MADRES

Observo a las madres cargando con los hijos a la espalda y aspecto de haber dormido poco. La maternidad trae un amor indescriptible lleno de miedo. Observo a las madres hablar con otras madres de sus hijos, de cómo crecen y pasa el tiempo peor en ellas porque los niños lo devoran todo. Las madres, cuando se quejan, se parecen a sus hijos, se caen, se levantan y siguen caminando. ¿En qué momento las madres dejaron de ser mujeres para ser solamente madres? Padre tuvo que morirse para que madre se revelara entera, como si hubiera estado enterrada en tardes de domingo y crucigramas. Todo cambia, sí. Menos las madres.

Observo a madre por el agujero del teléfono. Su voz se ha aligerado en estos años, recuerda a la de su madre, mi abuela, pero madre no tiene vergüenza en admitir que le duele la espalda y duerme regular. Quizás el secreto de una madre se encuentra en el silencio, en querer a sus hijos gilipollas y seguir dándoles las vueltas de la compra a pesar de ser mayores. Observo a madre cuando le hablo de mi vida y parece interesarle. Será porque madre cree en mí y yo en ella y compartimos una paciencia cada vez más frágil y una sonrisa triste. Amor sin ley ni piedad el de las madres. Amor supremo el que siente cada hijo por su madre.

Pienso en la vida a la que renuncian las madres con hijos: viajar, follar, vivir en París o Roma, acostarse y desayunar tarde, bailar lento, pasar tiempo a solas, trabajar, pensar en ellas, vestir bien. Al hacerlo, me doy cuenta de que muchas madres no renuncian a nada por ser madres, que viven la vida que quieren a pesar del trabajo, las obligaciones… y los hijos. Los hijos no renuncian a nada por ser hijos, ni siquiera los que se consideran buenos hijos. Los malos hijos nunca piensan en sus madres. Vuelvo a la mía. La llamo. Está en una manifestación por las mujeres. Al colgar, caigo en la cuenta de lo poco que la veo, de lo mucho que la quiero.

Las herencias

La tía murió y sus sobrinos la despedimos sin saber qué hubiese pensado al vernos frente a su ataúd. Cuando estaba viva, la visitamos menos de lo que se merecía. Ella, en cambio, estuvo siempre al otro lado, nos contagió su amor por el cine y la necesidad de leer para ser personas dignas. Dejó unos cientos de euros y muchos libros que valen menos que su recuerdo lleno de sonrisas y cigarrillos mentolados. Yo me encargué de repartir el dinero a partes iguales. Pensé en quedármelo y malgastarlo en un fin de semana. Fue un pensamiento que desapareció tan pronto como vino. En ese momento, delante del ordenador, me di cuenta de que las herencias, cualquier herencia, son un regalo envenenado.

Y no me refiero solamente a una casa a dividir entre hermanos, a coches nuevos o viejas motos, a cuentas corrientes y manuscritos sin publicar. Hay herencias peores: la alopecia, una nariz que crece y crece, el cáncer que se transmite de generación en generación o ciertas facciones de la cara. En cambio, el talento no parece hereditario, tampoco la bondad o las ganas de vivir sabiendo que, tarde o temprano, esto se acaba. Heredamos lo que deseamos, también lo innecesario. De alguna manera, mi tía habita en mí. Puedo sentirlo al verla en las fotografías. Los ojos nunca mienten. Quizás sí lo haga el corazón.

Me pregunto qué tipo de herencia dejaré delante (es evidente que detrás no dejo nada). Me gustaría que la gente al recordarme (un instante) pensara en canciones o en palabras, en una lista de metáforas absurdas y mi empeño por portarme bien con los demás sin conseguirlo del todo. No puedo legar mi cuerpo a la ciencia porque es demasiado pequeño, quizás por mi mano izquierda me darían algo. Lo mejor de mí fue lo mejor de la tía, todo alas, ni una sola raíz. Ninguno de los dos fuimos ejemplo de nada para nadie. Dejamos la ternura en vuestras manos, toda la esperanza en un mundo flotante.

