Yo te quiero por los dos

La gente habla y las personas se dicen cosas. Entonces, ahí, en ese cortocircuito de la pareja en ciernes, a uno le surgen las dudas. «No me importa. Yo te quiero por los dos». El receptor se bloquea. ¡Joder!, ¿cómo salgo de aquí? ¿Corro sin moverme del sitio? El emisor lo tiene claro. Le basta con sentir lo que siente por los dos. El otro, en cambio, preso entre las garras de una mantis amorosa, espera el siguiente movimiento. Seguirán viéndose. Y nadie le come la cabeza.

El amor no correspondido vale mucho. De alguna forma, compensa los días que uno se detesta, que son muchos. Se trata de una posesión donde el objeto de la posesión es libre. Lo tiene claro, no siente lo mismo o no siente nada y, a pesar de todo, los días pasan y siguen follando cada vez mejor. El sexo como construcción de la pérdida, pura asimetría. Uno lo vive como un romance infinito. El de al lado con incredulidad. «Quizás me quiere tanto al invitarme a saltar y no saltar», dice, «al saber que nunca seré suyo», piensa. Todos somos unos guarros. «Yo te quiero por los dos». Pues arreglado.

Esa es una respuesta recurrente. «¿En serio que te ha dicho eso?», pregunto. Varias personas en varios países lo afirmaron y pidieron otro vino para explicarme un fenómeno idéntico con distintos protagonistas. Ahí siguen, tienen una relación con alguien al que no quieren, pero como ese alguien quiere todo lo que no recibe… En el fondo, verbalizarlo ayuda. A veces, el centro del amor coincide con la palabra no. Cortamos el hilo para empezar de nuevo. Cuando te das cuenta, el hilo te ha enredado. Sucede también con la luz de la mesilla. Al apagarla, nos deslumbra más que al encenderla.

Ilustración: Manchen Lo

Viajar con alguien

Estar en otra parte, conocer países y volver sin ganas. Nos pasa a viajeros y turistas, también a los que ya no están para dormir en una hamaca. Hay algo en poder decir «yo estuve allí» que engancha, como si el Google Maps fuera, de pronto, una herramienta para los paletos. Al intercambiar lugares de trabajo por recreos tenemos la sensación de que todo se hace por última vez, que hoy será distinto que mañana. Así nos maravillamos ante una calle fea y sucia, o el chándal de un adolescente con cara de salir del after. Está bien hacerlo solo. Es mucho mejor acompañado.

Ahora el mundo ha encogido, todo está en Booking. Sin embargo, la gente en las ciudades guarda la distancia de seguridad, va a sus cosas, mira el móvil al cruzar la calle. Cuando viajas, las cosas se miran desde la infancia, se les da forma con los párpados y una pupila cada vez más grande. También ves a tu pareja de viaje de otra forma, como si con cada fotografía fuera desnudándose muy poco a poco. La compañía en un país extranjero se parece mucho a los bastones de los viejos, tira de las piernas cuando el tren se para, hace del viaje un paseo hacia cualquier parte (siempre buena). La velocidad que importa se traduce en pasos, pasos compartidos, pasos hacia atrás y hacia delante.

¿Cuándo nos convertimos en consumidores de vacaciones? Con la llegada del avión y el éxtasis. Para compensarlo intentamos viajar de forma responsable, manchar poco y rellenar los huecos de una historia con tantas lecturas como destinos. Me quedo con la de dos blancos en el país del té con menta, de dos españoles, el cielo y un escarabajo del desierto, de dos turistas que regresan a casa sabiendo que, a veces, en el momento más inesperado, aparece alguien para mostrarnos el mundo de otra forma, redonda y plana, tierna y cruel al mismo tiempo.

