De repente, me fijo en las mayores

Fue en el pasillo que une las escaleras del gimnasio con los vestuarios. Luz de halógeno, huellas de sandalias en el suelo, rastros, gente que se cruza sudorosa o recién salida de la ducha, quizás ambas. Yo me palpaba el pectoral derecho, algo que repito siempre que entreno con intensidad. Levanté los ojos un poco mareado, evité la indiferencia de los adictos a la droga del deporte y la vi a ella al fondo, preparada para hacer comunidad en la piscina olímpica. Era una mujer madura o ya mayor, una señora, vamos, de mi edad, y me pareció muy atractiva, así en bikini y con arrugas, en forma y ya de vuelta. Al pasar de largo, me sorprendí girándome. Pensé, Javi eres un cerdo. De repente, me fijo en las mayores.

Es algo parecido a lo que ocurre con la presbicia… a la inversa: de reparar en las chicas de las que hablan las canciones a fichar (discretamente, espero) a mujeres concentradas en lo suyo, algunas madres con hijos ya criados, todas hijas, con más dinero que yo, algunas en precario, mujeres que se mueven de otra forma porque aspiran a estar tranquilas, hechas, que superan el dolor y el silencio y se miran al espejo y no son jóvenes y, sin embargo, tienen su cara, son ellas, están llenas de cuerpos, poderosas, peligrosas para un mundo empeñado en explicarles cosas. Estas mujeres, la mujer madura del bikini, 9 millones de mujeres en España, han aparecido de forma inesperada en mi vida. Y algunas nadan.

Creo que todo empezó el día en que madre perdió la paciencia (o una parte). Después de muchos años de diplomacia y guardarse casi todo (al menos no lo compartía con su hijo), llegó a la conclusión de que a partir de ciertas edades una no tiene el chichi para farolillos. Le regalé un consolador. Ahora que lo pienso, la mujer del gimnasio tenía la misma mirada, algo ahogada, con más veranos que largos por delante, llena de agua que desplazar con la ayuda de los brazos y el impulso. Ni me miró. El anonimato de los años es una nueva forma de libertad. Salí del gimnasio. Sonreí. Por fin había dejado de llover.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris

Esas mujeres que compran flores

Ahí están ellas, decidiéndose frente a un jardín en venta. Indecisas, acercan la nariz a las corolas, entran en la floristería con las manos en alguna parte. Después salen con flores en las manos, un poco decepcionadas, igual que el que sale de la peluquería. Hay un color para cada persona, un pistilo por cada día que nos queda. Yo observo con curiosidad a esas mujeres que compran flores. Es bonito entregarle el ramo a alguien, mirarle a los ojos; o simplemente ponerlo en agua y observar un cambio dentro de la casa. Las flores otorgan un poder que no hace daño, aunque mustien y terminen en un cubo de basura. Comprar cambia de significado cuando la mercancía deja rastro.

Apenas hay hombres que compren buganvillas o caléndulas. Lo harán por Internet. Cuando veo a alguno con una rosa roja envuelta en plástico siento que se sienten observados. Será la infidelidad que este acto representa, como un señalamiento público. Las mujeres, en cambio, lo hacen por amor y estética, compran flores sabiendo que son una buena razón para vivir, que reconfortan. No se le puede pedir nada a las flores, cumplen su función sin complementos o vestidos. Quizás necesiten palabras más humanas, menos ciegas.

Amapolas, un clavel blanco, dalias, geranios en los balcones de madre, hortensias, orquídeas, pensamientos, petunias, brezo con olor a caramelo, peonías, lirios de los valles, crisantemos para un padre muerto, adelfas para los más vivos, mujeres serias, altas, con un abrigo largo, con un pañuelo en el cuello y gafas de sol de marca, con anillos, sin pendientes, con los labios rojos, que sonríen, que compran pan y camelias, mujeres solas, con un niño dentro de su vientre, mujeres que saben encontrar belleza en este invierno. Mujeres que no saben que ellas son flores. Mi barrio es mejor porque las mujeres compran flores que se lleva el tiempo.

