Sobre Pedro Pascal

Pedro Pascal no es un guapo de algoritmo, pero eso, precisamente, lo convierte en ardor y sudores fríos. Hay algo en su cara —mezcla de ternura madrugadora y niño con complejos— que apela directamente a lo que muchos llevan buscando muchas generaciones: un ser humano que ha vivido, triunfado y por lo tanto perdido, que llora viendo películas de Ghibli y seguirá acogiendo gatitos en su loft de Nueva York. Pedro representa esa belleza que nunca levanta la voz, sino que susurra al insomne: «duerme en mi regazo». Por esa razón, cuida mejor que nadie a Baby Yoda y a Ellie, se conserva en un cruce distópico entre paternidad, deber y ternura de otra galaxia.

Pascal (de lejos un poco Coque Malla) ha optado por el gesto más revolucionario: esconder su belleza tras la moda. Puede ser gay, hetero, bi, pan o simplemente Pedro. Su forma de amar a los amigos, a su hermana, a sus personajes, al público queer es expansiva, sin etiquetas ni necesidad de confirmación. Y así, sin pretenderlo, se ha convertido en el yerno de todas, el amante perfecto con y sin ropa, el marido servicial o el compañero que se queda después de la fiesta para ayudarte a fregar mientras pone una lista de bossa nova en el móvil.

En tiempos donde la masculinidad se rehace a golpes de terapia, PP encarna al hombre de siempre, sensible, tierno y firme (¡oh, sorpresa!), solidario y solitario, comprometido sin aspavientos, disponible de lunes a viernes (hasta las 24;00), ese humano que prescinde de bíceps para convencerte de que todo irá bien. Le basta con una mirada caída o unas gafas, una voz que lee la lista de la compra haciéndola sonar a una declaración de amor. Así, un actor efectivo pasa del anonimato al objeto, del objeto a una forma posible, húmeda y muuuuuy deseable de ser hombre en el siglo XXI.

La felicidad futbolística

La felicidad futbolística se dibuja en la cara de los adultos. Miran a cámara como si fueran simios, más niños, encierran en sus ojos una lágrima. Los niños, en cambio, recuerdan a los mayores, copian sus gestos de cantos y brazos en el aire. Yo los miro a todos sin saber muy bien qué sienten. ¿Cómo es posible que un juego pueda convertir una ciudad en una fiesta? Hay otras aficiones, la música y el arte, ir de pesca, pero ninguna posee el ímpetu del fútbol, las ganas de ganar una y mil veces. El deporte como forma de elevación máxima, la certidumbre de que jamás podremos correr como un futbolista cobra y gana.

Carmen, la abuela de mi amigo Luis, sentía esa felicidad cada domingo, porque raro es el domingo que el Real Madrid pierda. Se sentaba delante de la televisión, subía el volumen y retransmitía el partido a su manera. Con los goles de su equipo, la abuela Carmen iba transformándose. De pronto, ya no era vieja, solo una hincha, sus huesudas manos paraban los intentos de gol de los rivales. A veces, 90 minutos dan para aburrirse, también para cambiar el mundo.

Hay muchos adultos que asocian su felicidad a una tarde en el campo. Cuando el árbitro declara el final del partido, la realidad se rompe, todo cuesta: abandonar el estadio por los vomitorios, coger un taxi, regresar a casa en una nube y darse cuenta de que, mañana, el partido se juega en el trabajo. Esos adultos recurren a un momento que ni siquiera les pertenece, que sucedió ante sus ojos prescindiendo de su ayuda y sus insultos. Quizás ese momento feliz no sea la felicidad bien entendida, quizás solamente implique un poco menos de dolor. Y a eso hay que aferrarse siempre.

Ilustración: David Shrigley

El bigote

El bigote ha regresado, como una ola sin Rocío. En realidad, nunca se fue. Simplemente ahora, después de las axilas y las ingles pobladas, se impone como parte del desfile con una particularidad: todos los bigotes son el mismo. Da igual que unos sean hirsutos o de lápiz, a ras del labio o a modo de cinta adhesiva. ¿Por qué?, se preguntan los escépticos. Porque este accesorio recupera las caras de los otros: ese padre de joven posando con su Vespa, el abuelo en la cama, el tío que te daba tanto asco…, de ahí el atractivo. Te levantas triste, tienes sueño. Pues bien, piensa en un bebé con un bigote y todo cambia. El mundo necesita más bigotes, menos chándales. Dan vidilla a las puertas de un colegio y en las cárceles. Mi bigote me define. «Este es idiota». Y tienen razón, vaya si la tienen.