Ilustración: Holly Stapleton

Cuando alguien te gusta

Cuando alguien te gusta suceden cosas. La primera, y quizás la menos importante, es que uno se quiere un poco más. Por fin puedes hablar de todo lo malo que hay en ti, que es mucho y recurrente, del miedo a estar solo y al dolor. También de lo bueno. La otra persona te mira con ternura, «podrías ir a terapia», sugiere. Y te acepta. Lo sé porque una tarde, con la luz oblicua entrando por la ventana de la habitación, ella colocó su mano por dentro de la manga de mi camiseta. Y así, respirando un aire de siesta, los dos, dormimos sin saberlo. Por eso pareció soñado. Al despertar supimos que todo lo que necesitamos era ser solo nosotros, sin prisa, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta la ciudad de siempre parece nueva. Reconoces las calles, sus cristales llenos de luz, la gente sin orden en bicicletas con las ruedas deshinchadas. En cambio, surgen detalles que la hacen irreconocible. Sí, se puede ser extranjero en el barrio que conoces como nadie. Depende de la compañía. Incluso la Puerta del Sol, tan llena de gente, tan falta de personas, recupera su pasado de uvas por el suelo y te recibe, despeja la ruta hacia la siguiente plaza, hacia ninguna otra parte más que hacia nosotros. Ser feliz entre desconocidos que compran de forma compulsiva. Solamente hace falta alguien al lado que lo viva a su manera, sin prisa y sin luces de Navidad, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta te asaltan las dudas respecto a cómo sería la vida juntos, peor por separado. Porque sabes que después de un mal día vendrá ella, que podrás mirarla y borrar el ruido de sus ojos, abrir una botella y dejarla casi entera. Todo tan banal, todo extraordinario. El tiempo pasa entre los dos, un edificio al fondo o por detrás de su perfil mediterráneo. Quizás lo más importante de que alguien te guste sea la incapacidad de no poder ver lo que tenemos delante, de inventar un mundo a nuestra medida, en la buena dirección, que se sostenga en la oscuridad del firmamento, sin prisa, sin deslumbrar, sin deslumbrar siquiera.

Ilustración: Guy Billout

No lo viste venir

Creías conocerle de memoria. Recorriste tantas veces su perfil, reíais juntos sin apenas intentarlo. Él sacaba la basura de tu mente. Sabías cuando había tenido un día malo, a veces sin hablar siquiera, a veces con gestos invisibles. Pensarle implicaba conocerte un poco, estar segura de que ya nunca estarías sola, perder el equilibrio sabiendo que, al levantar la mirada, te encontrarías con sus ojos, con una mano dispuesta, con una mano pequeña y firme, con una mano que no era una mano, sino la certeza de que los placeres sencillos son los únicos que dejan huella. Pudiste ver vuestro futuro juntos, un destello de domingo, una estrella que se va muriendo poco a poco y nunca. Lo que sucedió nadie lo vio venir. Y eso no te lo perdonas.

Porque el día que te dijo que ya no te quería pensaste que se trataba de una broma. Si todo estaba bien, ¿cómo era posible que todo terminara? Te miró como se deshace el hielo, mirando a través de tu cuerpo de sombra, de la misma forma que miramos el pasado. Pero tú estabas ahí, estabas viva y sentías tantas cosas que eras incapaz de sentir nada. «Así que el problema era yo», pensaste. Qué difícil es darse cuenta de que uno es obstáculo, qué cosa más triste es encarnar la vida como objeto, un cenicero azul, un diario sin hojas. Nos han utilizado, fuimos consumidos, creíamos que sería para siempre. Y se ha acabado.

