el invierno llamó a la puerta de casa —vino en Glovo— para, con el nuevo año, dar el relevo a una primavera que, siendo bienvenida de cara a renovar el vestuario, tampoco convence por la mascarilla. Será cálida y brillante, pero nada trompetera.

Si uno se coge la bicicleta y sale del perímetro de la ciudad, recupera algunas sensaciones. Hay conejos y zorros cerca de los arcenes, los almendros pintan de blanco el paisaje y los ríos vienen cargados. Será la pena y el desconsuelo que sólo se ahogan en la calle Ponzano o la taza del váter… El caso es que vida sigue habiendo ahí fuera, al menos la nómada, una manera de pasar manteniendo cierto apego por la nieve acumulada en los caminos y los agostos de soles como las cerezas.

Los que lo quieran comprobar y no tengan el carnet siempre pueden recurrir a «Nomadland«, la última película de Frances McDormand. En ella, una mujer de mirada en otra parte y envuelta en precariedad recorre su país en una furgoneta-casa. Conduce sin rumbo, guiada por una sensación de pérdida que le lleva a conocer a otras personas con las que comparte desconcierto, desarraigos y la sensación ineludible de que los viejos tiempos, descontados en señales de tráfico, fogatas o litros de gasolina, fueron mejores. Sin embargo, no fueron 2 de abril de 2021, el nuestro hasta mañana.

Ilustración: Saul Steinberg