Ilustración: Hasui Kawase

De la confianza

Confiar implica asumir riesgos. Siempre. Confiar en tu pareja, garantizar la buena vida de un hijo o una planta, encomendarse al Domo de Hierro. Nada de eso existiría sin la presencia de amenazas, a veces externas, a veces procedentes del centro de uno mismo. Confiamos en un presente que no es nada más tarde, que será migas sobre la mesa y un poco brisa. ¿Cómo protegerse otorgándole un poder al otro? A confiar se aprende confiando, asumiendo una deuda que nunca debe de ser saldada. De lo contrario, la confianza se confunde con el interés. Nada que ver con interesarse por la persona a la que nos confiamos.

Padre y madre fueron los primeros que confiaron en nosotros. Así crecimos, creyendo en su amor sin límites y la posibilidad de hacerlos sonreír volviendo a casa. Padre y madre, cuando mueren, son los primeros en traicionarnos de verdad. El resto de traiciones pueden doler igual al principio, pero no resisten el paso del tiempo. Fue tal la confianza depositada en ellos que perderlos implica dejar de confiar en uno mismo, caer, equivocarse en el buen sentido de la palabra.

Algunos confiamos en la gente como confiamos en algunas canciones. Se trata de crear un espacio sólido y al mismo tiempo frágil e invisible, un espacio en el que todo cabe, la muerte o la pérdida, también las flores y dormir a su espalda. Con los ojos cerrados también pueden hacernos daño, sin embargo, decidimos abrirlos para honrar el riesgo de vivir como una vez imaginamos. Confiar en alguien desnudo que nos ofrece una camisa… Solo podremos hacerlo conscientes de que, en cualquier momento, el frío llega. Y confiamos sabiendo que, hoy, ahora, nos quieren.

Ilustración: https://www.viviangreven.de/

La primera vez que tus padres se miraron

Nos empeñamos en conocer a nuestros padres cuando ya están muertos. Antes, el parto, los paseos de la mano, un viaje en coche, las comidas con mantel y migas. Después, la primera vez que les negamos un beso a la puerta de la escuela, el primer «te odio». Durante la infancia conocemos a los padres como padres, figuras que, en el mejor de los casos, están a un golpe de vista, en otro barrio, separados por una ciudad a cientos de kilómetros. Su ausencia permanente implica una herida. Su pérdida implica otra, quizás menos profunda, más limpia. Cuestión de orden y de afectos. Nunca conoceremos del todo a nuestros padres. Muchos de los que los que creen conocerlos bien ignoran la primera vez que padre y madre se miraron.

Los padres que quieren mucho a sus hijos también pensaron en abandonarlos. Fue un pensamiento fugaz, una salida hacia otros mundos. Muchas tardes llegaban a casa buscando paz. En cambio, había ruido, voces de niños por el suelo, juguetes fuera de sus cajas. Hay que ser muy buen padre para conocer a sus hijos y quererlos sabiendo que muchos de ellos serán unos futuros gilipollas. El amor ignora los detalles. Yo siempre miré a los míos sintiéndome querido. Les echo en cara que me dejaran a mi aire. Es la forma en la que los hijos no asumimos responsabilidades. Resulta más fácil señalarlos que considerarnos hijos imperfectos. Recordad esa salida hacia otros mundos…

Como hijos, nunca podremos ver la primera vez que padre y madre se miraron. Madre estaba en una feria. No era madre, tan solo una niña. Padre estaba frente a ella. No era padre, fue un hombre bueno de ojos verdes. Madre mordía una manzana de caramelo. Padre sonreía. La noria daba vueltas a su espalda. El mundo giraba en otra parte. Madre le tendió la manzana a padre. Padre siempre fue más de chocolate. No volvieron a verse hasta años después. Décadas más tarde, yo entendí que vengo de una feria en la que nunca estuve. Eso son padre y madre, una mirada cotidiana que cambió todo para siempre, latido en la distancia, vida a buen recaudo. Preguntadles a los vuestros antes de que sea demasiado tarde.

