Esas familias en las que se dice «te quiero»

En casa no se escuchaba «te quiero» muy a menudo. Había besos y cariño, una confianza nunca rota por gritos o peleas. La definición del amor eran padre y madre en aquel coche. La mano de madre en el pelo de un padre que fumaba; padre desviando la vista de la carretera en dirección a madre. Detrás, tres testigos de una película de viejos que se quieren. La carretera al fondo. Más tarde, los hermanos comenzamos a decir «te quiero mucho» por mensaje o en privado, como si el mucho rebajara el te quiero para poder ser expresado en alto. A veces, las palabras cuentan. Otras, en cambio, poco pueden hacer frente al amor en su manifestación más íntima.

Las familias en las que se dice «te quiero» todo el rato no son necesariamente las que más se quieren. Se las ve felices por la calle, a la puerta del colegio. Hay niños, adultos, gestos y prisa, toda una vida en la que crear el ambiente propicio para que unos crezcan y otros envejezcan rápido. A pesar de los intentos aparecerán la humillación y los traumas, la certeza de que sabemos o muy poco o mucho sobre el amor sin llegar nunca a saber lo suficiente. Resulta más sencillo verbalizarlo. De esta forma se desarrolla una vulnerabilidad que cuaja en el silencio.

Decir «te quiero» implica adquirir un compromiso y no todos están preparados para asumirlo. Hay gente que da amor sin abrir la boca, gente que nombra el amor y no lo siente, gente que se llena la boca de amor y de canciones y reparte abrazos fríos. A mayor amor, más pérdida. Podría ser una razón para evitar expresarlo y solamente querer estar para la gente a la que quieres. Se puede seguir queriendo a un padre que murió hace años. Se puede odiar a alguien que te dio la vida. Me gusta escuchar esos «te quiero» en alto porque significan todo, porque no significan nada.

Ilustración: MDNF

Jajaja

Jajaja es el nuevo silencio, una forma de contestar sin contar nada. Y es que la mayor parte del tiempo no sabemos qué decir —sí, el mundo está lleno de nuestras rarezas y de gente rara—, y al utilizar el móvil para todo hay que encontrarle una representación al mutismo o la indiferencia. A veces jajaja sirve para reírnos sin que nos escuchen, otras supone el fin de una conversación que, de lo contrario, quedaria suspendida en el aire y el espacio, es decir, en la pantalla. Para ser más gráficos: jajaja equivale a mandar un corazón por Instagram. Late, te sirve para decir que estás, que te interesa una mierda todo lo que no tenga que ver contigo y a otra cosa. Jajaja, qué bonita risa tienes.

Da miedo comprobar cómo la risa se ha convertido en una palabra de una sílaba que en realidad son tres. Si uno lo piensa, callarse es muy bonito y solo podemos mejorar el silencio con una carcajada sonora, de esas que provocan agujetas y hasta alguna pérdida. Ni hasta el maquillaje debe apagar la risa, de ahí que ponerla por escrito quede cuanto menos raro. Ahora escucho la risa de mi madre, ese movimiento entre labios y arrugas y pienso en la poca justicia que le hago. Jajaja nunca será el tiempo que pasamos con los dioses, repito, nunca. Y sonrío.

Si alguien escribe jajaja siembra la duda en el ambiente. Puede que lo haga por compromiso, quizás para evitar la pena o no dejarnos mal con un mensaje leído seguido del estridular de un grillo. Después llega la certeza de que las palabras sirven para poco o para menos de lo que nos gustaría, que nos vale con reír y llorar riendo, que su fiesta es lo único que no podrán arrebatarnos de la boca. Mejor utilizar el kkkkkk del portugués, el mdr de los franceses o el wwwww de la que fue mi mujer hasta hace poco. Ni jijiji ni jujuju; morir de risa, esa es la única vida a la que aspiro.

Ilustración: Tatsuro Kiuchi

De pequeños gestos monumentales

Sacudidos por la prisa. Conscientes de ser observados y por lo tanto ciegos. Entonces algo nos detiene, es un instante. «Comienza a hacer frío por las noches, tápate». Un beso en la mejilla como demostración última del amor entre dos viejos. Todos esos gestos, pequeños, casi invisibles, están por todas partes y, sin embargo, no dejan constancia de haber sucedido. Nadie estuvo allí para grabarlos, para anotarlos en un cuaderno de bolsillo. Son ellos, en su infinita finitud, los que cuentan la historia, los que permiten que el mundo sea un lugar menos extraño.

A su lado, las ideas quedan retrasadas, aunque prometan viajes a Marte y la posibilidad de atravesar el tiempo, volver hacia delante. Están las tumbas llenas de hombres y mujeres a los que nadie viene a visitar. Ni siquiera una flor seca bajo sus nombres. Porque lo pequeño significa todo, y todo se dirige inexorablemente hacia un momento que pasa desapercibido. ¿Recuerdas cuando te cogió la mano? Después dejo de respirar. Así comenzaste a apreciar lo que sí tienes.

Son esos gestos los que prescinden de palabras. No caben. Por ellos discurre la existencia sin levantar una mota de polvo. Los sueños quedan reducidos a brisa ante una demostración de afecto silenciosa, aquella que no espera nada a cambio porque nada parece siendo lo contrario. A veces vienen de gente que nunca conociste, de la chica que espera en el semáforo, de un extraño que convirtió la pena en esperanza. De lo recóndito al interior del pecho. Y nadie pudo verlo. Nadie menos tú.

Ilustración: Guy Billout