Muchos lo intentaron. Que si experiencia conformada por variables afectivas, dopamina y anillos de fuego, que si poderoso sistema de motivación…, definiciones que aproximan la dermis a los abismos. Todas y ninguna sirven. Pero insistimos con palabras, con más palabras. Y así nacen el cariño y el capricho, uno de alfombra de piel de oso blanco, otro vacío, sociable como en cada matrimonio, fatuo y consumado, pura elevación. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Y yo qué sé lo que es el amor. Tiene que ser algo bueno.
Hay algo raro en la forma de sentirlo, nada que ver con el amante, aunque lo desencadene. De cerca destaca lo bueno que la perversión gemela constata sonriendo. De lejos pesa poco, lo peor respira agazapado el tiempo que dura ese destello. Los ojos brillan, los de uno, los defectos brillan, los del otro, la oscuridad brilla como brilla la sombra de su sombra. Nada que ver con la ficción. Nunca sabremos lo que nos sucede. Es real porque nos sentimos más vivos que nunca. Es amor. Tiene que serlo.
La tecnología domina el afán de cada día. De ahí que haya que explicar lo inexplicable, cambio y corto, añadir incógnitas que puedan resolverse prescindiendo de las equis, reducir el todo y la suma de dos partes a una fórmula. Quizás sea el momento de una ciencia sin números ni certidumbres, una ciencia de emociones en la que cuente el sentimiento sin razón, los dolores apegados a la carne y el afecto sin nombre, sin medida. Amor del que nadie sepa nada. Sentir. Tiene que ser mejor así.

Ilustración: Guy Billout