Ilustración: David Shrigley

Solamente las madres saben llamar para decir que fue maravilloso

Hay tantas madres como hijos. Ellas se parecen entre sí, comparten costumbres, reflejos de madres con hijos cada vez más viejos. Porque los hijos tienen vidas y sus madres viven las vidas de sus hijos, como si engendrarlos fuera la única razón (hay alguna más) para seguir viviendo. Mientras, los días se suceden de mejor o peor manera. Las madres siempre guapas, los hijos un poco peor, el tiempo en medio. Hay algo que permanece inalterable, una especie de hilo invisible entre madres cercanas e hijos a otra cosa: la madre llama al hijo para contarle que fue un día maravilloso, el sol le calentaba el rostro, la tarde se disolvió allá a lo lejos. Solamente las madres saben llamar de esa manera.

En realidad, no hay días ni buenos ni malos. Los días se suceden. Para unos son jodidos, para otras una postal inolvidable. Las madres, quizás por entender el origen de la vida como pérdida, capturan en su voz detalles ocres, a veces invisibles. Puede que las madres tengan acceso a algo que a los hijos se nos escapa, una manera de mirar las cosas como madres. Pienso en los huérfanos. Quizás lo sean por estar un poco solos, también por desconocer un mundo que parece más bonito, menos cruel con una madre hablando al otro lado del teléfono.

Después, los hijos cuelgan. Las madres repiten ese gesto de forma involuntaria. Seguirían un rato charlando. Y es que el cielo contenía un aire que era nada o casi nada, la vida volaba por el aire y los tomates no sabían a agua, sino a tomate. Lo pasaron tan bien… Los hijos escuchan el eco de un eco e ignoran la importancia de estas cosas. Los hijos somos desagradecidos por naturaleza; las madres agradecen cualquier rato. Me he propuesto llamar a madre para contarle que fue un día maravilloso, que la vida es mejor si ella está en ella. Puede que sepamos llamar de otra manera. A eso tenemos que aspirar mientras seamos hijos.

Ilustración: David Shrigley

Conocer a una madre

Desde aquel primer grito se crea un vínculo eterno con la madre. Ella representa la supervivencia del hijo, un lecho, el amor como comida. Pasan los años y el mundo cambia, también las tallas, y ella, en cambio, permanece suspendia en ámbar, quizás más cansada, igual de guapa, madre siempre madre. Ni los amigos del hijo pueden empequeñecer aquella figura en el sillón, su sonrisa al verle, esa tristeza antigua al despedirse. Una mañana, la madre se queda sola. La puerta de casa encierra un mundo que se acaba. Y casi nadie cae en la cuenta de que las madres, todas las madres, son las grandes desconocidas de las estaciones.

La madre estuvo tan pendiente de ser madre que olvidó la mujer en toda ella. Había tareas, poco tiempo en el espejo, ansia por hacerlo bien. Los hijos querían salir, librarse de su mirada tierna. ¡Ya somos mayorcitos! La prisa impidió preguntar a la madre por sus aspiraciones, aquellas que van más allá de formar una familia. A pesar de la creencia, no todo empieza y acaba en los hijos y, aunque así sea, hay otra madre, anhelos, otros novios, vida hundida que debe regresar a la superficie para completar la nuestra.

Porque los hijos creen conocer a sus madres, pero sólo saben una parte. Ayer, frente a una ventana llena de hortensias y alteas, la madre le contó al hijo cómo conoció al padre. Fue en una feria, entre coches de choque y niños con costras en las rodillas. La madre, entonces niña, mordía una manzana de caramelo. El padre la miró con sus ojos verdes de adolescencia y pelo largo. ¿Quieres?, dijo ella. El padre nunca contestó. Se limitó a sonreír. Y el hijo, de pronto, volvió a nacer antes del primer grito, antes del amor después del amor que nunca acaba.

