Sobre la diferencia

Eran cuatro chicas en pantalones vaqueros por encima de la rodilla y camisetas negras. La bandera arcoíris alrededor del cuello. Una de ellas abandonó el grupo, cruzó el paso de cebra. Se giró agitando los brazos llenos de tatuajes, habló con todo el cuerpo, como si necesitara hacer visible la tinta por encima de la fiesta. No podía emitir sonidos por la boca, pero sí comunicarse. La multitud celebraba el derecho a ser lo que uno quiera. Las cuatro chicas volvieron a juntarse. Probablemente, en su cabeza había palabras hechas de silencio. Entonces entendí la diferencia. Puede dar miedo, por eso algunos quieren acabar con ella.

La uniformidad es un desfile de muerte. Contra ella debemos rebelarnos. Y es que la norma está para romperse, incluso por aquellos con temor a ser como los otros. Porque si uno es diferente a lo largo del día, ¿cómo no convertir lo que nos diferencia en motivos para estar contentos? Algunos quisimos ser diferentes desde niños. Ya de mayores comprobamos que algunas diferencias te llegan a costar la vida. Reconocer lo ajeno, verlo como una forma de riqueza. Para eso eso necesario dejarse atrás, darse cuenta de que ocupamos una esfera cuyo centro se encuentra en todas partes.

Orientación sexual, color, credo…, sirven para completar los huecos. La palabra diferencia no contiene a nadie dentro, ni en este lado ni al otro. De frente y en nuestra contra, los prejuicios y la cobardía. En realidad, no hay nadie diferente, somos nosotros distanciándonos. Entonces si todos somos especiales, ¿por qué las cuatro chicas lo eran más? Fue mi mirada. De lejos parecían diferentes, de cerca solamente eran ellas, y esa diferencia da sentido al mundo humano. Nos falta tiempo. Con tiempo para conocer al otro la diferencia es una fiesta de excepciones. Y hay que celebrarlo, hoy y siempre.

Ilustración: sargamgupta.com

Contra el fascismo

El fascismo enarbola su propia bandera democrática. Lo que parecía impensable ha sucedido. Así, una banda de matones y nostálgicos entra en los ayuntamientos. Y quiere más. Es más, lo quiere todo. Porque aquí sobra chusma, es decir, maricones, inmigrantes, progres y titiriteros. Su fuerza ha sido el cazador, el currito, el desesperado, el joven. ¿Cómo entender, si no, que el hijo del portero, el del bajo, vote al extremo? ¿Cuándo ser fascista fue moderno? Ahora. La sociedad a la que aspiran está muerta, de ahí que traigan ley y orden. Primero prohibirán el carril-bici, luego volverán los plásticos, más coches de gasolina, la censura como unidad del daño, la familia tradicional en el centro de la tierra, la heterosexualidad como norma entre los hombres hombres, las mujeres, ay, las mujeres. Si por ellos fuera, derogarían la luz de cada amanecer. Por y para España.

Hay que dejar de ser tibios con ellos. Al fascismo se le combate con acción, conciencia y la normalización de la palabra antifascismo. Hacen falta arcoíris, uno por cada balcón de tu ciudad, menos cobertura de sus actos, darles la espalda cuando vengan a dar sombra con los puños. No hay nadie más cobarde que un fascista, no hay nada peor que esa superioridad de sangre. Si les molesta inventemos más pronombres, siglas, salgamos en carroza, pintémonos la boca y gritemos por la izquierda: «no hay nadie por encima de este pueblo». Algunos montan a caballo.

Al fascismo le conviene conquistar las bases para dominar y subyugar la cima. Su diana se llama libertad. Sin libertad no hay patria. Si eres como eres nunca podrás ser como ellos. El diferente tiene los días contados bajo su mandato. Ni un paso atrás frente a su hombría, ni un solo silencio frente a la renovación que ellos predican. Debemos ser intolerantes con la intolerancia, acorralarla, apelar a la razón y prescindir de vísceras. ¡Que vienen los fachas! Y en lugar de escondernos, mostramos las heridas en el pecho. Pasad de la izquierda, del centro y la derecha. Sed antifascistas.

Ilustración: Riki Blanco

Sangay Abascal, el homo facha perdido

Cuando pensábamos que lo de los coches y la Díaz Ayuso era insuperable, llega el ‘chulazo’ de Santiago Abascal y en un un minuto y cuarenta y dos segundos de intervención convierte el Congreso de los Diputados en un fenómeno ‘paraanormal’. Su proclama —que incluía a todos los españoles independientemente de su color, edad, sexo y ¿orientación sexual?— es una entelequia tan sobrecogedora que, de pronto, el algoritmo de Google no sabe si incluirle junto a Ernst Röhm, patrón de la ‘Gaystapo’, o si nombrarle sucesor de Pedro Cerolo… con una Smith & Weeson en el paquetón.

Así es como el hombre del traje ‘apretao’ insta al gobierno a alejarse del odio y la idolatría contra personas de cualquier condición, apela al amor libre y la humanidad, y se vanagloria de no despreciar a nadie por su tendencia carnal sin desaflojarse la corbata. Tras el silencio sonoro del hemiciclo es inevitable pensar en Vox como ese partido integrador e inclusivo en el que los gays son maricones y comealmohadas, la homosexualidad se cura y sus integrantes esgrimen el típico «yo tengo muchos amigos invertidos» con un pin parental en la solapa.

Revelada la cara del cinismo en modo cuero —Sangay Abascal sería la reina del «Strong«—, cuesta entender un poco más a sus votantes gays, más convencidos que nunca de que una cosa es el programa electoral y otra la acción política, como si la fantasía de verle algún día en una carroza del Orgullo fuera más poderosa que el peligro que representan para las minorías. Resulta que también lo son para todos los demás.

Ilustración: Filippa Edghill