Ilustración: Gérard Schlosser

Cuando alguien te gusta

Cuando alguien te gusta suceden cosas. La primera, y quizás la menos importante, es que uno se quiere un poco más. Por fin puedes hablar de todo lo malo que hay en ti, que es mucho y recurrente, del miedo a estar solo y al dolor. También de lo bueno. La otra persona te mira con ternura, «podrías ir a terapia», sugiere. Y te acepta. Lo sé porque una tarde, con la luz oblicua entrando por la ventana de la habitación, ella colocó su mano por dentro de la manga de mi camiseta. Y así, respirando un aire de siesta, los dos, dormimos sin saberlo. Por eso pareció soñado. Al despertar supimos que todo lo que necesitamos era ser solo nosotros, sin prisa, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta la ciudad de siempre parece nueva. Reconoces las calles, sus cristales llenos de luz, la gente sin orden en bicicletas con las ruedas deshinchadas. En cambio, surgen detalles que la hacen irreconocible. Sí, se puede ser extranjero en el barrio que conoces como nadie. Depende de la compañía. Incluso la Puerta del Sol, tan llena de gente, tan falta de personas, recupera su pasado de uvas por el suelo y te recibe, despeja la ruta hacia la siguiente plaza, hacia ninguna otra parte más que hacia nosotros. Ser feliz entre desconocidos que compran de forma compulsiva. Solamente hace falta alguien al lado que lo viva a su manera, sin prisa y sin luces de Navidad, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta te asaltan las dudas respecto a cómo sería la vida juntos, peor por separado. Porque sabes que después de un mal día vendrá ella, que podrás mirarla y borrar el ruido de sus ojos, abrir una botella y dejarla casi entera. Todo tan banal, todo extraordinario. El tiempo pasa entre los dos, un edificio al fondo o por detrás de su perfil mediterráneo. Quizás lo más importante de que alguien te guste sea la incapacidad de no poder ver lo que tenemos delante, de inventar un mundo a nuestra medida, en la buena dirección, que se sostenga en la oscuridad del firmamento, sin prisa, sin deslumbrar, sin deslumbrar siquiera.

Ilustración: Guy Billout

La teoría del olor

El mejor olor del mundo es el de la persona que te gusta. Luego están las flores, la infancia del verano y los perfumes de la gente con prisa. Sin embargo, nada comparable al rastro dentro de su ropa o el aire prisionero. Ella se va, tú nunca te quedas solo. Basta con inspirar las sábanas donde apoyó su espalda y la soledad parece una mentira. Ese olor está hecho de retales de piel y movimiento, como si, de pronto, fuera posible aplicar sin fórmulas la teoría cuántica. Y es que el olor nos rompe y nos conmueve, emborracha, anula el poder de un lápiz de madera al que sacamos punta. El mundo sin olor sería el de un mundo sin bosques que se queman, el de un mundo que gira hacia ninguna parte.

A veces, la memoria de su olor regresa. También el del olor de aquel que dejó de gustarte. No fue culpa suya, era ese olor a tristeza y a toalla a medio secar, un poco a mierda. La ausencia tiene un olor característico porque recupera a alguien, alguien que está frente a ti, pero ya no huele como tú quieres que huela, alguien que estuvo contigo y ahora mancha en otra casa. El olor de su axila, el olor de su sexo, un olor que tiene que ser amor del bueno. Olores del pasado hechos presente. Del futuro nadie sabe nada porque carece de olor. Será la muerte.

Si uno lo piensa, el único sentido necesario es el del olfato. Cierras los ojos, te tapas los oídos, cierras la boca y los puños: todavía sigues vivo. Nada como volver a los olores para entender de qué va esto. Sin embargo, uno no sabe a qué huele uno. Tiene que ser percibido. Así, dos olores se entremezclan, dicen te quiero, se compran una casa y embotellan el olor de la abuela, el mar y los descampados regados por la lluvia. Todo es un no lugar. El único lugar que existe de verdad es el del olor del otro, ese que nos entregan sin saber que la piel es un pétalo del alma. Y no, no se compra, no se vende, no se desvanece nunca.

