Esas parejas que hablan de la muerte

Pasa el tiempo y el amor cambia. El sexo en cualquier parte da lugar a la costumbre. Después hay una tregua y, luego, inevitablemente, la rutina. Han pasado varios años y la pareja mira hacia delante como si hojeara un libro a cuatro manos que se resiste a terminar. La muerte tiene poco de romántico, pero hay algo profundamente íntimo en pensar en ella: no se trata de morirse o del miedo a la muerte, sino de quién se queda, de existir sin el otro. Así, sin darse cuenta, a veces bajo el ventilador, otras cerca del mar, comienzan a hablar de ello con la misma naturalidad con la que antaño planearon irse a vivir juntos, tener hijos o qué comer.

Hablar de quién se irá primero es también una forma de prometer algo más duradero que el amor: la presencia futura en la ausencia. «Yo me muero antes, ¿vale?», dice uno bromeando, como si pudiera elegir o ahorrarse el drama de ver morir al otro. «No soporto la idea de estar sin ti, mejor yo primero, como mi padre», responde él, aunque ambos saben que la voluntad se queda al margen. Hay en en sus palabras una forma de ternura que no cabe en los abrazos. Es el reconocimiento de una dependencia desprovista de posesión y adolescencia, algo suave como una manta vieja. «Si tú te vas, ¿quién me va a entender sin que yo hable?».

Aunque lo obvien, también está el deseo secreto de ser el que se queda, porque morir antes es no saber qué será del otro. Esas conversaciones, en apariencia sombrías para cualquier persona ajena a la pareja, representan una de las formas más puras de complicidad. Porque cuando nos cansamos de mostrar nuestra mejor cara todo el tiempo, cuando la pasión cede ante los gestos más invisibles, la risa y los silencios, lo único que queda por compartir es el miedo a dejar de seguir compartiendo una casa o una vida. Y ahí, justo ahí, el amor se convierte en la única razón para salvar el mundo.

Ilustración: Alex Colville

Cocinar como acto de amor

Sucede en la cocina de una casa, yo observo desde la ventana de la casa de mi novia. La luz amarillenta, una fachada de Madrid en calma, un pedazo de cielo azul en la parte superior de un cuadro de tarde. Lo primero visible son los brazos de él, finos, el jersey remangado hasta los codos. Coloca un pedazo de carne congelada sobre la encimera, abre un vino, enciende el gas y prende el fuego. Sus manos flotan en un juego de ingredientes. La luz cambia y a esas manos se unen otras manos de uñas rojas. El pedazo de carne se reblandece. Cae la noche en todas partes. Alguien enciende una bombilla. Yo observo desde la penumbra. Cocinar como acto de resistencia ante la velocidad del tiempo.

El pedazo de carne desaparece dentro de una olla. Se observan cambios, sutiles pero cambios. La botella más vacía, un vaso de vino medio lleno, la tabla de cortar cubierta de cebolla, puerros, ajo y pimientos, la manos unidas a los brazos, los brazos unidos a dos cuerpos sin prisa. Él añade pimienta con tres giros de muñeca izquierda, ella, concentrada en dar vueltas al guiso, se inclina e inspira el humo procedente de la olla. Dice algo que no oigo, debe de quedarle poco al guiso. Cocinar como forma de conocimiento del que come y ama dando de comer.

Las cuatro manos con sus codos recogen la encimera, un trapo da los últimos retoques. A mí me entra un hambre diferente, ganas de cocinar sabiendo que mi cena será un sándwich. Lo que he visto ha sido un baile de pareja, personas al margen de la ansiedad y en el borde de un plato sopero. Tienen que haber sido felices durante ese rato, así, los dos en una casa llena de olor y de sabores, un martes, compartiendo una historia sin receta, un presente en una casa templada, un pasado en la boca y una bolsa de basura. La cocina está llena de secretos. Y ahora también de mirones con el estómago vacío.

