La chica de la pierna biónica

La busco cada día entre estrépitos de pesas contra el tartán y ese olor a piscina de la piel sudada. En el gimnasio sólo hay hueco para ella, y mis pectorales, claro. Chica de treinta o alguno menos, da igual, pelo de sauce regado hasta unos hombros recios por encima del tejido Thinsulate ™. En la intersección de la camiseta sin mangas, escápula y trapecio, sus alas rojas, marcas derivadas del buen uso de los aparatos. Rutina de gladiadora, viene a eso, a enfrentarse a los leones. De ahí que cuando se gira a beber agua, mi mirada de pervertido o escritor —son sinónimos— se pierde en su culo-diamante, más redondo que la Tierra vista con un catalejo, inalcanzable. Luego está su pierna biónica, la razón por la que siento algo parecido al amor, también deseo.

Y es que observarla tiene algo de fantasía ciborg fieramente humana, como si la falta de un miembro fuera la última pieza del puzzle de esa plenitud física que anhelo. Ella no oculta su exoesqueleto de aluminio con un taco de madera en lo que sería el pie, ahora unas Nike caras. Al contrario, lo muestra con naturalidad, casi orgullo, y el resto ignora la otra pierna, trabajada, de carne y rotundo hueso y, sin embargo, lejos de la perfección de la tragedia convertida en punto de apoyo, ventrículo de la física mecánica.

Así uno olvida la separación y se concentra en los logros de la ausencia. La máscara de la chica del gimnasio es un alma al aire que nos da la pista para encontrar belleza en todas partes, también en los miembros amputados, en la vulnerabilidad como origen de todo lo visible y lo invisible. Resulta que las extremidades omitidas e incompletas son marca de la casa, incluso para los que poseen todos los órganos. ¿Defectos? Sólo la imperfección del que mira sin mirar. Y ella se aleja, inasequible, corriendo a toda hostia.

Ilustración: Guy Billout

Mi primer día de gimnasio sin mascarillas

Todo a buelto y sigue igual de raro, aunque lo recibamos con un entusiasmo de superación, virgen. Entre las novedades, el gimnasio sin mascarillas ni perímetro en las elípticas. Otro mundo de interiores, el mismo que se va ajustando con cada pedaleo y cada gota de sudor. En ese tránsito —dos años de parón activo— algo falla, como si la mitad de la cara, antes a medio tapar, se hubiese quedado atrás y el cuerpo siguiera a lo suyo, brazos para ellos, culo para ellas, físico contra el deterioro de la mente para todos. Se salvan los monitores, todavía enganchados a una mascarilla-lapa. El resto ha alcanzado la completud facial y, sin embargo, les queda una mancuerna para el kilo. Otra serie, mismos batidos asquerosos.

La mayoría pasa por alto este detalle y prefiere entrar corriendo por la puerta grande. Por fin les reconocen en la entrada. Muy bien. Es más, alguno lo celebra y se desenamora de la chica de las mallas y las pajas, antes una diosa de carne y piedra… hasta que llegó el presente. Resulta que la belleza se concentraba en unos pocos centímetros. Otros, igual de cortos, son felices y respiran fuerte en una cara más pequeña de lo normal y a la que le falta trabajo. A las 17:05 comienza la clase de zumba. Ni rastro de la rehabilitación facial y las neuronas.

Tampoco faltan los que se atragantan con el agua, los que se suenan los mocos y esas chicas que hacen un FaceTime sin caer en la cuenta de su error. ¡No, por favor! ¿Y qué decir de la hostilidad que reciben los que siguen llevando mascarilla? El asco era eso. Tan sólo los mayores pueden darse el lujo y ducharse con un neopreno de barbilla. Será porque la edad provecta trasmite más ganas de vivir a pesar de la falta de humedad. Ahora que la filosofía desaparece de las aulas podemos retomarla en el gimnasio. Así, la cara a pelo aporta intimidad, delata, prescinde de diálogos, acapara chismes y «se convierte en un pez que trepa por error al nido de un pájaro». Raro.

Ilustración: Guy Billout