Las fotografías del verano

Llega agosto y el mundo se llena de hombros, de mar y piscinas municipales, espejismos que duran lo que dura la marca del moreno. De alguna forma, mostrando nuestro veraneo podemos afirmar (con ciertas dudas) que no nos hemos quedado atrás, que estamos como queremos y donde nos merecemos, una forma de reivindicar la vida entre socorristas y bocadillos envueltos en papel Albal. Porque las vacaciones se construyen a base de fotografías con filtros cálidos y vuelos caros, sirven para constatar nuestro lugar en un mundo abarrotado en verano, a rebosar en el resto de estaciones. Pero siempre silencioso en la memoria.

Veranear esconde un privilegio y una costumbre arraigada desde niños, cuando vivir era fácil: despertarse, elegir el bañador, atrapar cangrejos con un cubo y dormir sobre la arena, las mismas acciones repetidas que cambiaban el color de nuestro pelo y nuestra piel, también el sabor de la comida. Más tarde, un 4 de agosto de 2025, adultos o camino de serlo, somos incapaces de no anticipar su final, como si la semilla del verano fuera el invierno. La luz de este agosto y todos los agostos trae un billete de vuelta al trabajo en la maleta. Para evitar su final, grabamos una cerveza o una ola. Estamos vivos y por eso publicamos.

El verano, el propio y el ajeno, pasará de largo, y nosotros, en Ibiza o en la calle Ibiza, tendremos la sensación de haberlo desperdiciado una vez más, los que lo hicieron en secreto bajo la toalla y los que lo secaron a la vista de todos, seres incapaces de habitar lo que carece de mañana. Las fotografías del verano son pruebas, una manera de decir «está ocurriendo», vine, vi, perdí. Fui feliz solo o acompañado. Duró poco, casi un parpadeo o una ola. Me vieron, me quemé. Aquí están la orilla y la marea para demostrarlo.

Ilustración: Carlos Martín

Ese niño

Ese niño soy yo. Y ya no existe. La foto evidencia que puedo ser tan viejo como las piedras de la catedral, que aquella fue la era del Simca 100 y el Talbot Horizon. Hoy, en cambio, la densidad capilar se difumina, ojeras, el gusto a la hora de vestirme ha mejorado. Creo. Por su parte, el tiempo se encargó de enterrar muchas de mis aspiraciones: ser médico, alto, vivir en América. Porque crecer se parece poco a hacerse viejo. Quizás no deberíamos crecer; quizás deberíamos aprender a morir antes. En todo caso, la vejez conlleva un dolor que los niños desconocen. De ahí la sonrisa. Lo más extraño es mi deseo de no mirar atrás. Prefiero mantener mis rodillas intactas y hacer ruido al agacharme. Ese niño fui yo. Y todavía existe.

Nunca entendí a los mayores que desean volver a ser niños. ¿Para qué volver a lo que nunca dejamos de ser? Observo a los adultos y solo veo en ellos rasgos de niños que se parecen a sus padres. Le sucede a madre cuando se sienta en la silla del hospital y habla con sus hermanas. Las tres son viejas, las mismas niñas que iban juntas al colegio. Todas son bellas de una manera incomprensible. Vivieron y, a pesar de la soledad y el dolor omnipresente, se levantan de la cama, preparan café y salen a la calle. Las tres sonríen cuando miran a la cámara. El sol calienta sus envejecidos rostros.

Lo más difícil de hacerse mayor consiste en aceptar lo que nos pasa, pero sobre todo lo que nunca llega a suceder. Estar en paz con nuestro mundo —el mundo es otro— cuesta. Y uno insiste en los mismos errores, y el horror parece perseguirnos allá a donde vayamos. Pero uno insiste. Solo aspiro a no convertirme en un viejo cascarrabias, de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esos viejos ni siquiera recuerdan sus manos manchadas por las alas de una mariposa ni el sabor de las moras. Si fuimos niños entonces podremos seguir siéndolo, como ese niño, el mismo que seré dentro de muchos años. «Crecer o no crecer», me digo. Esa es la única pregunta que importa.

Esa foto en la que tienes la edad de tus padres ya de viejos

Sucede al acercarte a los cuarenta o rebasarlos. Entonces miras las fotos de tus padres, viejas fotos, padres viejos que, ¡oh, milagro!, tenían tu edad de ahora. Ahí dejas de hacer pie, flipas. Madre, su esposo y al otro lado uno que podría ser de su pandilla y que resulta que eres tú. Joder, ¿soy tan mayor? No se sabe si mucho o poco, pero, llámate loco, has alcanzado la edad de celebrarte. Eso de la crisis asociadas a apagar velas se reduce a una mera anécdota. Prueba superada, ya eres tu propio antepasado. Felicidades, ¿sigues vivo?

Pues la verdad es que sí. La alternativa pasa por una esquela o un concierto póstumo al que asistirían tus hermanas, algún amigo calvo y la taquillera. Y la genética se impone: sacaste las ojeras de padre, la nariz aguileña de mamá, esa mirada que sujeta el apellido, aunque el único honor de la familia reside en el pelo y la piel que te dejaron. Lo bueno se apreciaba en tus recuerdos de primera comunión y orla universitaria, un tiempo en el que seguro seguro eras el hijo que tus progenitores concibieron.

Cierto que la mirada del que cumple décadas y dicenios se amplía, frena, incluso va librándose de fardos y mierdas asociados a la juventud. Observas la fotografía y el mundo con detenimiento, puede que más fofo o con dolor de espalda. Sin embargo, la serenidad a la que apelan los cursis te permite lidiar con esta tragedia tan fieramente humana. Puede que, en realidad, se trate de un motivo para sonreír y darte cuenta de que envejecer sigue siendo la única manera de vivir mucho tiempo y no sentirte viejo. Y eso es arte hecho familia y estaciones.

Ilustración: http://www.stephan-schmitz.ch