Un bebé representaba todas las posibilidades de futuro de los padres. Hasta su grito, el tiempo estaba fragmentado: ocho horas de trabajo, unas cervezas, el fin de semana en casa de los suegros. Ahora, aquí, los padres experimentan un continuum sin después, un presente de pecho, leche, contacto y piel rosada. «Mira, ha abierto los ojos». Entonces, el tiempo del bebé es el nuevo tiempo de los padres, de los amigos que traen flores, de Madrid convertido en una cuna. Tanto poder en un ser tan indefenso, una garantía de que no todo está perdido. Vendrá el insomnio, el problema de crecer. Será después. Un bebé representa todas las posibilidades del presente.
Cincuenta centímetros y cuatro kilos de peso con la capacidad de romper cualquier mandíbula. Los mayores, con hijos o sin ellos, se detienen alrededor de este planeta nuevo y sonríen, hablan en voz baja, comentan el tamaño de las manos, se detienen a observar algo perfecto. Una cabeza haciéndose, un cuerpo y unos pies envueltos en un hatillo azul. Nada extraordinario, otro milagro y una baja de maternidad. Quizás sean necesarios muchos más bebés para detener la sinrazón del día a día, la falta de frenos.
Al bebé le compré una maceta con un lirio. Nunca llegará a verlo porque las flores duran poco y un bebé tiene toda una vida dentro, un puesto de trabajo asegurado y un corazón como el hueso de un albaricoque. Dejé la maceta encima de la mesa del salón donde comía asido a su madre, con su padre cerca y una amiga de los padres en ropa deportiva. Hay tanto latido en una cosa tan pequeña… Cerré despacio la puerta de la casa. En la calle no había ni niños ni perros, solo gente fea en las terrazas hablando del pasado.

Ilustración: Joaquín Sorolla