¿Qué hacemos con el tiempo que no vemos? Llorarlo, escribirlo hasta convertir la pena en ficción, ir a terapia, alejarse del vino de oferta, ir al mar, planear ese viaje que nunca haremos. El problema es perdonarse por estar tan ciegos, dejar de ser esclavos de nosotros. El otro ha desaparecido y tú tienes que aparecer cada mañana en el trabajo, en la vida en el mal sentido de la palabra. Primero pides permiso para entrar, después te compadeces, culpas a la lluvia por aparecer de pronto, meces la vergüenza y caes en el miedo de ser tú. Puedes pintar un ojo sobre el párpado, de verdad se puede. Despacio. Primero al carboncillo, luego de colores. Un ojo primero, luego dos. Sin quererlo, queriéndote, te terminas perdonando. Y cuesta tanto…

Ilustración: David Shrigley

Algunos días comíamos fideos fríos

Con la llegada del verano, abríamos ventanas. Y el sol entraba en casa, se movía con su aire lleno de futuro. El campo todavía verde. Ella cortaba verdura, yo abría vino o una cerveza en lata. El amor es un plato de comida. En la cocina se mezclaba la pared de rojo con un muro blanco. Colores, formas invisibles, el olor de recetas llenas de belleza y hambre. El amor es eso que no sabes que pasa. Una cazuela llena de burbujas, el ruido del aceite en la sartén. Y la espera. Mientras, ella fumaba un cigarrillo mirando el jardín bajo un cielo soñado. Yo observaba todo como el que sabe que nada acaba nunca. El amor alimenta tanto como la comida.

En verano, en todos los veranos, compartíamos mesa y palillos chinos. Ella en el lado izquierdo, de espaldas a la luna. Yo a su derecha, el lugar de un niño viejo. Las plantas frente a nuestros ojos, con sus flores llenas de sed, nunca marchitas. El amor es un recuerdo que regresa. Algunos días comíamos fideos fríos. Después de cocerlos, se aclaran con agua y se les pone hielo encima. La pasta adquiere una textura parecida a la del sueño. Risas. El amor entiende poco de comidas en silencio.

Los fideos fríos son elásticos, finos, casi transparentes. En el plato, amontonados, parecen madejas de lana blanca, dunas de una playa sin bañistas. Los fideos fríos no saben a nada. Pero ahí reside el truco de la felicidad. Con un poco de soja y mirin recuperan su sabor. Porque de sal están hechos la alegría y el océano. El amor es esa niebla compartida. Al terminar, ella hablaba de fideos. Yo fregaba los platos pensando en hacerme un bocadillo. Luego terminó el verano, como termina siempre. Ella ya no está. Yo sigo echándola de menos cada vez que como.

Ilustración: John Register

Nunca hay una buena manera de dejarlo

Dejar a alguien representa un duelo menor. También la manifestación más humana del daño al otro. Porque o se deja o uno se deja ir. De lo contrario, dos se convierten en prisioneros de algo que no existe y que se mantiene de la peor manera: alargándolo. Nunca cuadra. Es martes y hay resaca, mejor más tarde. Y pasan semanas, meses, años. De ahí el miedo al abandono. Entonces, llega el día. Respiramos bajito antes de dar el paso. Hay muchas formas de dejarlo que, en realidad, son dos. Del «no quiero estar contigo» uno se cura. De una desaparición… Luego está la mentira. Pero esa resta.

«No quiero estar contigo» implica el uso de la sinceridad como bola de demolición. Decir la verdad supone un gran disgusto, uno solo. Después lágrimas, silencio, adioses. El problema está en su uso indebido, cuando la verdad aspira a ser demasiado precisa, demasiado verdad. Aporta fechas, lugares, un pasado de cera hecho presente perfecto. Esa verdad nunca grita, arrasa como buena hija del desencanto. Representa la mejor opción si se maneja con cuidado. Y casi nadie sabe hacerlo.

Desaparecer, práctica de cobardes… entre los que me incluyo. Muy extendida, sucia, deja todo en suspenso, como el olor a flores de los mercados. Se ha normalizado tanto que, poco a poco, va perdiendo su invisibilidad para agrietar los ojos de la gente. A los cobardes también nos abandonan. Ya me lo advirtió mi padre: «de la mentira nunca se vuelve». La mentira tiene forma de piedad y tripas de abandono. También cuando es piadosa. Si tienes que dejarlo, intenta hacerlo bien, aunque nunca haya una buena manera de hacerlo.