Ilustración: Mira Petrone

Un hilo rojo, invisible, nuestro

Para la cultura japonesa, el hilo rojo invisible es un reflejo de la conexión que trasciende la vida, nuestras vidas, traza o inventa una hebra del universo que se niega a ser abandonada, tensa sobre el tiempo y el espacio, sujeta por la voluntad del amor. A veces, siempre, se enreda en nuestro cuello, soga suave, otras apenas flota entre la piel de los dedos y el olvido, y, a pesar de la inmensidad y lo pequeño, encuentra ese lugar común, un cable a casa, una lumbre.

El hilo representa la unión, sinónimo de resistencia. En su aparente fragilidad reside la alquimia contra la distancia de los cuerpos. Se deforma, se oculta entre las sábanas y los usos horarios, late, grita en voz baja. En sus nudos hay ecos de promesas y reencuentros, formas nuevas de combatir la sequía y la tormenta. Es un vínculo humano que trasciende a los humanos, casi cruel en su serenidad, firme en el propósito de recordarnos que, aunque todo lo demás se desmorone, nosotros no nos acabaremos. Tampoco París.

En el silencio que precede y sigue al fin del mundo, el hilo permanece. Adiós, palabras. Su significado está en la persistencia misma, en el acto de evitar romperse. Allí donde los amigos fallan, donde los días se encogen como la piel de una fruta olvidada, el hilo baila tenue, pero eterno. Nos une al otro, a esa parte de nosotros mismos que aún busca, que aún cree. ¿Cómo dos vidas separadas pueden tocarse gracias a algo que nadie puede ver, ni siquiera ellos? Pase lo que pase, en el susurro de la escarcha y los sueldos bajos, encontramos algo que nos eleva a la altura de los niños: la certeza de que, pase lo que pase, nunca estaremos completamente solos.

Ilustración: desconocido

Ese ex que aparece el día de tu cumpleaños

Se trata de una figura recurrente en todas las pantallas. Mezcla de animal al acecho y marcha atrás, utiliza el calendario como arma subrepticia para desearle, normalmente a ella, un feliz cumpleaños, y ojalá estés bien, y a ver si nos vemos un día. Ya lo habréis adivinado. Efectivamente, hablamos del ex que reaparece el día en que naciste para recordarte no que le importas mucho, sino que está disponible, algunas veces cachondo, probablemente nostálgico. La cosa cambia dependiendo de si la cosa terminó regular, muy mal o como el culo. Si fue la C, entonces la única razón de su presencia es que al cumplir un año más estás más cerca de tu muerte. O de la vida sin él.

Existen múltiples teorías respecto a este comportamiento tan fieramente masculino. Cito de menos a más plausibles. Cuestión de respeto o cortesía hacía ti, tú, persona por la que siente un cariño impermeable al paso de los años y las décadas (improbable, aunque, ¿por qué no?). Ese mensaje representa un intento de reconstruir una mierda seca, quizás intentar esa forma de amistad tan especial que algunas parejas experimentan cuando cada miembro ha rehecho su vida con otro (probable, aunque raro). Autorreflexión. Quiere cerrar heridas que chorrean cuando se toma cinco copas (muy probable, habitual).

La cuestión de fondo la plantea Laura: «Si el tío ha sido majo hablaremos el 12 de marzo, el 15 de julio y el 1 de enero. Si llevo sin contestarle a los mensajes desde que lo dejamos, ¿por qué habría de hacerlo el día de mi cumpleaños?». Una lógica aplastante que muchos deciden ignorar e insistir, e insistir, para nada. Así se pasa el tiempo, entre el narcisismo y una memoria emocional muy cabrona, ese olvido que seremos, las posibilidades nunca consumadas, una novia sin memoria y un novio psicópata. Por favor, nunca confundirlo con el amor. Feliz jueves.

