Un bebé

Un bebé representaba todas las posibilidades de futuro de los padres. Hasta su grito, el tiempo estaba fragmentado: ocho horas de trabajo, unas cervezas, el fin de semana en casa de los suegros. Ahora, aquí, los padres experimentan un continuum sin después, un presente de pecho, leche, contacto y piel rosada. «Mira, ha abierto los ojos». Entonces, el tiempo del bebé es el nuevo tiempo de los padres, de los amigos que traen flores, de Madrid convertido en una cuna. Tanto poder en un ser tan indefenso, una garantía de que no todo está perdido. Vendrá el insomnio, el problema de crecer. Será después. Un bebé representa todas las posibilidades del presente.

Cincuenta centímetros y cuatro kilos de peso con la capacidad de romper cualquier mandíbula. Los mayores, con hijos o sin ellos, se detienen alrededor de este planeta nuevo y sonríen, hablan en voz baja, comentan el tamaño de las manos, se detienen a observar algo perfecto. Una cabeza haciéndose, un cuerpo y unos pies envueltos en un hatillo azul. Nada extraordinario, otro milagro y una baja de maternidad. Quizás sean necesarios muchos más bebés para detener la sinrazón del día a día, la falta de frenos.

Al bebé le compré una maceta con un lirio. Nunca llegará a verlo porque las flores duran poco y un bebé tiene toda una vida dentro, un puesto de trabajo asegurado y un corazón como el hueso de un albaricoque. Dejé la maceta encima de la mesa del salón donde comía asido a su madre, con su padre cerca y una amiga de los padres en ropa deportiva. Hay tanto latido en una cosa tan pequeña… Cerré despacio la puerta de la casa. En la calle no había ni niños ni perros, solo gente fea en las terrazas hablando del pasado.

Ilustración: Joaquín Sorolla

Solamente las madres saben llamar para decir que fue maravilloso

Hay tantas madres como hijos. Ellas se parecen entre sí, comparten costumbres, reflejos de madres con hijos cada vez más viejos. Porque los hijos tienen vidas y sus madres viven las vidas de sus hijos, como si engendrarlos fuera la única razón (hay alguna más) para seguir viviendo. Mientras, los días se suceden de mejor o peor manera. Las madres siempre guapas, los hijos un poco peor, el tiempo en medio. Hay algo que permanece inalterable, una especie de hilo invisible entre madres cercanas e hijos a otra cosa: la madre llama al hijo para contarle que fue un día maravilloso, el sol le calentaba el rostro, la tarde se disolvió allá a lo lejos. Solamente las madres saben llamar de esa manera.

En realidad, no hay días ni buenos ni malos. Los días se suceden. Para unos son jodidos, para otras una postal inolvidable. Las madres, quizás por entender el origen de la vida como pérdida, capturan en su voz detalles ocres, a veces invisibles. Puede que las madres tengan acceso a algo que a los hijos se nos escapa, una manera de mirar las cosas como madres. Pienso en los huérfanos. Quizás lo sean por estar un poco solos, también por desconocer un mundo que parece más bonito, menos cruel con una madre hablando al otro lado del teléfono.

Después, los hijos cuelgan. Las madres repiten ese gesto de forma involuntaria. Seguirían un rato charlando. Y es que el cielo contenía un aire que era nada o casi nada, la vida volaba por el aire y los tomates no sabían a agua, sino a tomate. Lo pasaron tan bien… Los hijos escuchan el eco de un eco e ignoran la importancia de estas cosas. Los hijos somos desagradecidos por naturaleza; las madres agradecen cualquier rato. Me he propuesto llamar a madre para contarle que fue un día maravilloso, que la vida es mejor si ella está en ella. Puede que sepamos llamar de otra manera. A eso tenemos que aspirar mientras seamos hijos.

Ilustración: David Shrigley

Sobre las hermanas

Los hermanos mayores son criaturas inmortales, ocupan la silla de padre o madre cuando padre y madre ya se han ido… pero sin llegar a padres. De ellos siempre quedan recuerdos, una fotografía en el aparador, su risa fuerte. Los hermanos mayores representan aquello inalcanzable del primero de la casa. Se trata de un truco de la biología, la mejor manera de entender la paciencia para los que se hacen pis frente a la puerta del baño. En cambio, las hermanas, todas ellas, tejen lazos, raíces, protegen la identidad de algo tan frágil como la familia. Lo siento mucho por los hijos únicos. Tuvisteis una habitación para vosotros solos, a padre, madre y la ciudad al fondo, y os negaron la oportunidad de los hermanos.

Durante la infancia no me porté bien con mis hermanas. Representaban una amenaza, la confirmación de que hay gente mejor que uno desde que uno grita por primera vez. Ellas ni siquiera pretendían destacar, cuidaban de su jardín de infancia y el jardín se convertía en el centro de la juerga. Baños con espuma, bailes, ese vínculo entre dos hermanas pequeñas frente a un hermano mayor lleno de miedo. Yo contra ellas. Y ellas, en cambio, nunca en mi contra o contra el mundo; ningún reproche al hermano imbécil, al mayor tan poca cosa. De ellas aprendí que el amor ni se crea, ni se destruye ni se transforma. El amor es una hermana o dos pequeñas.

Ningún hermano viene antes que otro, todos nacemos a la vez y algunos desaparecen demasiado pronto. La relación con los hermanos muta cuando los padres se convierten en recuerdo y ningún hermano sabe bien qué hacer, quizás vivir en la extrañeza. Todos somos hermanos pequeños y mayores, algunos son padres con hijos y los que no quieren serlo se quedarán solos, hermanos solos. Mis hermanas no son amigas mías, son una forma de vida útil y preciosa en la Tierra. Y llueve y escucho su latido allí a lo lejos, allí tan cerca de nosotros. Será porque las quiero.

