D10S se va y la COVID-19 desaparece un rato

El fútbol es maravilloso. Y lo dice alguien al que no le gusta. Pero nada. De hecho, lo único que hago, y muy de vez en cuando, es mirar por encima vídeos en Youtube con las mejores jugadas de esos supuestos mejores jugadores del único deporte equiparable al sexo cuando es sucio, la droga sin corte y el poder envuelto en TNT. Y digo supuestos porque en el fútbol no hay certezas ni unanimidad. Ni siquiera en torno a Messi, el chico de los ojos pequeñitos pequeñitos gestado en el interior de un balón-placenta y que, con su marcha, desata un huracán mediático que arrasa con los tiroteos en Wisconsin, los incendios y la vuelta al cole. Al menos lo que dure la incertidumbre relativa a su nuevo destino y el del resto mundo.

Es de agradecer que durante unas horas los culés aúllen, el ministro de Cultura salga de la madriguera y ponga un tweet, casi todos menten a la madre de Bartomeu, Ramos destense los abdominales y la mayoría considere que este 2020 es aciago no por razones más que evidentes, sino porque La Pulga, D10S, El Messias —los tres son la misma persona reconvertida en Espíritu Santo— ha decidido cambiar de máscara. Así los genios crean la tierra y el cielo y todas las cosas que hay entre medias, y al séptimo día se van con la duda de haber podido hacerlo mejor en Italia o Inglaterra.

En todo caso, yo estoy encantado con este planeta fútbol libre de contagios e impermeable a la muerte. Gracias a su burbuja, Messi pudo recoger el relevo de la mano de Dios, convirtió las patadas en ajedrez de once, y antes de ayer, tras varios años de decepciones y tatuajes feísimos, detuvo el aliento de millones de aficionados con problemas para respirar. Qué curioso, el Barcelona pierde a Lionel Andrés, el único con capacidad de hacernos ganar al resto sin sudor. Cuando se canse deberían retirar el número 10 de todos los equipos de todos los deportes, justo al lado del 23.

Ilustración: Les Lee

Celebrar que no celebramos

Creíamos haberlo visto todo: fuegos artificiales sobre las cabezas de la Policía, abrazos a modo de símbolo terrenal, lágrimas de un equipo convertido en algo más que la suma de sus partes, la posibilidad de ser una isla blanca reunida en la baldosa de la plaza de Cibeles con su mar de cuerpos a la una. Después llegaba la noche mezclada con el ruido de los cafés sobre la barra… hasta que la posibilidad se impuso con el gesto de la certidumbre enmascarada. Desde entonces, el misterio nos acompaña a todos porque a todos nos ha tocado vivir el tiempo de celebrar que no celebramos.

Y es que ahora la consecución de un título se festeja en casa, con la familia y algún amigo en paro, aunque también con la comunidad ausente y presente, a solas con nuestra consciencia y la certeza de que el orgullo prescinde de grandes manifestaciones y banderas. Simplemente ofrece una nueva oportunidad a la conciencia, algo de cuerda, quizás un brindis. Y las bocinas forman parte del recuerdo, como la chica de ayer y aquel Ramos de nariz aguileña.

Lo mejor de esta nueva estación es que no hace falta que nos guste el fútbol porque de lo que se trata es de sentirse bien por obra de la felicidad ajena, aquella que es importante porque no nos toca y al mismo tiempo es propia. Resulta que a veces el arcoíris es blanco, otras azulgrana y casi nunca rojiblanco, pero todos ellos conducen a una resaca, a un momento compartido, a una derrota prorrogada. Y durante unas horas este Madrid olvida la desgracia del fútbol sin público, de la vida a medio gas.

