Cosas nazis

El chico de barrio aficionado al fútbol, el hijo del relojero… cualquiera puede ser nazi. Porque un nazi es el que hace cosas nazis, es decir, aquel que ejerce la banalidad de la violencia. Basta con subirse al escenario y pegarle una hostia al cómico de turno, amenazar a un escritor que firma ejemplares en su caseta o reírse al presenciar la escena. Nada extraordinario, nada alejado de las múltiples manifestaciones con las que el mal nos pervierte cada mañana. Aquí no hay un culto a la estética ni minorías perseguidas. Cualquiera puede ser el objetivo porque el nazismo gana el juego de la democracia con defectos. Ellos están por todas partes, pero nadie parece verlos. ¿Quiénes son ellos? Nazis que ejercen el terror físico contra el individuo y las masas.

Suele ser habitual que, cada vez que un nazi actúa, la respuesta de las autoridades sea tibia. «Vamos, circulen», dice el policía indolente mientras el nazi se aleja sin pensar en hacer el bien o el mal. Desde fuera percibimos la asimetría con la que se reacciona ante este tipo de conductas. Nazis intocables, nazis en las instituciones, nazis marcando los tiempos de la calle, nazis. Frente a la inacción, los ciudadanos recurren al señalamiento y la denuncia en redes. Debemos equiparar la palabra nazi al «¡fuego, fuego!», utilizar el dedo como arma. De lo contrario, ganará el matón.

En mi instituto había nazis. Llevaban la cabeza rapada, chaquetas bomber y cruces de hierro sobre camisetas blancas. Su ideología era la de amedrentar a los estudiantes, pegar al guarro, utilizar los puños como forma de expresión impune. Yo les veía pintar esvásticas en las paredes y beber latas de cerveza después de los partidos. Supongo que fui cómplice por no juzgarlos. Mi valor era inversamente proporcional al efecto de sus botas con punta de acero. Nada ha cambiado. Los nazis a lo suyo, destruyendo; nuestro silencio como el peor de los fracasos.

Madrid, ¿y ahora qué?

Cada cuatro años sucede otro misterio de Madrid: una parte de sus habitantes dice adiós, amaga con hacer las maletas, reniega de esta ciudad azul y casi verde. Nadie se explica el resultado. Y es que el madrileño común (sinónimo de extranjero) convive en una aldea gala, pasea desde Malasaña a Alonso Martinez y se agota, cree que la ciudad representa la extensión de su obra y pensamiento. Pero no. Madrid nunca será una gran ciudad, precisamente por ser una ciudad grande con costumbres de arado y pan con chorizo. El misterio de Madriz no es lo invisible, sino lo que dice el escrutinio.

Haced la prueba. Preguntad a los amigos madrileños. Son modernos, van en bicicleta y asisten al teatro, meten los briks, las latas y los plásticos en la bolsa amarilla. En la gris, los restos. Incluso compran libros, les preocupa el medio ambiente y sienten una cuchillada al percatarse del poco caso que se le hace a la gente que pide por vagones. Pues bien, mi ciudad es de derechas. Larra tenía razón al decir aquello de que «escribir de Madrid es llorar». Y el mar no se puede concebir.

Ahora queda seguir esperando nada, y puede que esté bien así, que si Madrid fuera de izquierdas sería la mejor ciudad del mundo. ¿Tendrán la culpa el chotis y los geranios del balcón? ¿Y si fuera el miedo? Hay millones de cadáveres bajo el suelo de Madrid y muy poca memoria. A pesar de todo, muy pocos cumplirán su amenaza de dejarla. Se puede convivir en paz a pesar del drama y la falta de aparcamiento. Lo cierto es que en ningún otro lugar es posible pedir una cerveza para desayunar sin que te miren raro. Resulta que el misterio no reside en las ciudades, sino en los humanos. Y el azul seguirá siendo un color triste porque no le pertenece al cielo.

Ilustración: Kento Ida