Ilustración: Tatsuro Kiuchi

El número de teléfono de la casa de tus padres

Tenemos una relación complicada con los números. Por un lado simplifican una realidad llena de grietas, de amor y días largos. Por otro dan una ida exacta de lo que nos rodea, hablan de lo que hace y no dice la gente: ¿cuánto mides?, ¿cuánto queda? Sin embargo, de entre todos los números, hay una combinación que nunca llegamos a olvidar, como los afluentes de los ríos o las capitales, algo así como el camino de vuelta a la infancia. Se trata del número de teléfono de la casa de tus padres.

Los padres van un poco por libre. A veces, padre muere y madre rehace su vida a partir de sus cenizas. Otras, madre se adelanta, incumple su promesa de ser omnipresente. Padre se queda muy solo, mueble al fondo incapaz de freír un huevo sin pensar en aquel perfume por el aire. Hay padres que eligen desaparecer juntos, que compartieronn lecho, tumba y estrellas porque el destino así los trajo. Otros padres mantienen su costumbre de andar por el monte los domingos o sentarse en el sofá hasta que reciben una llamada de los hijos. En cualquier caso, el número de teléfono de su casa sobrevivirá a los padres y a la casa.

Puede que dentro de unos años, por culpa de la tecnología y el futuro, no haya un número de teléfono de la casa de tus padres. Los padres tendrán pantallas o dispositivos mucho más sencillos que recordar nueve cifras. Muchos continuamos con esa costumbre de vivir y ser incapaces de olvidarnos. Si lo hiciéramos, entonces no sabríamos de dónde vinimos, no sabríamos lo qué sucedió cuando éramos pequeños y todo era fácil o al menos todo tenía menos peso. Perder ese número supondría perdernos, asumir que el tiempo ha ganado. 921 43 34 88. Quiero que me entierren con esas nueve cifras a modo de obituario. Podéis dejar un mensaje dentro de la tierra.

Ilustración: Giselle Dekel

Hablar con una madre

Todas las madres se parecen. Todos los hijos son iguales. Solo hace falta detener el tiempo, mirar con calma lo sucedido cuando no dormíamos. Ellas viejas, guapas, nosotros aspirando a ser más jóvenes. Entre medias, esta vida nuestra. Y es que mucho ha cambiado el mundo desde que las madres nos repetían aquello de «bébete el zumo que se le van las vitaminas» o «¿voy yo y lo encuentro?». Quizás todo sigue igual porque es distinto. Madres cada vez más mujeres. Nosotros, hijos, queriendo parecernos más a ellas.

Amar implica querer bien. Y sobre todo comprender. A la comprensión se llega con palabras y paciencia. Por esa razón me cuesta hablar con madre por teléfono. Prefiero sentarme en la cocina de su casa, que madre prepare té y así, los dos, bajo una luz de arena, hablemos para vernos. Madre ha perdido la paciencia que conservo; yo nunca tendré esa mirada verde. Madre decora las paredes, mantiene las ganas y se ríe de las cosas que le importan a los otros. Por esa razón tiene que ser mi madre.

Cuando hablas con una madre te das cuenta de lo poco que pudiste conocerla. El trabajo de madre ocultó sus dolores y sus lágrimas, también sus deseos. Puede que se queje de la espalda, pero se reserva la parte buena para el hijo. El hijo casi nunca tiene tiempo o le echa en cara la libertad recibida siendo niño. Madre siempre está, aunque es probable que quisiera irse muy lejos, vivir otros futuros y no este. No pudo y no supo. Las madres enseñaron a las sombras la fidelidad. Cuando hables con tu madre, pregúntale cómo está. Siempre mienten. Cosas del amor que nunca muere, de ese amor de madre siempre.

Ilustración: Taku Bannai

La cara de las embarazas

Me resulta muy difícil distinguir a una coreana de una japonesa. Tampoco podría adivinar —aunque quisiera— si el chico que acaba de entrar en el metro, con una camisa vaquera abierta y el pelo revuelto sobre las pestañas —ocultas detrás de unas Rayban—, es un músico o un idiota. Y por supuesto: imposible determinar si mi portero (rumano) vota a Vox o justo lo contrario. Sin embargo, puedo garantizar ante cualquier jurado que en un muestrario de cabezas sabría reconocer la de una embarazada entre las demás. Y la razón se encuentra en sus ojos. El color varía pero todos se asemejan a faros que resplandecen, que vibran, que sollozan sin derramar lágrimas, planetas destinados a salirse de sus órbitas, guardias de seguridad sin días libres.

La cuestión que se esconde detrás de esa mirada en la que el tiempo se detiene en seco podría deberse a la preocupación que las embarga. Es un momento de nueves meses único —al fin y al cabo de ellas depende el presente y el futuro de la raza humana— en el que su percepción del mundo se altera, conectándose con la vida en su dimensión milagrosa. Porque ¿acaso hay algo más extremo que estar conectado por un cordón a un ser vivo que siente todo lo que le rodea en el interior de un jacuzzi de líquido amniótico? Solo de pensarlo me mareo.

Y ese cambio afecta a su cuerpo… y a sus pensamientos. Ahora los interrogantes son otros. ¿Seré una buena madre?¿Vendrá bien?¿Vivirá en un entorno estable con el mar lleno de plástico?¿Por qué coño tuve que buscar sietemesinos en Google?¿De dónde nacen estas ganas de llorar?¿Y mi pareja?

Tal vez sea el momento de dejar lo de los nombres del bebé para otro momento y hablar de la importancia de las madres embarazadas. Sin articular palabra. Tan solo hay que mirarlas; lo llevan escrito en los ojos.