Ilustración: David Shrigley

El bigote

El bigote ha regresado, como una ola sin Rocío. En realidad, nunca se fue. Simplemente ahora, después de las axilas y las ingles pobladas, se impone como parte del desfile con una particularidad: todos los bigotes son el mismo. Da igual que unos sean hirsutos o de lápiz, a ras del labio o a modo de cinta adhesiva. ¿Por qué?, se preguntan los escépticos. Porque este accesorio recupera las caras de los otros: ese padre de joven posando con su Vespa, el abuelo en la cama, el tío que te daba tanto asco…, de ahí el atractivo. Te levantas triste, tienes sueño. Pues bien, piensa en un bebé con un bigote y todo cambia. El mundo necesita más bigotes, menos chándales. Dan vidilla a las puertas de un colegio y en las cárceles. Mi bigote me define. «Este es idiota». Y tienen razón, vaya si la tienen.

Desde que me lo dejé mi vida cambió para peor. Ahora no tengo que hacer cola en la sauna y, de vez en cuando, algunas mujeres agarran firmemente el bolso al cruzarse conmigo por la calle. Entonces me lo toco para ver si hay un churrete, pero nada. El bigote fue un símbolo de hombría en su momento, otorgaba clase y una autoridad capilar mal entendida. El bigote de la posmodernidad convierte a cualquier gañán en un gañán con bigote, aporta ese punto tan original que te convierte en un aprendiz de Mercury o Aznar. «¡Super López!». me gritó un borracho en San Bernardo. Debería haber gritado Frida o anticonceptivo.

Algo tiene el bigote que agita las conciencias. Se lo escuché a un grupo de chicas. Bebían cerveza y una de ellas dijo: «el pibe tenía un bigote de violador que le ponía como loca». Seguí andando mientras tapaba mi bigote con la malo mala. A día de hoy puedo asegurar que aquellos que llevan bigote no tienen ni idea de lo que son ni de lo que quieren ser, que lo que tienen en la cara no es suficiente para ser ellos mismos. Sin embargo, el bigote acompaña como el pan o una pistola en el bolsillo. Dadle tiempo, osad, divertíos y contadme lo ridículas que os veis al afeitaros. Hair power.

Ilustración: David Shrigley

No lo viste venir

Creías conocerle de memoria. Recorriste tantas veces su perfil, reíais juntos sin apenas intentarlo. Él sacaba la basura de tu mente. Sabías cuando había tenido un día malo, a veces sin hablar siquiera, a veces con gestos invisibles. Pensarle implicaba conocerte un poco, estar segura de que ya nunca estarías sola, perder el equilibrio sabiendo que, al levantar la mirada, te encontrarías con sus ojos, con una mano dispuesta, con una mano pequeña y firme, con una mano que no era una mano, sino la certeza de que los placeres sencillos son los únicos que dejan huella. Pudiste ver vuestro futuro juntos, un destello de domingo, una estrella que se va muriendo poco a poco y nunca. Lo que sucedió nadie lo vio venir. Y eso no te lo perdonas.

Porque el día que te dijo que ya no te quería pensaste que se trataba de una broma. Si todo estaba bien, ¿cómo era posible que todo terminara? Te miró como se deshace el hielo, mirando a través de tu cuerpo de sombra, de la misma forma que miramos el pasado. Pero tú estabas ahí, estabas viva y sentías tantas cosas que eras incapaz de sentir nada. «Así que el problema era yo», pensaste. Qué difícil es darse cuenta de que uno es obstáculo, qué cosa más triste es encarnar la vida como objeto, un cenicero azul, un diario sin hojas. Nos han utilizado, fuimos consumidos, creíamos que sería para siempre. Y se ha acabado.

