Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas

Los miro con veneración. Están en los festivales y las romerías, en la primera fila de cualquier concierto. La mirada un poco ida y pegada a un punto, por allá, la cabeza fija en lo que sucede frente a ellos, la boca en movimiento, un poco a medias, abierta con retales de palabras. Cantan sin saber. Vociferan con entusiasmo gestual, como si la falta de precisión se resolviera con volumen o una mueca. Atacan tanto la estrofa como el estribillo. Dicen «Aiguur sai ah tu you» y se sienten menos solos, es más, creen en la cosa colectiva mientras inventan palabras con un milisegundo de retraso. Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas…

La cosa tiene un sesgo filosófico. Estos entusiastas —solo se crea por amor al arte— encarnan una verdad profunda: nadie entiende del todo lo que dice, incluso aquello que fue escrito en su lengua materna. Así van y vamos repitiendo frases a medias, letras prestadas, versos confusos que hacemos un poco nuestros. Vivimos tarareando y por detrás del tiempo, en camisas con estampados o en trajes de noche. Decimos «te quiero» como quien grita «take me down to the paradise city», ¿ y dónde está el amor o el paraíso? Pero lo decimos igual, porque así formamos parte de algo más grande rodeados de multitudes entre las que sentirnos menos solos.

Vuelvo a sus bocas. En el fondo, creo que lanzan mensajes en braile sobre el aire, que necesitan ayuda o que no necesitan aprenderse algo de memoria, solamente intuir los versos de la canción más bonita del mundo: la suya. Nos construimos con fallos, por eso cantan las letras de las canciones sin sabérselas, aúllan sin ruido lejos de la sonrisa que me sacan. El enigma nunca será resuelto; la gracia consiste en ir dándonos cuenta de todos los errores que comentemos al intentar resolverlo. Por eso existe esa gente, para mantener viva la música, para mantenernos vivos.

Ilustración: Simon Bailly

¿Es el reguetón basura sonora?

El debate sobre el reguetón ha conseguido desplazar al fin del mundo, y más aún cuando Santiago Auserón comparte sus doctas palabras en El País. Y es que lo que parecía una broma, líquido preseminal del dembow y el reggae, ha cumplido treinta años y una década de dominación mundial. Por primera vez en la historia del negocio de la música confluyen en un solo género lo más comercial y lo más popular, dejando al rock—por enésima vez—, la EDM e incluso el rap en el banquillo. Será porque en canciones como «Despacito«, «Hasta el amanecer» y «Yo perreo sola» quedan reflejadas algunas de las obsesiones del humano con pocas canas: inmediatez, el baile como Alfa y Omega y la imperiosa necesidad de oír en lugar de escuchar, dos verbos utilizados indistintamente, quizás por conveniencia, quizás porque el segundo implica hacer una sola cosa y solo una.

Cuando el negocio, y en ese sentido el reguetón es su rama más lucrativa, domina la música ésta pierde su consideración más abstracta, se convierte en cadena de montaje sin Berry Gordy al mando, lo que por otro lado tampoco descarta la posibilidad de hacer grandes canciones con la caja registradora a mano. ¿Os suena Michael Jackson o Whitney Houston? Entonces, si no son sus letras —igual de machistas que las de Guns and Roses o Mötley Crue—, ni su homogeneidad rítmica o armónica —las canciones de David Guetta incluyen cuatro acordes y una chupadita de M por tema—, ni el acceso masivo a contenidos de todo tipo, ¿por qué los viejos lo consideran basura sonora?

La cuestión generacional y el rechazo a lo fresco pueden explicarlo en parte. Sin embargo, y dejando de lado los gustos de cada uno, la respuesta queda en manos de la posteridad. Más que nada porque con toda certeza, el sucesor del reguetón será una variante pobre, otro error de lo que hoy en día tiene la consideración de horror. Bad Bunny, J Balvin y Maluma han obtenido muchos tintes de pelo y reconocimiento siendo jóvenes, sin embargo, su impacto cultural sólo puede ser valorado a largo plazo. Es ahí donde un creador obtiene la verdadera medida del éxito. Como dice el maestro Barenboim «la música no es una profesión, es una forma de vida» y a veces, entre la basura crecen flores.

Ilustración: martinkrusche.de