Este artículo condena el genocidio en Gaza

El horror sostenido en el tiempo pudre el aire, permea las palabras y los actos. Octubre de 2023. Hamás ataca a Israel. 1.200 muertos y 251 rehenes. Agosto de 2025. Israel reduce a escombros la franja de Gaza. 61.000 muertos, más de 153.000 heridos. El silencio que ha envuelto esta masacre se resquebraja; la neutralidad muta en complicidad. Callar ante la barbarie es ser el conductor del tren en dirección a Auschwitz. La ausencia de actos y palabras le ha allanado el camino a Netanyahu. La pregunta no es si queremos pronunciarnos, sino cuánto tiempo más podemos permitirnos no hacerlo.

Entender la complejidad de este conflicto nos paraliza. Demasiadas variables. El mal en medio. Poco sabemos de lo que sucede en un mapa dibujado con bombas y derramamiento de sangre. Las declaraciones públicas evidencian un sesgo, demuestran su incapacidad de abarcar la historia y sus vidas quemadas. Da igual. Podemos dejar clara una posición ética básica al margen de las ideologías, expresar un rechazo a esta matanza, contribuir a una condena que, poco a poco y como el horror, sea imposible de ignorar.

Cada día que pasa sin una respuesta colectiva, el horror en Gaza se asienta como un hecho inevitable. Manifestarse ahora es algo más que un gesto simbólico, significa romper la pasividad internacional, erosionar la impunidad y recordar a quienes ordenan y ejecutan esta violencia que el mundo los observa. También los juzga. Los cambios reales tienen lugar cuando la presión social se cierne sobre los poderosos, acorralándolos con luz y humanidad. La revolución consiste en impedir que el horror se vuelva una costumbre. Y Palestina será libre.

El hijo muerto

Solo se puede conocer el dolor cuando se pierde a un hijo. Lo demás son aproximaciones. Fue un accidente, se le paró el corazón mientras dormía, no pudo salir de aquella discoteca en llamas. Dentro de la sinrazón existe la posibilidad, pequeña como la uña de un bebé, de que el hijo muera por culpa de un golpe de metralla, de una bala dirigida al corazón de las tinieblas. El niño de la imagen no duerme, el padre se mancha con la muerte de su hijo. Entre medias hay noticias que importan más. El mundo debería pararse cuando suceden cosas como esta. Pero no lo hace.

Ante la pérdida de un hijo, el sufrimiento deja de ser una opción. El padre, el de la imagen, soñará con su hijo soplando las velas de una tarta, recordará aquella mañana que le vio salir de entre las piernas de la madre. Los tres lloraban. Ahora el padre llora hacia dentro, como lloran las bestias que han perdido el ritmo de las estaciones. Nosotros, europeos, tan lejos, somos testigos de un padre frente a su tumba, también la de su hijo, carne dolorida, carne muerta. Entonces el padre, cubriéndose la cara con la mano, entiende todo, también que la gente mire hacia otro lado. Porque todo lo pierde el que pierde un hijo, aunque los hijos creamos que perder a un padre pueda doler siempre. Lo que promete el dolor siempre se cumple. Dije siempre.

El padre sigue respirando cuando todo en la fotografía es muerte. Luz blanca sobre tela blanca, luz de un corazón que deja de latir. El milagro de la fotografía radica en la posibilidad de que el padre se levante, entierre al niño con sus propias manos y se aleje caminando solo. La muerte huele a injusticia, a flores secas y a conchas hechas añicos. Lo único que debiéramos temer es la muerte de la infancia. Lo que el niño necesita ahora es un baño caliente, que le limpien la sangre y que lo olviden. Quizás lo que los demás necesitamos sean un par de zapatos nuevos, vivir en paz sabiendo que la guerra enseña aquello que nunca necesitamos saber. Da miedo tanto dolor, da pena ver a un niño envuelto en un sudario de pura indiferencia.

Ilustración: Mohammed Saber

Estas ganas de matar

Pocas cosas dan tantas ganas de matar como la guerra. La trascendencia de su mal, el asco en la boca del estómago, la sinrazón de las banderas. No nos equivoquemos, no hay héroes de guerra. Ni los que cumplen órdenes ni los que parecen dormidos en sus camillas. Todas las razones se nos escapan, suenan a excusas para convertir un territorio al aire libre en la cárcel más grande del mundo. Algunos aseguran querer mantener la paz a cualquier precio, también a la fuerza. La paz, palabra bajo los escombros. Dan ganas de matar las guerras. Al escribirlo, me doy cuenta del fracaso del lenguaje, de que la única distancia entre la guerra y los niños es un disparo. La muerte como penitencia geográfica, la guerra como soledad más perra.

Mataría a todas las guerras si pudiera. A las que liberan pueblos y esas que buscan determinar quién lleva razón. Al final, sirven para ampliar los cementerios y aumentar la demanda de sangre en bolsas. Casi todos queremos paz, aunque sea injusta. Casi todos queremos que los pequeños pregunten «mamá, ¿qué era la guerra?». Casi todos evitamos el ejército porque el ser humano domina el arte de matar sin aprender a hacerlo. Al pensar en la guerra cerramos los puños, nos cagamos en algo muy alto. Después hacemos la cola en el supermercado. Todo es lucha, pero no todo mata. La guerra tiene que morir antes que el mundo. Yo quiero ver su muerte en vida.

Quizás el engaño sea la peor manifestación de la guerra. Se forman bandos de unos contra otros, de uno contra uno mismo porque uno ya no sabe qué creer. ¿Dónde están los buenos si todos matan? ¿Hay guerra cuando se deja morir a un pueblo? ¿Defenderse es una forma de agresión? Todos perdemos en la guerra, también el fabricante de armas y los pájaros. Ni siquiera morir en la guerra evitará la guerra, de ahí que me pregunte de dónde vienen estas ganas de matar cuando deseo la paz por encima de mi cuerpo inerte. El mundo es un lugar extraño. El mundo siempre es peor cuando está en guerra. Los lunes de guerra son más lunes.

Ilustración: David Shrigley