¿Qué hacemos con el tiempo que no vemos? Llorarlo, escribirlo hasta convertir la pena en ficción, ir a terapia, alejarse del vino de oferta, ir al mar, planear ese viaje que nunca haremos. El problema es perdonarse por estar tan ciegos, dejar de ser esclavos de nosotros. El otro ha desaparecido y tú tienes que aparecer cada mañana en el trabajo, en la vida en el mal sentido de la palabra. Primero pides permiso para entrar, después te compadeces, culpas a la lluvia por aparecer de pronto, meces la vergüenza y caes en el miedo de ser tú. Puedes pintar un ojo sobre el párpado, de verdad se puede. Despacio. Primero al carboncillo, luego de colores. Un ojo primero, luego dos. Sin quererlo, queriéndote, te terminas perdonando. Y cuesta tanto…

Ilustración: David Shrigley

Todavía no has conocido a toda la gente que te va a querer

Todo es miedo. Por eso nos ahogamos, por eso preferimos mirar mares adentro. El miedo se convierte en costumbre cuando el amor tiende la mano. ¿El amor después del amor? Más miedo. Se trata de una forma de supervivencia absurda, como si pinchar zódiacs o añadir costra al latido nos permitiera estar a salvo. Pero nadie ni nada puede impedir que veamos las cosas peor de lo que son, nadie puede evitar que creamos poder perderlo todo… salvo el miedo. Así comienza la soledad, con humedad y hambre. Puedo verlo en los ojos de la gente sola y en la vida de esos amigos invadidos por el miedo. A ellos les digo que todavía no han conocido a toda la gente que les va a querer. También me lo repito susurrando.

La reconstrucción nos desorienta. De pronto, el paisaje es otro. En la antigua casa solo hay ruinas y, en las fotos, recuerdos de los que nunca quisimos despedirnos. Sucedió tan rápido… y el tiempo, a veces, pasa muy despacio. Entonces el miedo adquiere nuevas formas, desangra la esperanza, trae una urgencia que nada tiene que ver con el color de las hojas en otoño y la ausencia de luz en los cristales. Cae la noche en la mañana, el calor está lleno de hielo. O eso creemos. Pero somos nosotros, nuestro miedo a que nos hagan daño, la imposibilidad como motor del cambio. «Todavía no he conocido a toda la gente que me va querer», me digo.

¿Cuánta gente es toda la gente que nos va a querer? Quizás sea la misma que nos quiere ahora, quizás sea una mejor versión del tiempo compartido. Mientras hay vida hay amor, mientras envejecemos las cosas pierden filo, también se muere un poco el miedo. Puede que el amor consista en multiplicar encuentros con una misma persona, dejar de sublimar al amante de una sola noche, convertir el deseo en gestos, abrazos y palabras. Puede que el amor romántico hoy esté muerto, y en cambio, puede que nos sintamos más vivos que nunca ante la posibilidad de ser amados estando solos en un lunes. Da igual, tenemos que vivirnos, dejar constancia de que si pudimos amar antes podremos amar en el futuro. Y nos quieren, vaya que si nos quieren.

Ilustración: David Shringley

Solamente las madres saben llamar para decir que fue maravilloso

Hay tantas madres como hijos. Ellas se parecen entre sí, comparten costumbres, reflejos de madres con hijos cada vez más viejos. Porque los hijos tienen vidas y sus madres viven las vidas de sus hijos, como si engendrarlos fuera la única razón (hay alguna más) para seguir viviendo. Mientras, los días se suceden de mejor o peor manera. Las madres siempre guapas, los hijos un poco peor, el tiempo en medio. Hay algo que permanece inalterable, una especie de hilo invisible entre madres cercanas e hijos a otra cosa: la madre llama al hijo para contarle que fue un día maravilloso, el sol le calentaba el rostro, la tarde se disolvió allá a lo lejos. Solamente las madres saben llamar de esa manera.

En realidad, no hay días ni buenos ni malos. Los días se suceden. Para unos son jodidos, para otras una postal inolvidable. Las madres, quizás por entender el origen de la vida como pérdida, capturan en su voz detalles ocres, a veces invisibles. Puede que las madres tengan acceso a algo que a los hijos se nos escapa, una manera de mirar las cosas como madres. Pienso en los huérfanos. Quizás lo sean por estar un poco solos, también por desconocer un mundo que parece más bonito, menos cruel con una madre hablando al otro lado del teléfono.

Después, los hijos cuelgan. Las madres repiten ese gesto de forma involuntaria. Seguirían un rato charlando. Y es que el cielo contenía un aire que era nada o casi nada, la vida volaba por el aire y los tomates no sabían a agua, sino a tomate. Lo pasaron tan bien… Los hijos escuchan el eco de un eco e ignoran la importancia de estas cosas. Los hijos somos desagradecidos por naturaleza; las madres agradecen cualquier rato. Me he propuesto llamar a madre para contarle que fue un día maravilloso, que la vida es mejor si ella está en ella. Puede que sepamos llamar de otra manera. A eso tenemos que aspirar mientras seamos hijos.

