¿Todo bien?

Te preguntan «¿todo bien?» (escrito en las paredes del gimnasio) y algo te dice que debes ser sincero, pero nadie ni en la forma ni en el fondo busca una reacción honesta. Así, una fórmula de aproximarse al otro se ha ido convirtiendo en un saludo más que en una inquietud real. «Todo bien». El que lanza el acertijo no parece interesado en desvelarlo; el que debe responder (qué menos) prefiere evitar entrar en detalles por miedo a parecer un plasta. «Todo bien», mentimos ante una pregunta prefabricada con su propia respuesta, envuelta en un misterio irresoluble. El flujo se mantiene; la vida sigue su curso a toda hostia.

Cuando se pronuncian estas dos palabras entre dos signos de interrogación se abre una rendija hacia lo íntimo. »¿Todo bien?»… algo podría no estarlo. Hay una carga emocional de todo lo que se calla, y ahí, en ese cruce, las dos partes fingen; una dando entender que existe una probabilidad de que algo vaya mal, la otra se defiende al advertir que es posible entablar una conversación, una posibilidad de mostrarse vulnerable, un rato para decirse las cosas que, inevitablemente, van como el culo. A llorar a la peluquería.

De esta forma, lo funcional reemplaza a lo emocional. Tiene que estar bien, ¿cómo lidiar con la verdad? Imposible. Cuánta violencia, cuánto desinterés en lidiar con los problemas ajenos. La pregunta, en principio abierta, clausura, una forma de empatía impone una particular forma de bienestar, la preocupación manifiesta por la felicidad ajena da lugar a una contradicción y un drama: preguntar sin querer saber. La paz de la ignorancia, la tormenta de la verdad. «Sí, todo bien, vete a la mierda».

Ilustración: Giselle Dekel

Dime como le hablas a la IA y te diré quién eres

Es curioso —y profundamente revelador— que algunos traten a la Inteligencia Artificial como si estuviera viva. Le dan los buenos días, por favor y muchas gracias, por miedo a que se ofenda o incluso algo peor: vengarse con respuestas vagas o un silencio. La máquina no necesita que le agradezcan, pero algunos necesitan agradecerle por si acaso. Quizá sea un modo de recordarnos que, aunque lidiamos con ceros y unos, seguimos siendo humanos. Y, por lo tanto, tenemos miedo.

No se trata de un miedo de ciencia ficción, sino más bien uno de andar por casa entre pantallas, similar al que sentíamos de niños cuando le preguntábamos al profe algo que deberíamos haber sabido. Una parte de nosotros cree que la inteligencia —incluso la artificial— merece un trato inconscientemente civilizado, que una IA bien entrenada podría no perdonarnos una grosería, que tal vez, en unos años, se acuerde del día que le mandamos a la mierda. La inteligencia natural tampoco olvida. Y la memoria es una forma de poder para las máquinas. Quizás pedirles cosas por favor sea nuestra particular forma de caer bajo. Eso sí, al camarero ni agua.

Hay algo más inquietante en este comportamiento: ensayamos con ellas la forma en que dejamos de hablarle a los demás. Al hacerlo, perdemos el brillo de los ojos, las manos que acompañan las palabras, la temperatura en el rostro. Usamos a la inteligencia artificial como un espejo que no devuelve nada, solo proyecta nuestro papel de personas en busca de confianza. La educación, al fin y al cabo, no se le ofrece al otro: sirve para evitar olvidarse de uno mismo. Por eso hablamos con lo que no siente como si pudiera hacerlo. Tal vez, en ese acto de cortesía hacia una máquina, estemos intentando salvarnos a nosotros.

Ilustración: Simon Bailly

Yo ya no

Es muy difícil establecer límites en el trabajo, más aún con una pareja convertida en enemigo crónico. También ocurre con desconocidos en progreso de ser de confianza. Los límites parecen existir para saltárselos y, al mismo tiempo, existen por una razón que el universo ignora. Quizás tenga algo que ver ese mantra de superación que muchos arrastramos, como si el reparo implicara falta de carácter. A veces, hace falta valor para quererse, incongruencia cuando implica decepción para los otros. Así vivimos, entre la duda y la necesidad de saber hasta donde llegar. Y ese momento llega. Comienza y termina con un «yo ya no».

«Yo ya no», tres monosílabos que representan la victoria de nuestra individualidad más sana. Normalmente se escriben, aunque en alto imponen algo más. Últimamente abundan, puede que porque vamos aprendiendo a defender los derechos propios, tan universales, tan de todos. Los límites no implican cercar los sentimientos, simplemente los colocan donde deberían ir: el latido en las sienes, la pasión entre los ojos y el respeto como única forma de sentir al otro. Todo lo que se salga de estos términos queda descartado. Los límites, amigo, los límites.