Ilustración: Rob Browning

El amor tranquilo

No hay príncipe. Tampoco hadas o un lago en el que los cisnes duermen. Quizás alguna de esas tres cosas pudiera aparecer en portada. En realidad, el mito del amor romántico vive de la dependencia, un lazo que ahoga o hiere, quema o mata a hierro. El amor, cuando es amor, tiene que ser tranquilo, con sexo en la parte de atrás de un autobús, bajo las sábanas con restos de la noche, pero tranquilo. Ese amor contiene todas las vidas pasadas o futuras concentradas en el otro. Y muere, como lo hacen los príncipes y las hadas, los cisnes y los fotógrafos que persiguen exclusivas. El amor tranquilo no se busca, solo crece mientras cae el sol por detrás de los árboles del parque.

Queremos todo. Se trata de una aspiración que termina mal. ¿Qué es todo? Verse de lejos, piel, vivir juntos, decir sí, una familia, el ardor sin Ada, envejecer en el salón, convertirse en polvo y que ese polvo regrese a una maceta. Alguien arrancará la flor. Quizás empatar sea el único modo de quererse bien. Conocerse poco a poco, dormir regular, llorar cuando sea necesario, perdonarse, vivir a ras de la hierba y poder contarlo sin fotografías. Ese amor se conserva dentro de los ojos; los demás lo pueden ver. Sí, el amor tranquilo siempre ofrece lo mejor de cada uno. Si no será otra cosa.

El amor del que hablo deja marchar, entiende que las cosas cambian, duelen. Es complicado. Las cosas simples, reírse, desayunar en el bar de abajo, regalar un vaso para beber sake, cuestan. Su precio es invisible. Amor tranquilo, imperfecto, lleno de arrugas y ropa dentro de la lavadora. Los fuegos artificiales se disuelven como el detergente. Oscurece. Y amanece otra mañana y todo existe bajo una luz tenue. Quiero ver películas románticas donde dos se miran a la cara, se palpan las sienes con las palmas de las manos y dicen «buenas noches« sabiendo que, quizás, serán las últimas. Amor tranquilo. Porque todo parece estar en su lugar.

Ilustración: Camille Deschiens

La cercanía

Observo a las parejas que caminan juntas. Sus piernas oscilan como un péndulo. Sus mentes vuelan lejos, están en otra parte, a miles de kilómetros de nuestra calle. La distancia tiene poco que ver con el espacio, a veces insalvable, otras nada. La cama representa un buen ejemplo. Nunca estuve más lejos de alguien que debajo de las sábanas. La otra persona lo sabía, por eso miraba el techo. El techo sentía desde lo alto el frío. La cercanía se demuestra con el roce, el mismo que puede convertirla en un obstáculo. En el amor, cualquier distancia, una pulgada, nos corta la respiración un poco.

Con los amigos sucede lo contrario. Casi siempre andan lejos o en reuniones de trabajo. En cambio, siempre están, acuden a la llamada, atraviesan el mar o la ciudad o el muro. Ni la pereza ni la distancia pueden embrujarlos. Hay algo de silencio en las personas más cercanas. El ruido define a las que les importas una mierda. Quizás sea el miedo a quedarnos solos, quizás los amigos son los únicos capaces de convertir las palabras en actos, los actos en un salvavidas. Incluso en el desierto. Pasaron diez años desde la última vez. Al miraros a los ojos lo supisteis: vuestra amistad se conservaba en ámbar.

Al acercarnos, algo nos detiene. Cuanto más cerca, más frágiles somos. Ahí nace la compasión, y todo es roce y risa, también miedo. Los boxeadores no pelean, solo mantienen la distancia, igual que los pájaros viven pegados al cielo. Entre medias, nosotros, incapaces de entender cómo es posible que todo sea tiempo, ni cercanía ni distancia, tiempo y tiempo. Una vez le pregunté a un anciano si sentía la presencia de la muerte. Me contestó que sentía más cerca a los suyos. Pensé en la vida, en las personas que tocamos con las manos, en caras, en aquellos que nos dejan y nunca nos abandonan. Cercanía, mi tesoro, creo que también el vuestro.