Ilustración: Joan Cornellà

Echar de menos

Puede que perder a alguien al que has querido bien se parezca a la muerte. Al menos los primeros días, estaciones. La extrañeza pesa como el mármol porque, si él o ella no está, tú ahora tampoco. Entonces te desvelas siendo todavía noche, más solo, más flaco. A tu lado yace lo que fuiste una vez antes, huesos, hueco sin reemplazo. Poco importan las palabras, menos el tiempo. Echar de menos cuenta como enfermedad. Remediable, eso sí. El mundo ahí fuera se vacía, es esa cama con dos almohadas, una sin pelos.

Sentir la falta recuerda a la nada en un domingo. Extrañas la ternura entendida como bálsamo, única porque procede de ese rincón secreto, de dos a los que nadie ve salvo las paredes de una casa. La confianza se construye con abrazos y algo de mortero. Ni siquiera los amigos pueden dártela, aunque lo intenten. También extrañas la locura de poder ser tal y como tú te miras, con el otro cerca, con todos los defectos y el brillo de los ojos aún intacto. El rastro se intuye en la pintura, en el recuerdo. Será que vives.

Así echas de menos, creyendo que nunca nadie podría hacerlo de la misma forma, ni siquiera el extrañado. ¿Cuánto tiempo puede durar una costumbre? Con esta duda vamos dejándonos atrás, más despacio que el tiempo, con los días y su afán tapando la grieta… a pesar de que te conduzcan indefectiblemente al otro, ese que ya no está, que fue, que respira bajo un cielo sin aire. No hay nada peor que recordar un tiempo feliz en un instante triste. Y a pesar de ti amanece.

Ilustración: Guy Billout

Hoy me dejó las llaves en la mesa

Hoy me dejó las llaves en la mesa… acompañadas de una nota. La nota decía cosas que no vienen a cuento, que me queda el arte y mucha vida. También a ella, a los dos por separado. Me quedé mirándolas de pie, la nota y las llaves, las llaves a un lado del margen, su firma al final de la misiva. La luz entraba en diagonal por la ventana, convertía la cocina en otro sueño, el mismo que vivimos juntos, el mismo que hoy ha terminado. Entonces lloré sobre la mesa, un llanto hueco, como de bestia que mira las estrellas. Es cierto, soñé un mundo con los ojos abiertos estando ella cerca. Y el mundo continuará girando dentro de sus párpados.

No fui capaz de colocar las llaves en su sitio, el llavero de pared junto a la puerta. Ahí están otros juegos viejos, incluso de otras llaves que abrían otras puertas. No fui capaz. Abrí un cajón que contenía un sobre. Dentro del sobre coloqué las llaves, todas menos la del buzón que necesito. Faltaba algo. Añadí la nota firmada con su letra buena, un nombre en cursivas claro. Cerré el sobre con saliva. Cerré el cajón mirando hacia otro lado. Regresé a la cocina. Volví a llorar sobre la mesa ya vacía.

He dejado pasar el rato, vagado por la casa en calzoncillos siguiendo el rastro de su pelo, el mío. Las despedidas son así, raras, tristes. He prometido guardar las llaves de recuerdo, darles otro uso, quizás fundirlas y enterrarlas donde mi padre está enterrado, que es una urna guardada en un cajón de pino. La ausencia abre ventanas, cierra otras cerca del ventrículo, cicatriza. Ahora tengo menos miedo de lo próximo, ahora quiero reír estando vivo. Tengo la llave.

