El hundimiento de los festivales

Nadie vio venir la burbuja inmobiliaria. Todos estaban ocupados con sus cosas, llevando a los niños al colegio. Pues bien, con los festivales sucede justamente lo contrario. Desde hace varios años, los arrivistas explotan esta forma de ocio en masa, intentan trascender lejos de la venta de bienes y mercaderías. La música arrinconada al fondo o en una gran pantalla y, mientras, las multinacionales practicando la pesca de arrastre (lo llaman efervescencia). Nada que el aficionado detecte más allá del precio de la entrada y la sensación de ver una, dos o diez veces a los mismos grupos en entornos decrépitos. Lo peor va por dentro.

Sucede cada vez más. Se cobran las invitaciones fuera del contrato, una consecuencia de los excesos cometidos por los grupos que confundían las entradas con la barra libre. En muchas ocasiones el catering consiste en pizza Casa Tarradellas, un tortilla de bote y unas gominolas. Si quieres algo más lo pagas. Hay espacios dotados de un camerino para quince personas y, en ocasiones, el escenario es un camión con el que abaratar los costes. Se percibe la prisa y la falta de cariño (hay excepciones) y los técnicos, ay, los pobres técnicos, trabajan muchas horas en espacios reducidos e incómodos. Lo preocupante es que este modelo aplica para otros sectores.

Un festival en 2025 es una marca, el algoritmo a cargo de los carteles, la experiencia de la experiencia repetida con un hastag, colas para beber, follar y hasta hacer pis, a las tres de la mañana toca Delaporte, el agua a precio de tercio de cerveza, tribalismo con mucho grave y purpurina, la libertad era esto, las mejores bandas se descubren yendo al baño, un simulacro de evacuación constante entre los asistentes, ¿polvo o barro?, mejor lo primero, la heterogeneidad como propuesta a cargo de dos agencias de contratación. Pero Javi, ¿nada bueno que decir de los festivales? La música, respondo a gritos, ¡la música!

Ilustración: Stacey Thomas

Las Noches del Botánico

En el jardín botánico de la canción había una estatua y peces en el agua. En las Noches del Botánico hay tanta música que la luz da vida imaginada a las copas de los árboles. Porque si existe un resquicio de verano que dure todo el año este es tu sitio. Aquí podrás perseguir enigmas y beber cerveza, vino, agua o cubalibres, escuchar el lenguaje de las plantas, tumbarte a ver estrellas o seguir con la cabeza el movimiento de Rubén Blades, Moderat o Rodrigo Cuevas. Nada de eclipses, solo tardes al borde de las noches y la sensación de que es posible hacer un festival para todos, en Madrid y al que llegar andando, en coche o con un cigarro en la mano. A la ida es cuesta abajo, al volver te vienes muy arriba.

Puedes ser metálico en un campus universitario, ser lo que tú quieras ser mientras los músicos toquen con ciudad de fondo. La gente que trabaja por las noches también puede ser amable, incluso sonreír y ponértelo muy fácil. Por aquí hay muchos que encadenan días, meses, mañanas, otros saben producir y programar conciertos cuidando los detalles, todos transforman la música de masas en algo íntimo. Al compás de las horas se acaban los veranos. Este festival, en cambio, da la vuelta al mundo.

Todo empezó con Bob Dylan; se terminará con Damien Rice y algunas lágrimas. Entre los dos, cuarenta y cinco conciertos con sus respectivas postales de una playa sin playa. Si fuera posible elegir un sitio de Madrid en el que morirme sería una noche del Botánico, más que nada porque uno se siente más vivo que nunca al aire, libre, con amigos, solo entre un público que escucha y mantiene la fe en el poder de la música tocada. Al igual que Santiago Auserón, me quedaré entre el sol y el ventrículo de este lugar hecho de canciones, dibujando una elipse sobre su césped púrpura, al ritmo de un verano que será silencio porque fue nuestro y todo nuestro.

Las rosas del Benidorm Fest

La historia no se repite; la repetimos en nosotros. De ahí que solamente cambie el marco de un cuadro viajando desde el año 218 hasta 2022. Por entonces, Heliogábalo, emperador proclamado emperatriz, ya confundía el orden de las estaciones y los usos de la juventud. Cruel, sádico y loco del arpa sin cuerdas, organizaba fiestas en las que se divertía llevando al límite las pasiones de sus súbditos, ardor que ocultaba miedos, anhelos, ambición de gloria. Se recostó sobre su estómago, ordenó que abrieran el techo del palacio y colmó al respetable de rosas y violetas. El peso terminaría por asfixiarlos.

La belleza del lienzo es tan apabullante que la acción principal queda en suspense, apartada de la mente del espectador y frente a él. Sucede igual con este Benidorm Fest, encuentro de aspirantes a públicos más amplios donde la música no hace pie entre tanto artificio, hundiéndose bajo las conjuras de los despachos, las coreografías y las votaciones. Intercambiemos Heliogábalos por audiencias y el circo se hace fuerte en la era del injerto capilar. Cuestión de mercado.

Ahora que los músicos invisibles van desapareciendo y que importa más el vestuario y la conexión emocional que lo cantado, la solución pasa por concursar, es decir, retomar la única formula que sale a cuenta para los de siempre. Resulta que el precio de la independencia de los participantes pierde ante el ansia de representar a un país en una grieta. Y la experiencia, de pronto, se hace deporte. Será por eso que a mí también me falta el aire.

Ilustración: “Las rosas de Heliogábalo” de Sir Lawrence Alma-Tadema