Desde que me lo dejé mi vida cambió para peor. Ahora no tengo que hacer cola en la sauna y, de vez en cuando, algunas mujeres agarran firmemente el bolso al cruzarse conmigo por la calle. Entonces me lo toco para ver si hay un churrete, pero nada. El bigote fue un símbolo de hombría en su momento, otorgaba clase y una autoridad capilar mal entendida. El bigote de la posmodernidad convierte a cualquier gañán en un gañán con bigote, aporta ese punto tan original que te convierte en un aprendiz de Mercury o Aznar. «¡Super López!». me gritó un borracho en San Bernardo. Debería haber gritado Frida o anticonceptivo.

Algo tiene el bigote que agita las conciencias. Se lo escuché a un grupo de chicas. Bebían cerveza y una de ellas dijo: «el pibe tenía un bigote de violador que le ponía como loca». Seguí andando mientras tapaba mi bigote con la malo mala. A día de hoy puedo asegurar que aquellos que llevan bigote no tienen ni idea de lo que son ni de lo que quieren ser, que lo que tienen en la cara no es suficiente para ser ellos mismos. Sin embargo, el bigote acompaña como el pan o una pistola en el bolsillo. Dadle tiempo, osad, divertíos y contadme lo ridículas que os veis al afeitaros. Hair power.

Ilustración: David Shrigley

No lo viste venir

Creías conocerle de memoria. Recorriste tantas veces su perfil, reíais juntos sin apenas intentarlo. Él sacaba la basura de tu mente. Sabías cuando había tenido un día malo, a veces sin hablar siquiera, a veces con gestos invisibles. Pensarle implicaba conocerte un poco, estar segura de que ya nunca estarías sola, perder el equilibrio sabiendo que, al levantar la mirada, te encontrarías con sus ojos, con una mano dispuesta, con una mano pequeña y firme, con una mano que no era una mano, sino la certeza de que los placeres sencillos son los únicos que dejan huella. Pudiste ver vuestro futuro juntos, un destello de domingo, una estrella que se va muriendo poco a poco y nunca. Lo que sucedió nadie lo vio venir. Y eso no te lo perdonas.

Porque el día que te dijo que ya no te quería pensaste que se trataba de una broma. Si todo estaba bien, ¿cómo era posible que todo terminara? Te miró como se deshace el hielo, mirando a través de tu cuerpo de sombra, de la misma forma que miramos el pasado. Pero tú estabas ahí, estabas viva y sentías tantas cosas que eras incapaz de sentir nada. «Así que el problema era yo», pensaste. Qué difícil es darse cuenta de que uno es obstáculo, qué cosa más triste es encarnar la vida como objeto, un cenicero azul, un diario sin hojas. Nos han utilizado, fuimos consumidos, creíamos que sería para siempre. Y se ha acabado.

¿Qué hacemos con el tiempo que no vemos? Llorarlo, escribirlo hasta convertir la pena en ficción, ir a terapia, alejarse del vino de oferta, ir al mar, planear ese viaje que nunca haremos. El problema es perdonarse por estar tan ciegos, dejar de ser esclavos de nosotros. El otro ha desaparecido y tú tienes que aparecer cada mañana en el trabajo, en la vida en el mal sentido de la palabra. Primero pides permiso para entrar, después te compadeces, culpas a la lluvia por aparecer de pronto, meces la vergüenza y caes en el miedo de ser tú. Puedes pintar un ojo sobre el párpado, de verdad se puede. Despacio. Primero al carboncillo, luego de colores. Un ojo primero, luego dos. Sin quererlo, queriéndote, te terminas perdonando. Y cuesta tanto…

Ilustración: David Shrigley

De la inutilidad de los hombres

El cine como revelación. Parece que necesitemos mirar una pantalla para ver la realidad. Toda la vida entre hombres, hombres cargando con el peso del mundo, hombres que hablan alto, hombres que se cagan en Dios, hombres y más hombres. Pues bien, en «Cinco lobitos», lejos de Madrid y más cerca del mar, sin juicios ni señalamientos, se obra un milagro cotidiano: los hombres, en general, son unos inútiles.