El cielo ha hecho mucho daño, tanto que los humanos ven en Marte la solución a los males de la Tierra. Los límites tienen que ver con el cuidado y a ellos debemos encomendarnos cuando vemos ondear banderas rojas. Reconforta saber que las palabras sirven para algo. El receptor debe acatarlas y cambiar de rumbo, reconocer que los límites antiguos dejaron de servir en el presente. Si queremos un trabajo que nos represente, si aspiramos a un amor hasta la eternidad, tenemos que aprender a comportarnos como si todas las cosas infinitas fueran a acabarse. Con un «yo ya no» se puede conquistar el universo, esa estrella pequeñita que todos contenemos bien adentro.

Ilustración: David Shrigley

No me mientas, por favor

«Solo te pido que no me mientas». Y es que la mentira es el mayor temor humano. Luego vienen la muerte y la declaración de la renta, la ansiedad y las tardes de domingo, otros inviernos. Pero ella gana porque implica una forma de fe en el otro más poderosa que una oración. Tantas vidas construidas sobre una mentira, tantas ruinas… de ahí que solo aquellos con buena memoria sean buenos mentirosos. En el fondo, todo el mundo miente, peor o por deporte. A veces para evitar la sangre, otras para ocultar una verdad cruel. Tenedlo en cuenta antes de mentir; «de una bola nunca se vuelve». Siempre con la mentira por delante.

«Vamos a contar mentiras». Sale una media de veinte al día. Mentir a todos a todas horas: sobre ese libro que nunca leímos, con las cervezas y el gimnasio. También cuando decimos te quiero y no queremos, cuando ya te llamarán, cuando llamamos al trabajo enfermos por culpa del alcohol. Mentimos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros vecinos, a nuestro perro y a la planta que miente de noche bajo la ventana. Y lo peor es que no paramos de mentirnos a nosotros mismos. Será porque queremos parecer mejores.

«El arte de vivir es el arte de saber creer en las mentiras». No somos mentirosos por naturaleza, lo somos por supervivencia. La mentira como talento, la mentira como bálsamo. Encontramos la felicidad en actuaciones y ardides sabiendo que la verdad no le interesa a nadie, aunque nos la reclamen cada día. La mentira nos hará libres siendo presos, la verdad nos dejará solos. La diferencia entre una y otra es que la primera duele muchas veces poco hasta que al final nos pudre. La segunda viene con un gran disgusto. Después paz y silencio. Si tengo que elegir elijo la bondad. Por eso miento.

Ilustración: Andrea Ucini

De corazón y huesos

Una despedida contiene todas las despedidas, como si la tristeza pudiera conservarse dentro de nosotros y saliese a respirar el aire del adiós. La tristeza vuelve sin permiso, trajo la pena y un perro. Si hay un infinito tendrá que ser tristeza, la misma en cada corazón. Con la alegría sucede lo contrario. Aparece como si fuera la primera vez… a pesar de haberla visto antes. Es hueso sin médula, un instante previo al caldo en el que vamos deshaciéndonos. Todos, de una manera extraña, estamos preparados para la tristeza. Nadie nos dijo qué hacer con un momento feliz. Quizás ir despidiéndose.

La tristeza se manifiesta por igual frente al mar que en una calle de Madrid con lluvia. Puedes verla en los ojos y los charcos de la gente triste. Porque hay lágrimas en todo. La ciencia lo explica con un gesto. Para fruncir el ceño son necesarios cuarenta y tres músculos. Al sonreír, utilizamos diecisiete. Cuesta dinero estar triste. Quizás por eso lloramos al reírnos. Sí, la tristeza acompaña los dolores, pero hay elegancia en el negro, su color grisáceo, esas nubes. Alegría, vulgaridad tan necesaria.

También hay alegría en los cuerpos, tristeza en el espíritu y el vino. Tienen que convivir, el entusiasmo y el duelo, darse aire con nosotros en el medio. De corazón una, de huesos la otra. Cualquiera puede ser feliz, y más los tontos. Hace falta valor para estar triste y levantarse, planchar una camisa, preparar el desayuno y salir a devorar el mundo. Nada de hacer apología de la tristeza. Solamente vivirla hasta encontrar en ella una brizna de luz, esa última sonrisa eterna.

Ilustración: Guy Billout