Ilustración: Geoff Mcfetridge

Los hijos

Los hijos lo cambian todo. Lo veo en mis amigos, en su forma de moverse más cansada. Los hijos les trajeron una razón para estar vivos. En cambio, los que no tenemos hijos tenemos a los muertos. Me gusta ver a gente con hijos porque parecen otros, como si ser padre, madre o ambos fuera la única razón para levantarse por la noche, probar purés, limpiar cacas ajenas, dar paseos por el parque y volver a la rutina de ser padres. Los hijos detuvieron un tiempo que se acaba pronto, que pasó deprisa, cucharada a cucharada. Qué extraño ese cambio visto desde fuera, qué fuera estamos de ese mundo los que no tenemos hijos.

Luego, los hijos, buenos o malos, acaban odiando a padres malos, buenos, simplemente padres, que hicieron lo que no sabían hacer como pudieron. Los padres miran a sus hijos de la misma forma, también a los hijos de puta, pueden perdonarles cualquier cosa menos su muerte. Los hijos, en cambio, toman partido por la madre o por el padre, eligen bandos que, en realidad son uno. Tan parecidos, tan iguales. La madre da a luz una luz extraña porque calienta dentro. El hijo enterrará a la madre, al padre, y hará frío. Brazos de ternura, tiempo, amor supremo, los hijos son los padres, los padres son los hijos que no duermen.

Una vez me vi tener un hijo. Caminaba conmigo de la mano en una calle en cuesta. Al fondo, las copas de los árboles y el viento. Ese sueño fue el pensamiento de un hombre que es hijo, que tiene amigos padres y un padre que murió incumpliendo la promesa de no hacerlo. A madre la miro y veo a una mujer con hijos que no tuvieron hijos. Regreso. La madre, el padre, los padres hablan del futuro del niño, cuidan de un presente pasado en los vídeos y las fotos. El niño llora, ríe, llora, mejora los días de unos padres hartos de ser agradecidos padres. Los miro y me pregunto qué ha pasado. Solo espero que sus hijos perdonen a los padres como yo lo hago, como si todo fuera un sueño dentro de mis párpados.

Ilustración: Toku Bannai

Hablar con una madre

Todas las madres se parecen. Todos los hijos son iguales. Solo hace falta detener el tiempo, mirar con calma lo sucedido cuando no dormíamos. Ellas viejas, guapas, nosotros aspirando a ser más jóvenes. Entre medias, esta vida nuestra. Y es que mucho ha cambiado el mundo desde que las madres nos repetían aquello de «bébete el zumo que se le van las vitaminas» o «¿voy yo y lo encuentro?». Quizás todo sigue igual porque es distinto. Madres cada vez más mujeres. Nosotros, hijos, queriendo parecernos más a ellas.

Amar implica querer bien. Y sobre todo comprender. A la comprensión se llega con palabras y paciencia. Por esa razón me cuesta hablar con madre por teléfono. Prefiero sentarme en la cocina de su casa, que madre prepare té y así, los dos, bajo una luz de arena, hablemos para vernos. Madre ha perdido la paciencia que conservo; yo nunca tendré esa mirada verde. Madre decora las paredes, mantiene las ganas y se ríe de las cosas que le importan a los otros. Por esa razón tiene que ser mi madre.

Cuando hablas con una madre te das cuenta de lo poco que pudiste conocerla. El trabajo de madre ocultó sus dolores y sus lágrimas, también sus deseos. Puede que se queje de la espalda, pero se reserva la parte buena para el hijo. El hijo casi nunca tiene tiempo o le echa en cara la libertad recibida siendo niño. Madre siempre está, aunque es probable que quisiera irse muy lejos, vivir otros futuros y no este. No pudo y no supo. Las madres enseñaron a las sombras la fidelidad. Cuando hables con tu madre, pregúntale cómo está. Siempre mienten. Cosas del amor que nunca muere, de ese amor de madre siempre.