Ilustración: Kokei Kobayashi

A la contra del mundo

Se puede vivir a la contra del mundo, bañarse en el mar en diciembre, desayunar bocadillos de pescado e ignorar el roce de las horas. A veces, se puede viajar cuando los demás están en un atasco, pedir vino a la hora del café y observar cómo los volcanes pueden ser el límite del cielo. A favor, sin oponer resistencia al pulso de la vida, a la muerte como cuento. En ese impulso, entre las sábanas y las casas con ventanas pintadas de azul, olas, bocanadas de aire, buganvillas que recuerdan que las cosas crecen sin querer, sin intentarlo apenas. Hay tantos mundos en este mundo, tantos inviernos de aviones y amor en las orillas.

Porque muchas veces los días despellejan al no aceptarse. Así pasamos, entre la sensación de no estar donde queremos y la promesa de estar en otra parte. ¿Qué ocurre cuando todo se detiene y solo existe ella y él es para ella y ella y él bailan? No hace falta casi nada para ser felices. Y se nos olvida, y aspiramos a todo sin tener en cuenta que de piel están hechos los sueños, de piel y algunas migas. Después, despiertas y comprendes que nada fue un sueño. Por eso parece soñado, por eso sobrevivirá a la estación más fría.

Solamente el amor puede detener el tiempo, sostener los planetas y alumbrar una habitación en llamas. Qué mejor forma de ir a la contra que abandonando los límites del cuerpo y descubrir por primera vez lo conocido. Cierto, el mundo seguirá girando mal, pero lo hará a otro ritmo, como una fruta que cae del árbol y rueda hacia nosotros. Lo importante está tan cerca que cuesta descifrarlo, lo prescindible es una casa llena de recuerdos. Espero que todos, alguna vez, se sientan vulnerables frente a un universo lleno de monstruos y pantallas, lleno de razones para seguir latiendo.

Ilustración: Hiroshi Nagai

La teoría del olor

El mejor olor del mundo es el de la persona que te gusta. Luego están las flores, la infancia del verano y los perfumes de la gente con prisa. Sin embargo, nada comparable al rastro dentro de su ropa o el aire prisionero. Ella se va, tú nunca te quedas solo. Basta con inspirar las sábanas donde apoyó su espalda y la soledad parece una mentira. Ese olor está hecho de retales de piel y movimiento, como si, de pronto, fuera posible aplicar sin fórmulas la teoría cuántica. Y es que el olor nos rompe y nos conmueve, emborracha, anula el poder de un lápiz de madera al que sacamos punta. El mundo sin olor sería el de un mundo sin bosques que se queman, el de un mundo que gira hacia ninguna parte.

A veces, la memoria de su olor regresa. También el del olor de aquel que dejó de gustarte. No fue culpa suya, era ese olor a tristeza y a toalla a medio secar, un poco a mierda. La ausencia tiene un olor característico porque recupera a alguien, alguien que está frente a ti, pero ya no huele como tú quieres que huela, alguien que estuvo contigo y ahora mancha en otra casa. El olor de su axila, el olor de su sexo, un olor que tiene que ser amor del bueno. Olores del pasado hechos presente. Del futuro nadie sabe nada porque carece de olor. Será la muerte.

Si uno lo piensa, el único sentido necesario es el del olfato. Cierras los ojos, te tapas los oídos, cierras la boca y los puños: todavía sigues vivo. Nada como volver a los olores para entender de qué va esto. Sin embargo, uno no sabe a qué huele uno. Tiene que ser percibido. Así, dos olores se entremezclan, dicen te quiero, se compran una casa y embotellan el olor de la abuela, el mar y los descampados regados por la lluvia. Todo es un no lugar. El único lugar que existe de verdad es el del olor del otro, ese que nos entregan sin saber que la piel es un pétalo del alma. Y no, no se compra, no se vende, no se desvanece nunca.

Ilustración: David Shrigley

La gente rota

Te lo repiten tantas veces… «Disfruta de la soledad, elígete a ti mismo». Pero no. Le gente rota solamente quiere que deje de doler, un poco de paz frente a un pasado hecho pedazos, poder estar en el presente de las cosas. Y es que los nuevos comienzos, a veces, se originan en finales tristes, tienen el aspecto de una broma innecesaria. En esta orilla la comida sabe a tierra, las horas pasan como las nubes sin viento, la realidad parece tan ajena que darías cualquier cosa por dormirte y despertarte en otro sueño. Pero no. Estar roto supone convertir el tiempo en la eternidad del ausente. Porque hubo alguien que te quiso tal y como eres, que vivió en tu dermis y la casa de tu mente. La gente rota está por todas partes. Perdón, estamos.