Ilustración: https://www.felixdiazart.com/

Prohibir está de moda: ahora los petardos

La única vez que estuve cerca de un petardo fue para asistir a un espectáculo de yemas y uñas volando por los aires. Despejada la humareda, lo único que quedó en aquella plaza de pueblo fueron los gritos del chaval y la certidumbre de que con ciertas cosas no se juega. Y menos con pirotecnia. Ahora llega a España esa tendencia iniciada en China en 2017, quizás porque los perros tienen ansiedad durante las celebraciones, quizás porque la sociedad es más permeable a ciertas historias cánidas que a los caídos en un combate de estruendo y pigmentos contaminantes (sin metralla). En Guangxi son un manjar y así no ladran.

La cuestión de fondo, iluminada por destellos arácnidos es que, poco a poco, sin que nos demos cuenta, entre fiesta y taquicardias, asistimos a una moda de prohibiciones caracterizada por la aleatoriedad. Porque en Tokio se prohibe fumar en la calle, pero no en bares y restaurantes y, mientras tanto, en el mundo está previsto alcanzar los 500 millones de muertes por nicotina para el 2050. En Barcelona los únicos trajes de luces son los del Bagdag y en Madrid cada agosto el albero se tiñe de aorta, el alcohol es droga blanda y Budweiser patrocina la Liga de Fútbol Profesional. Por cierto, la ciudad de Trapani saltó a la fama porque en sus idílicos rincones no se puede comer helado, en Eboli se multan los besos en descapotable y los nazis, allá por los años treinta, prohibieron sentarse en los bancos públicos a los judíos mayores de sesenta y cinco años.

La reacción lógica ante cualquier obstáculo legal contra la libertad individual es rebelarse, por eso las tabacaleras lo promulgan, la Iglesia condena a los gays por guarros, el Estado castiga según la billetera. Es una realidad: prohibir adquiere tintes de broma infinita, si no es difícil entender el clamor popular en torno a la muerte de un perro sensible que precede al accidente silencioso de Joana Sáinz, cantante de la Orquesta Super Hollywood atravesada por un cartucho durante un concierto. Mirad, pero no toquéis, tocad pero no probéis, probad pero escupirlo después. ¿Recordáis la oscuridad invadida por fuegos artificiales de aquellas noches de verano? Despertad. En 2020 solo será un sueño con olor a “progreso”.

El holligan que se hizo una paja en la Puerta del Sol

Hace apenas una semana, el oso que abanicaba con sus garras al madroño de la madrileña Plaza del Sol decidió abandonar la ciudad por razones políticas. En vista del giro brusco a la derecha de la derecha lo mejor era poner tierra de por medio, buscar un lugar recogido en la Casa de Campo, algo más silvestre en la futura destinación de todos los eventos progresistas que se celebrarán en Madrid a partir de ahora… excepto el fútbol.

En su lugar, y de grasa, cerveza y huesos, ha nacido un símbolo casi universal (ahora lo masivo dura menos que la primera mitad del LiverpoolTottenham), un símbolo de lo que el deporte rey puede conseguir cuando se lo propone gracias al rastro de dinero y destrucción que deja a su paso: Tom Hard, el calvo seguidor inglés que celebró la victoria de su equipo haciéndose una paja en el lugar más concurrido de la nueva colonia inglesa al sur de Londres y al norte de Despeñaperros, muy cerca del piso donde antes vivía un oso amante de la botánica.

Pude localizar a su madre, una ama de casa del mítico barrio de Childwall que se enteró de la noticia gracias a una vecina que ahora le ha retirado el saludo. La pobre Emily me explicó con lágrimas en la garganta —la conversación se limitó a un frío intercambió de notas de voz— que el chaval había estado esperando este momento desde 2005, y que claro, hacía calor, la gente se quitaba la ropa, había música, alcohol, alguna droga de diseño, la calle era un fiestón, los vecinos no podían echar la siesta y que bueno, que son jóvenes y enérgicos…

Resulta que el fútbol es un juego que inventaron los ingleses, que los brasileños practican como si se tratara de un coito y en el que el domingo perdieron los madrileños que viven en el centro y en las inmediaciones del Wanda. Eso sí, si para defender los derechos y las libertades te tienes que hacer una pajilla, pues te la haces y punto. Todo en el nombre del fútbol.