Ilustración: Taku Bannai

Madres

Solo cuando padre murió pude conocer a madre. Durante años la observé de lejos a pesar de su cercanía de leche con galletas. Madre de tonos pastel y acuarela, madre a la sombra de un padre inalcanzable. Como siempre ocurre, un corazón se detiene y dos desaparecen. Game over. Ya no hay padres. El que sobrevive pierde casi todo y se revela. Madre sigue siendo esa niña rubia de ojos verdes a mis ojos, aunque cada vez es más mujer que madre. Lo noto en su voz al otro lado, en los dolores que se empeña en esconder, en el hecho irreparable de un hijo un poco triste. Padre tuvo que morir para que yo pudiera verla bien. Recordadlo, hijos: las madres no solo son madres.

Las madres parecen que siempre estarán ahí. Por esa razón muchos hijos no quieren cogerles el teléfono o cortan las conversaciones con un «luego te llamo». Es más, muchos las evitan porque son pesadas o están tristes o les sobra comida en un congelador abarrotado. Pues bien, madre, la mía, vive como una adolescente que escapa de la soledad y soy yo el viejo que no quiere molestarla. Cierto, la edad de las madres va en su contra, también en la nuestra, de ahí la importancia de decirlo: «Madre, estoy bien. Y sí, quiero irme a Japón, pero estoy bien».

La distancia del paso del tiempo es más fuerte que la distancia geográfica. Algunas hijas se transforman en madres, las madres en abuelas, todo va alejándose. Por esa razón me gusta ver a madre con rasgos de mujer independiente, con sus necesidades cubiertas y su miedos intactos, con la certidumbre de estar sola porque los hombres son unos muertos de hambre. Madre ha perdido la paciencia y eso la humaniza. A veces tengo la sensación de asistir a un milagro, el del amor que nunca se destruye. Por eso quería escribirlo en alto, porque late en todos y cada uno de nosotros hijos. Gracias, madre. Tú solo preocúpate de seguir estando viva.

Ilustración: Guy Billout

No siempre puedes conseguir lo que quieres

De pronto, el mundo se detuvo y con él todas las aspiraciones de sus sorprendidos habitantes. Los niños dejaron de querer ser futbolistas conformándose con salir un rato a la calle; los padres vieron sus opciones esfumarse, el nuevo restaurante, el viaje siempre postergado; y los mayores, como siempre, recibieron el golpe de gracia en el cuarto bien ventilado de la residencia. No lo soñamos. Simplemente la nieve ardió. Tampoco es que cambiara nada. Eso sí, por fin tu vecino es consciente de «que no siempre puedes conseguir lo que quieres».

Cada día se muere un sueño. Unas veces porque el talento no es suficiente para colmar unos objetivos poco realistas. Otras porque, a pesar de seguir a rajatabla los libros de autoayuda y las frases «aspiracionales» del gimnasio, faltó ese punto de cruz entre preparación y oportunidad. Pero existe un grupo encarnado por una señora con cara de cigüeña militante en un partido de derechas que rompe este maniqueísmo.

Ella y otros como ella consideran que el horror es el caldo de cultivo ideal para obtener aquello que tanto ansían mantener. Y es en ese momento cuando llega el final del estribillo, aquel «pero si lo intentas a veces, bueno, puedes conseguir lo que necesitas». Ahí reside el problema de esta gente, en confundir necesidad y privilegios. Por eso apelan al pasado cuando el presente solo es ruina, para mantener su derecho a soñar con los ojos abiertos mientras el resto no logra dormir la puta siesta.

Ilustración: https://tylerspangler.com/