La gente rota aspira a salir a bailar, quizás a encontrar una manta con la forma de un abrazo. Pero no. La música suena para los demás, la lana es una cama con ortigas. Tenemos los rotos un brillo en la mirada, como si la pena pudiera contagiarse, una marca después del nacimiento. Y dejamos rastro de pétalos sin olor, de pasos que querrían desandar sus pasos. La cura, para los que andan rotos, nada tiene que ver con el tiempo, sino con lo que se hace de él, que no es más que amar, amar una y otra vez. Sucede lo mismo con el daño: llega, hiere y se va. Recoge tus pedazos al salir, anda. La dignidad es eso y el silencio.

Dejar de fluir y aferrarte a lo que te hizo mal es el único mantra con sentido. Los rotos somos incapaces de decidir cuándo enamorarnos o dejar de hacerlo, nuestro yo carece de importancia, sabemos que el amor es la razón y nos hará libres, aunque no sea justo y mucho menos ciencia. Ahora, tú estás roto, amigo, el cuerpo intacto, la mente un fósil de cristal. Volver a empezar… ese destino inalcanzable. Pero no. Los pedazos van llenándote las manos. Quedan grietas en los puntos de unión, por ellas pasa el aire. Quizás la única razón para romperse sea reconstruirse algo mejor. Nada divide tanto como la verdad, nada une tanto como el amor. Y vuela con las alas rotas.

Ilustración: David Shrigley

Todavía no has conocido a toda la gente que te va a querer

Todo es miedo. Por eso nos ahogamos, por eso preferimos mirar mares adentro. El miedo se convierte en costumbre cuando el amor tiende la mano. ¿El amor después del amor? Más miedo. Se trata de una forma de supervivencia absurda, como si pinchar zódiacs o añadir costra al latido nos permitiera estar a salvo. Pero nadie ni nada puede impedir que veamos las cosas peor de lo que son, nadie puede evitar que creamos poder perderlo todo… salvo el miedo. Así comienza la soledad, con humedad y hambre. Puedo verlo en los ojos de la gente sola y en la vida de esos amigos invadidos por el miedo. A ellos les digo que todavía no han conocido a toda la gente que les va a querer. También me lo repito susurrando.

La reconstrucción nos desorienta. De pronto, el paisaje es otro. En la antigua casa solo hay ruinas y, en las fotos, recuerdos de los que nunca quisimos despedirnos. Sucedió tan rápido… y el tiempo, a veces, pasa muy despacio. Entonces el miedo adquiere nuevas formas, desangra la esperanza, trae una urgencia que nada tiene que ver con el color de las hojas en otoño y la ausencia de luz en los cristales. Cae la noche en la mañana, el calor está lleno de hielo. O eso creemos. Pero somos nosotros, nuestro miedo a que nos hagan daño, la imposibilidad como motor del cambio. «Todavía no he conocido a toda la gente que me va querer», me digo.

¿Cuánta gente es toda la gente que nos va a querer? Quizás sea la misma que nos quiere ahora, quizás sea una mejor versión del tiempo compartido. Mientras hay vida hay amor, mientras envejecemos las cosas pierden filo, también se muere un poco el miedo. Puede que el amor consista en multiplicar encuentros con una misma persona, dejar de sublimar al amante de una sola noche, convertir el deseo en gestos, abrazos y palabras. Puede que el amor romántico hoy esté muerto, y en cambio, puede que nos sintamos más vivos que nunca ante la posibilidad de ser amados estando solos en un lunes. Da igual, tenemos que vivirnos, dejar constancia de que si pudimos amar antes podremos amar en el futuro. Y nos quieren, vaya que si nos quieren.

Ilustración: David Shringley