Ilustración: David Shrigley

Y, de repente, un día, deja de doler

Hay algo inevitable en el dolor. Tarde o temprano nos elige, convierte al huésped y sus sueños en rehenes. Va de la cabeza al estómago, de las persianas a las noches largas. Respirar tiene más mérito cuando el pasado confluye por error en este instante, un pasado que será mañana. Imposible librarse de su aliento. Dolor sinónimo de duelo: la pérdida del otro, la muerte de una parte de uno que se pudre sola. Todas las circunstancias son distintas; todos los dolores se parecen, dejan rastro, amputan partes invisibles imposibles de recuperar. También alumbran maneras de seguir viviendo, de vivir en el buen sentido del daño.

Hay mañanas en las que es imposible levantarse. Las contantes vitales, intactas. Dentro, solo hay muerte. ¿Cómo pensar en un mundo de peces de colores y cielo si todo lo que existe nos recuerda a un páramo? La realidad fue cosa de pares, con sus paseos de ciudad y sus costumbres de pueblo, con la certidumbre de que la ausencia no cabe en un abrazo. El dolor contagia a las cosas más hermosas, les devuelve su consistencia de niños con hambre, de cristal, de insomnio. Sin embargo, nadie quiere renunciar al placer para evitar el dolor. Por las heridas se cuela la luz, por el grito podemos encontrar una salida al laberinto.

Poco a poco. El dolor mengua. Por fin somos capaces de reconocer el dolor en los amigos. Tiene el dolor algo de venda, de ahí que el primer lugar de donde desaparece sea la mirada. El dolor se diluye entre dos lágrimas y un vino. Entonces, sucede algo muy extraño: dejamos de pensarlo, nos da tregua. Regresa el sentido del gusto, también las ganas de hacer cosas y conocer a gente un rato. Recaemos. La llaga palpita los días de sol y de tormenta. Al atravesar el umbral del dolor tenemos acceso a otros vestíbulos. La sonrisa se llena de jardines quemados que vuelven a ser marrones, luego verdes. El dolor nos acompañará a la cama bajo tierra. Y, de repente, un día, deja de doler. Lo juro.

Ilustración: David Shrigley

Eso que me recuerda a ella

No puedo elegir mis recuerdos. Algunos duelen. Otros son suaves, traen paraísos perdidos y un verano. Entre todos los recuerdos hay algunos recurrentes que siguen siendo vida, aunque esa vida exista en otra parte. Los más intensos tienen que ver con ella. La recuerdo en el pelo hasta la cintura de mujeres caminando por delante de mi. También en un cigarro entre dos dedos, el aire y el humo, en los abrigos rojos, en una caricia sin apenas ruido. Es posible empeñarse en querer a alguien. Es imposible querer olvidar cuando el recuerdo da sentido al mundo. Soy yo el que gira y gira y gira.

Al principio, luchaba contra mi memoria. Se supone que para levantarte debes borrar al otro, dibujar un nuevo contorno al que añadir colores, formas y hasta una sombra. Pero es mentira. La única manera de encarar lo próximo se construye con restos del pasado. ¿Cómo es posible florecer sin otras estaciones cálidas? Los ausentes nunca dejan de latir. Los recuerdos detienen el tiempo. Nosotros en medio. Al fondo, el cielo con su abismo.

Nunca dejaré de recordarla. Sin embargo, puede que la olvide. Me acuerdo del sonido de su risa, de sus andares ebrios, de su forma de dar las gracias con cada respiración. Poco a poco, la ausencia es casi un juego. A veces está, otras veces me roza. Primero dejé de llorar. Luego, los sueños fueron desapareciendo. Algunos días, ella me trae un ramo de tristeza. Otros, petunias, geranios y prímulas. Me va acercando al mar. Encontraré mi reflejo en la corriente de los peces. Será por ella.

Ilustración: Choi Haeryung