La sombra del trabajo

Hay algo brutalmente sigiloso en la forma en que el trabajo nos borra. Uno no se da cuenta. Empieza con pequeñas concesiones: comer frente al ordenador, contestar correos un sábado, decir “a ver si nos vemos” como el que dice nunca. Y, de pronto, han pasado meses. Años. Dejamos de llamarnos por teléfono, de celebrar los cumpleaños entre semana, de echar una caña para mirarnos a los ojos. El trabajo se instala como una niebla que empaña los contornos de lo que éramos, de lo que aún queríamos ser. Como diría Deleuze, la rutina ya no es una línea recta sino una línea de sometimiento: vivimos en una jaula sin barrotes visibles, atrapados en lo que él llamaba «sociedades de control”, donde el jefe está en todas partes y eres tú (y no está pagado).

Más que una ocupación, el trabajo se convierte en una forma de ficción que nos contamos para evitar mirar la grieta. “Estoy haciendo esto porque hay que pagar el alquiler”, “ya cambiaré de curro cuando entregue este proyecto”, “es temporal”. Pero ese “no es para siempre” se va pareciendo cada vez más a lo definitivo. Si encima no te gusta lo que haces, si no te realiza ni un poco, todo se transforma en una performance cínica. Una repetición sin fin en la que cada lunes es idéntico al anterior, y cada domingo por la tarde representa una amenaza. El trabajo nunca dignifica; solamente te aleja de quien eres.

La sombra del trabajo se proyecta sobre el cuerpo y las líneas debajo de los ojos, anestesia las costumbres, entumece el deseo. Alimenta, sí, nos ocupa pero apenas nutre, pasa con un tiempo que pasa sin nosotros. Y mientras tanto, ahí afuera, a muy pocos kilómetros, los amigos hacen su vida, los padres envejecen o mueren, los hijos crecen, y uno, encerrado en ese bucle raro, se pregunta —sentado en un banco del parque— si no habrá otra línea posible en el horizonte, una fuga, un devenir, una salida a esta ocupación tan rara, cada vez menos humana.

Ilustración: Giselle Dekel

Ser zurdo es una maldición… y un modo de vida

En una época, la nuestra, donde cada vez se da mayor visibilidad a las minorías en todos los ámbitos, nadie ha tenido en cuenta a los zurdos o zocatos. Porque joder, si somos más de 1000 millones en el mundo, ¿por qué no se habla en las redes de nuestros derechos exentos de obligaciones, de la imposibilidad para abrir una simple lata de atún o de la cara que ponemos al sujetar el cuchillo de pescado, siempre situado a la diestra del plato, el mismo que permanece impoluto en todas las comidas familiares?

¡Basta ya de mantenernos en la sombra de una sociedad que nos ve como la personificación del demonio, en clase de ortografía y a la hora de jugar al tenis, abocados a la tarea forzosa de caddie —con esa horrible visera de plástico— porque ya se sabe que el golf es un deporte para gente rica y de derechas!

¿Y qué decir si eres músico y además imitas a Jimi Hendrix, el único músico zurdo que no parecía salir invertido en la foto? Si este es tu caso entonces conoces lo que significa la palabra exclusión inherente a las fiestas en la playa, esas en las que siempre hay un Paco, guitarrista diestro y flamenquito que toca mucho peor que tú… pero claro, nadie está al corriente, con la excepción de tu madre, responsable directa de que en el acogedor útero su futuro hijo se decantara por chuparse el pulgar. Izquierdo y de la mano izquierda, por supuesto.

Además existe la creencia generalizada de que somos más creativos, quizás porque estamos obligados a practicar contorsionismo a la hora de tomar apuntes en las mesas de la facultad, o porque hacemos lo imposible por leer los mensajes de las tazas —bebiendo con la cabeza apoyada en la silla, a la manera de una cabrita montesa— y finalizar el crucigrama libres de intoxicación por tinta, un poco a la manera de Berengario de Arundel, aprendiz del bibliotecario en «El nombre de la rosa», con pelo. En el mejor de los casos.

En definitiva; utilizar la izquierda no es solo una putada, sino también un modo de vida. Y recordad una cosa: 2.500 zurdos mueren cada año utilizando objetos diseñados para diestros… Ayav adreim, siempre a contracorriente.