Ilustración: Guy Billout

El sacrificio

Toda relación amorosa implica una forma de humillación. Nada de gloria o recompensa, más bien un ir haciéndose que, a veces, da sentido a todo. Otras, las menos, conduce a placentas oscuras, cristales cóncavos, ángulos muertos. Es precisamente ahí cuando surge el sacrificio, pero no el de la atadura de Isaac y los gimnasios, sino una vida que implica la supervivencia de la pareja, también la ruina con vistas a cargar agua entre las manos del otro. El caso es que siempre podemos soportar más y un poco más, incluso ir a favor de la primera ley de la conservación de la materia sin tener carrera: «La masa consumida de los reactivos nunca es igual a la masa de los productos obtenidos». Química humana toda ella.

Entonces llega el miedo a querer, a dejar de ser amado o a una equis de combinaciones por pares, variable de carne y zonas comunes con forma de desgaste. Y llega el deterioro. Sorprende comprobar que surge de repente, ¡entra!, con algún indicio previo entre los más cercanos. Es cierto, saben más ellos de nuestra relación que nosotros mismos, precisamente porque la pareja se percibe desde fuera como un accidente. Dentro todo sucede tan deprisa que ese movimiento se intuye al correr, nunca pasa por delante del escaparate. Ese es el miedo del que hablo, lo llaman soledad y los otros la ponen a la venta.

Sufrir o no sufrir, sacrificarse, ponerse en lo más alto de una cruz tallada por si acaso, que decore solamente. ¿Hasta dónde llegar en el empeño? Solo espinas y una herida en el costado, venga. Y sudas, y como esto no va de éxito tampoco sabes si el límite lo marcas tú o el tiempo. La duda de saber si el otro haría lo mismo acecha en sueños y con el café de la mañana. Resulta que da igual. Insistes por amor, oxígeno que enciende el aire de las noches cálidas, la única razón por la que vivir ardiendo.

Ilustración: Guy Billout

El manual del buen comedor de coños

Mucho se habla de la dieta mediterránea, de los fantásticos restaurantes desperdigados por Madrid, San Sebastian y Barcelona, mesas ricas en colores y sabor, paraísos perdidos bajo un sol pintado en los que la cultura del «buen comer» alcanza cotas totémicas, siempre acompañados de digestiones eternas envueltas en nubes de humo y aguardiente. En cambio, a pesar de la proliferación de guías, menús-degustación para carnívoros, alérgicos, veganos e intolerantes a la lactosa, ¿por qué resulta tan difícil encontrar el manual para comer un coño como Dios manda?

Y antes de introducir mi lengua en un tema tan «es(c)abroso» hago un llamamiento a todos aquellos a los que les da asco: el ignorante, si calla, será tenido por erudito, y pasará por sabio si no abre los labios. Pues eso.

Descartado el egoísmo del arte del cunilingus, y tras una ronda de preguntas entre mujeres —de la que excluí a mi madre por razones evidentes—, he llegado a varias conclusiones que, como siempre, están sujetas a interpretaciones subjetivas, pero que arrojan algo de saliva sobre el tema. Y es que chupar una vulva correctamente implica olvidarse del ruido de ahí fuera y convertir los genitales femeninos en el centro de un universo con forma de colchón y bragas en el suelo, alternar lengua y succión, paciencia y soplidos, escribir las letras del abecedario sobre la c del clítoris y convertirlo en una fruta, una pera dulce, un plátano o un mango lúbrico, tú eliges, generando (en movimiento) humedades en todas las regiones de la cara del emisor, barbilla, pestañas y frente incluidas.

Los dedos son siempre bienvenidos —despacio, que esto no es un túnel de lavado—, y junto al ritmo del mejor taquígrafo del Congreso, supervisado por algún juguete que imite a un conejo, risas y comunicación verbal en el epicentro de unas manos firmes sobre la nuca, llega el deshielo. Siempre con tiempo, el suficiente para que la cena se enfríe y ella explote varias veces en nuestra lengua porque ¿no es acaso el orgasmo femenino el sonido más bonito del mundo?

Qué curioso; hablamos de sexo oral y aquí nadie ha abierto la boca salvo para decir ¡me corro!