La gente es buena

Todo hace pensar que los seres humanos son unos hijos de puta. Señales hay por todas partes: franjas arrasadas por las bombas, pozos de ambición, tronos de sangre. Algunos días el tiempo va a la contra… menos el tiempo de la guerra. Las caras de los conductores expresan mala hostia, sueño; las cabezas en la acera, casi todas, caminan sumergidas en el fondo de pantallas. ¿Rmpatía? Ver el mundo reflejado en los ojos de los otros no es ser empático. Pero también hay gestos de humanidad entre tanta basura. Una mano en el hombro, solidaridad entre compañeros y extraños. Insistir en la voluntad de hacer el bien. Tiene que ser la razón por la que, a pesar de las desgracias, el mundo sigue girando suspendido en un espacio oscuro.

Porque la única superioridad que vale de algo es ser bueno. También pueden ser buenos (no mejores) los que matan a los niños, o al menos lo serán con su madre y con su perro. El bien como demostración de grandeza humana. El mal como algo inalterable, un atrezo, la excusa para soñar con hacer putadas a los otros y solo soñarlas. Si uno lo piensa, aquellos que pasan mucho tiempo pensando en la bondad o en ser buenos tampoco son buenas personas. El bien es un hacer diario que no ocupa, que te devuelve mucho más de lo que da. Mira a esa gente ambiciosa que camina sobre un puente de caídos. Va cuesta abajo, va más rápido. El bien va siempre cuesta arriba. Por eso cuesta. Por eso hace feliz a más gente.

Como dije al principio, todo parece indicar que los seres humanos son unos hijos de puta. Mentira. Primero logramos domesticar el fuego, luego al mono dentro de nosotros. Somos pacíficos por naturaleza, a veces buena gente. De lo contrario sería imposible completar un vuelo transoceánico sin matarnos. Cada vez somos menos hostiles, cada vez hay menos diferencias físicas entre hombres y mujeres. Y las palabras. Podemos hablar, aunque nos cueste, decir cosas bonitas, escribirlas en cartas o en cajones, recurrir a su calor en días fríos. Las malas personas siempre escriben mal. Dentro de miles de años hasta los adultos parecerán niños. El mal no siempre gana; los buenos ganan siempre, shhh, pero lo hacen en silencio.

Ilustración; David Shrigley

¿Hay niveles de ética para la caza?

¿Hay niveles de ética para la caza?

Es curioso el hecho de tener que hacer este tipo de inciso antes de zambullirme en una piscina de arenas movedizas repleta de boyas explosivas, pero vaya por delante que nunca he tenido el gatillo de un arma rozando mi dedo indice, y sin embargo entiendo que debe de ser una sensación extraña, casi mística y al mismo tiempo profundamente injusta… para el resto del mundo animal (humano incluido).

Tras el vídeo de la rehala en el que una jauría de perros daba caza a un ciervo y terminaban despeñados por un desfiladero, el debate sobre la abolición de la caza ha desplazado al taurino, al menos en el subconsciente ánimacolectivo, y los cazadores se han convertido en el blanco (¡qué paradoja!) de un mundo que no entiende ciertas cosas normalizadas en la sociedad, incluidas bajo el paraguas de la cultura y que con el paso del tiempo comienzan a ser consideradas arcaicas, primitivas, superfluas.

Sin embargo, y me remito de nuevo al inciso del primer párrafo, existen diferencias considerables a la hora de matar a un animal —lo sé, Marguerite Yourcenar o Dian Fossey no podrían estar más en desacuerdo— y por lo tanto diversos niveles éticos en la caza, incluso un código de buenas prácticas, «normalmente» respetado por una parte de los cazadores que, a pesar de la fama que puedan arrastrar y de las fotos mostrando sus naturalezas muertas, se aseguran de dominar la adrenalina y la fuerza de los elementos para que el disparo sea certero, preciso, limpio, todo ello en un acto que implica la muerte pero no el asesinato.

Es cierto que las razones para defender la caza pueden ser rebatidas (la supuesta función cinegética que cumplen, el hecho de que la diversión y el deporte nunca deben implicar la desaparición de un ser vivo…) pero también pueden serlo las de los animalistas y abolicionistas que no admiten la diferencia entre matar con perros, lanzas, arco o rifle (de mayor a menor sufrimiento) o consumir carne sin aditivos ni conservantes y «cierto» esfuerzo físico en lugar de debidamente empaquetada y etiquetada en el supermercado.

La lucha de ambos bandos se recrudece, como la de dos machos de cervus elaphus gritándose al sol del invierno, y es en ese preciso momento cuando ante la complejidad del problema me viene a la cabeza una pregunta, quizás absurda: si tuviera que disparar a una persona o a un animal para sobrevivir, ¿a dónde apuntaría el arma?