De Javier, de Pe y los envidiados

Cuatro compatriotas en los Oscar de este año, ¡cuatro! Casi todos celebran la nominaciones de Alberto Iglesias y Alberto Mielgo. En cambio, una parte del corral, más o menos la mitad, descarga su malafollá contra Javier Bardem y Penélope Cruz. En ese gesto inútil se concentra nuestro mayor pecado de proximidad: la envidia cargada de complejos, o sea, la española. Si no hubieran nacido en Las Palmas y Alcobendas habría que alegrarse (a la fuerza) por el éxito de lejos, cuanto más mejor. Sin embargo, la pareja remueve algo que nada tiene que ver con su talento. De ahí que por estos lares sea envidiable eso que es bueno.

La razón se suele atribuir a la desconfianza y el resentimiento crónico, aunque ambos cuentan con gran aceptación en, por ejemplo, Francia e Inglaterra. Tanta belleza, tantos ingresos y ese deje de izquierdas… ¡imperdonable! Sí, pero aún escuece mas su triunfo sin trampas, antónimo de medrar, ascender a base de humo y pelotazos. Si «juzgamos» su trabajo en la pantalla —de ahí la nominación—, no hay más remedio que rendirse a la evidencia y darles Goyas, Globos de Oro y sobre todo las gracias por poner un país de pocos en la galaxia cinéfila.

Entre tanto revuelo ante el trabajo bien hecho, olvidamos un detalle importante. Los actores dependen de los demás para desempeñar su oficio: un teléfono que suena cada vez menos, personajes destinados a ser fotogramas y emoción, aquel casting que lo cambió todo. Quizás pensar en ello pueda ayudarnos a discernir al ciudadano y sus circunstancias del personaje que interpreta ese sueño de cine. Ahí, lejos de la furia y por una vez, estaremos todos de acuerdo. Sois maravillosos.

Es otra cosa

No deja de ser curioso que ciertas películas generen reacciones y opiniones tan antagónicas que uno no sepa muy bien qué opinión labrarse, o incluso si merece la pena pagar una entrada antes de zambullirse en una experiencia quizás extática, quizás decepcionante… comentada hasta en la cola exprés del Carrefour.

La polémica está servida y cada cierto tiempo, siempre fiel a su cita del viernes, afilamos nuestros cuchillos, visamos al Movierecord, dilatamos las pupilas y presenciamos un hecho tan irrebatible como unánime: algunas interpretaciones perdurarán siempre en la memoria, incluso cuando la idea de cine nos traslade a un portátil sobre la cama y un murciélago a nuestros pies hecho un ovillo. Porque puedes considerar que «Joker«, «Pozos de ambición«, «Capote«, o «Antes que anochezca» son un puto coñazo o incluso que están sobrevaloradas y, sin embargo, no existe la más mínima duda en lo relativo a Joaquin Phoenix, Daniel Day-Lewis, Philip Seymour Hoffman o Javier Bardem, verdaderos superdotados de un juego en el que el hombre desaparece para regresar a la superficie transmutado en personaje de celuloide, con rasgos humanos ahora convertidos en máscaras de realidad ficticia, ahora tristes, después más tristes todavía.

Y es en este punto, bajo una lluvia de golpes entre el alma y la columna vertebral, cuando planteamos una cuestión igual de irrelevante que esta polémica: si la palabra con la que nos referimos a todos ellos —podríamos incluir a Meryl Streep, Bette Davis y Nuria Espert— es actor, ¿cuál es la que deberíamos emplear para el resto de mortales que forman parte de tan mágico oficio?

Tampoco es payaso; es otra cosa. Y por fin estamos todos de acuerdo en algo.