El chico de barrio aficionado al fútbol, el hijo del relojero… cualquiera puede ser nazi. Porque un nazi es el que hace cosas nazis, es decir, aquel que ejerce la banalidad de la violencia. Basta con subirse al escenario y pegarle una hostia al cómico de turno, amenazar a un escritor que firma ejemplares en su caseta o reírse al presenciar la escena. Nada extraordinario, nada alejado de las múltiples manifestaciones con las que el mal nos pervierte cada mañana. Aquí no hay un culto a la estética ni minorías perseguidas. Cualquiera puede ser el objetivo porque el nazismo gana el juego de la democracia con defectos. Ellos están por todas partes, pero nadie parece verlos. ¿Quiénes son ellos? Nazis que ejercen el terror físico contra el individuo y las masas.
Suele ser habitual que, cada vez que un nazi actúa, la respuesta de las autoridades sea tibia. «Vamos, circulen», dice el policía indolente mientras el nazi se aleja sin pensar en hacer el bien o el mal. Desde fuera percibimos la asimetría con la que se reacciona ante este tipo de conductas. Nazis intocables, nazis en las instituciones, nazis marcando los tiempos de la calle, nazis. Frente a la inacción, los ciudadanos recurren al señalamiento y la denuncia en redes. Debemos equiparar la palabra nazi al «¡fuego, fuego!», utilizar el dedo como arma. De lo contrario, ganará el matón.
En mi instituto había nazis. Llevaban la cabeza rapada, chaquetas bomber y cruces de hierro sobre camisetas blancas. Su ideología era la de amedrentar a los estudiantes, pegar al guarro, utilizar los puños como forma de expresión impune. Yo les veía pintar esvásticas en las paredes y beber latas de cerveza después de los partidos. Supongo que fui cómplice por no juzgarlos. Mi valor era inversamente proporcional al efecto de sus botas con punta de acero. Nada ha cambiado. Los nazis a lo suyo, destruyendo; nuestro silencio como el peor de los fracasos.