Entiéndase inutilidad como cualidad de lo inútil, talento para parecer un mueble dentro de casa. Porque los hombres han dado forma a un mundo parido por mujeres, una obviedad que muchos olvidan. Ellas, jóvenes y viejas, preparan la comida y dan de mamar, tejen vínculos, asumen la pérdida de sus carreras en un gesto de amor tan fiero como humano. Por supuesto, se trata de una decisión consciente. Quizás, por esa razón, ellos prefieren ausentarse. Las tareas nunca tuvieron género. Y, sin embargo, lo tienen.

Hay hombres que colaboran, aunque lo intentan menos. Se retratan al caminar alrededor del parque empujando el carrito con desgana. Al llegar a casa, entregan el paquete sabiendo que hay una madre agotada al otro lado. Los niños están hartos de explicarles las cosas a los hombres. Por eso lloran. Todavía hay hombres que no son padres a pesar de tener hijos y, algún día, habrá madres con la ayuda de hombres llamados padres. Entonces, una película tan maravillosa ya no será tan necesaria.

Esos hombres que lo explican todo

El amor siempre sirvió para entender este y cualquier otro mundo. En cambio, son hombres los que se empeñan en explicar cosas, todo el tiempo, también cuando nadie les pide que lo hagan. No pueden evitarlo. Ellos, señores todos, preguntan sabiendo la respuesta, como si el uso de interrogativas en su boca fuese la excusa para demostrar lo que dominan y saben de memoria. A fin de cuentas, este es un mundo de hombres que lo explican todo. Y así va.

Porque a esos hombres que lo explican todo les cuesta reconocer, primero, que sus explicaciones no hacen falta. Segundo, y en otro rango, que lo que le importa a la mayoría —más allá de tendencias y afters— está sujeto a la ley del orden y el desorden. Entonces, bajo una luz como pintada, siempre aparece un tío con jersey de cuello alto que pretende darle sentido a la existencia. Él sabe de esto, mucho, pero mucho se equivoca el que cree que las palabras sirven para algo. Quizás para decorar la noche con estrellas.

Hay menos mujeres que lo explican todo. O al menos son discretas en su intento de demostrar nuestra falta de adaptación al medio. Puede que sea un problema espacial, puede ser por culpa de los hombres. Decía un pintor con bigote que «el trabajo de un hombre es la explicación del hombre», una frase certera y también triste. En 2023 parece preferible una mala explicación que no dar ninguna, lo que nos induce a un error de género. Entonces regresa el amor para salvar el mundo. Lo hace siempre, con un silencio que lo explica todo.

Ilustración: Alex Colville

Irse de putas

Hay en la expresión «irse de putas» el eco de una tristeza, como si ese verbo de hombres no fuera más que la medida de su anhelo. Tras la preposición y tres pasos por detrás, mujeres de pupilas bajo una bombilla, pomada de palabras por dinero. ¿A dónde van los tíos cuando pagan? Lo más lejos posible, de ellos y su vida, claro, casi siempre al lado de casa y en manada, particular manera de repartir culpas o hacer biografía de duchas, condones y jabón de manos. Luego está el cliente habitual, nunca putero de tabique para adentro, convencido de que no hace daño a nadie, digno. Se limita a descargar en un reservorio de piel sin estatuto, cuerpo que se emplea. La esclavitud como forma de libertad sin cargos de conciencia era eso.

Prostitución, extraño maquillaje. Quizás la fidelidad tenga sentido en su intercambio. Porque el hombre vuelve. La puta mira con ojos de otra parte, por eso cobra lo que corresponde. A cambio, otro nombre escrito en otra almohada. Carne sin labios de por medio. Después la charla para encontrar el calcetín y las razones que la llevaron a ensuciar sábanas por horas en compañía de extraños. Con una puta el presente se deshace, sucede igual con los amantes. Mientras, el futuro abre un sueño de semen encharcado.

Estuve con dos. Fueron noches de ángulo muerto que aún me asaltan. Siempre culpé a los amigos. Yo no quería. Y no querer implica hacerlo. ¿Qué cambia en nosotros el sexo de pago? Extraña transición hacia la hombría. La primera vez, al terminar, hablé con ella. Recuerdo su olor a droguería. Me besó antes de cerrar la puerta. La segunda fue mi gran derrota. Nunca más volveré a hacerlo. Hay demasiada pena involucrada, demasiadas raíces en el fondo de una cama, de una luna.

Ilustración: Guy Billout