Estas ganas de matar

Pocas cosas dan tantas ganas de matar como la guerra. La trascendencia de su mal, el asco en la boca del estómago, la sinrazón de las banderas. No nos equivoquemos, no hay héroes de guerra. Ni los que cumplen órdenes ni los que parecen dormidos en sus camillas. Todas las razones se nos escapan, suenan a excusas para convertir un territorio al aire libre en la cárcel más grande del mundo. Algunos aseguran querer mantener la paz a cualquier precio, también a la fuerza. La paz, palabra bajo los escombros. Dan ganas de matar las guerras. Al escribirlo, me doy cuenta del fracaso del lenguaje, de que la única distancia entre la guerra y los niños es un disparo. La muerte como penitencia geográfica, la guerra como soledad más perra.

Mataría a todas las guerras si pudiera. A las que liberan pueblos y esas que buscan determinar quién lleva razón. Al final, sirven para ampliar los cementerios y aumentar la demanda de sangre en bolsas. Casi todos queremos paz, aunque sea injusta. Casi todos queremos que los pequeños pregunten «mamá, ¿qué era la guerra?». Casi todos evitamos el ejército porque el ser humano domina el arte de matar sin aprender a hacerlo. Al pensar en la guerra cerramos los puños, nos cagamos en algo muy alto. Después hacemos la cola en el supermercado. Todo es lucha, pero no todo mata. La guerra tiene que morir antes que el mundo. Yo quiero ver su muerte en vida.

Quizás el engaño sea la peor manifestación de la guerra. Se forman bandos de unos contra otros, de uno contra uno mismo porque uno ya no sabe qué creer. ¿Dónde están los buenos si todos matan? ¿Hay guerra cuando se deja morir a un pueblo? ¿Defenderse es una forma de agresión? Todos perdemos en la guerra, también el fabricante de armas y los pájaros. Ni siquiera morir en la guerra evitará la guerra, de ahí que me pregunte de dónde vienen estas ganas de matar cuando deseo la paz por encima de mi cuerpo inerte. El mundo es un lugar extraño. El mundo siempre es peor cuando está en guerra. Los lunes de guerra son más lunes.

Ilustración: David Shrigley

La música y su bálsamo

Si todo va bien, estás sano, ríes, la música es ese ruido que aplana la arena y su luz de otro planeta, fija un instante a una canción y a esa melodía en la memoria. Permite, además, cambiar de tiempo, convertir un páramo en un lugar llamado casa y la luna deja de ser satélite para encarnar a un plato que alimenta las noches, el cielo como fuga. Mejor vestirse y desvestirse con música cerca, ligera, brutal, volver en coche a la rutina, cerrar los ojos con la sensación de que asciendes por encima de los árboles, pero ella seguirá a tu lado. Insisto, si estás bien altera el estado de la piel, las ganas, mantiene el equilibrio que la ciudad niega, te vela. Sin embargo, ¿qué efecto tiene en ti cuando estás roto?

Un bálsamo. De pronto, aparecen propiedades atribuidas a los curanderos. Alguien estuvo tan mal como tú antes que tú, incluso peor, perdió el presente y el futuro imperfecto, todo menos el latido, cantó para contarlo. Entonces comprendes la importancia de la música, la sientes, no solamente recuerdo y lágrima, sino forma de entender el mundo y sus pequeñas cosas, tú y las circunstancias de ese daño. Sí, consuelo, eco de lo invisible en vena.

Sucedió en la guerra. Miles de personas huyeron hacia el norte. Entre ellos, varios músicos prefirieron cargar con guitarras y tambores en lugar de mantas y abrigos. Sabían qué era lo importante, el latido como forma última de vida. Entonces el exilio de las canciones dio paso a la huida hacia dentro, los días pesaban menos y despedirse de la tierra vino con estrofa, estribillo y puente. Nunca le debí nada a la música, pero ella sigue tendiéndome la mano. Hasta que la ausencia de paso al olvido. Ahora suena una canción de paz.

Ilustración: Guy Billout

Los animales

Ya no se recluta a las bestias para la guerra. Se acabó eso de cargar muerte y suministros sobre elefantes y mulas, palomas y camellos. Ahora la munición y las noticias las transporta el hombre y la fibra, jóvenes con rodilleras en su defecto. Los gatos ven pasar lo trenes de la tristeza y siguen a lo suyo, buscando esquinas en la que dejar su olor, pidiendo comida detrás del cristal. Maúllan en un frío sólido, como de soga alrededor del cuello, ajenos a los límites fuera de su cerco de leche. Será por eso que mujeres y niños buscan hogar en camas de países vecinos. Extraña geografía del horror. Fieras nosotros.

Como un gato observo a los caballos desde la ventana de una casa de campo. Duermen, aunque podrían estar muertos. Un hombre agreste se acerca a la parcela y grita algo que no llego a entender. Así reviven las mal llamadas bestias, porque los verdaderos animales ocultan su vergüenza en uniformes, arrebatan a la fuerza lo que pertenece a los que ya se fueron, a los que resisten y a otros que vendrán con lágrimas y patria. Las únicas fronteras son montañas y valles, bosques y mar. Así lo confirma el perro a mis pies.

Levanta la cabeza, gira sobre sí mismo y me observa con cara de recién nacido. De alguna forma nos entendemos sabiendo que no hay por qué gustarse. Así comienzan las grandes historias de amor. Mientras, el sol sale de detrás de una nube y ellos, el gato, el caballo y el perro, los tres, respiran un aire de paz. Domésticos sí, pero también indomables. Entonces llego a la conclusión de que son los animales los únicos que miran de verdad, siempre al ventrículo, porque sólo ellos saben lo que está sucediendo, que es la vida en el mal sentido de la palabra.

Ilustración: とつかみさこ