Las personas son lugares

El movimiento se inventó para salir de nuestra cabeza. Abrimos los ojos, preparamos un café o nada y vamos a trabajar deseando estar en otra parte, una playa, huir a un concierto o al día de un mes al otro lado. Somos incapaces de conformarnos con lo que nos toca, por eso recurrimos a espacios que no nos pertenecen, que no nos pertenecerán nunca. Todo es diferente cuando, después de tanto viaje al centro de nosotros, entendemos que las personas a las que queremos y nos quieren son, en realidad, lugares, ciudades llenas de ternura, pueblos con una cama tibia, continentes a los que llamamos casa.

Haced la prueba en un día de mierda. Alguien te cabrea o te provoca. Sientes la ira martilleando tus venas y tus sienes, las patas de una tarántula en la cara. Respiras hondo, como si el aire que entra en los pulmones procediera de una galaxia sobre tu cabeza. Quieres matar entre latido y latido. Las pulsaciones bajan en el momento en el que te refugias en una idea, una idea que es una persona, una persona que es un lugar. La geografía como invento de la gente sola. La cercanía como manifestación más pura del amor. Un pensamiento, un nombre.

Tan hostil ahí fuera, tanta mala hostia por dentro. La gente es fría, los peores matan, los mejores pisan, el planeta arde, las estaciones confunden a los animales y los apicultores, los reyes con sus coronas de espinas, los súbditos con sus sombreros de paja, los inocentes terminan mal, los malvados sonríen frente al televisor, los niños se raspan las rodillas, los adultos lloran a escondidas de los más pequeños, pero siempre podemos recurrir a un momento feliz cerca de el, cerca de ella. Siempre.

Ilustración: Will Barnet

Pensar

He pensado en mi casa, en lo que será de ella cuando no esté aquí. Quizás sea adquirida por una familia con niños y un cactus, quizás será la casa de alguien con un piano y música en los dedos. He pensado en mí cuando sea un recuerdo, un recuerdo breve, menos incluso, solo frío olvido. Porque llegará el día en el que nadie piense en mí ni en nada de lo que yo hice, que vendrán otros más jóvenes que harán lo mismo más deprisa. He pensado en los discos y en los libros, en las palabras y en el cenicero azul. He pensado en todo sin querer, igual que sale el sol después de la lluvia. He pensado en lo poco que somos y lo mucho que vivimos esperando.

He pensado en el jardín de debajo de mi casa, en las flores que nacerán cuando el calor ascienda hasta el octavo. He pensado en el ciclo del tiempo y las mareas, en todas las cosas que quise hacer y nunca hice. Quizás fue el miedo o la pereza, quizás fueron las ganas de querer hacerlo todo. He pensado en mis errores, en el valor que tiene equivocarse. Es bonito saber que somos leves, que nos tomamos tan en serio hechos de aire y pétalos. He pensado que pensar nos vuelve locos. Mejor sentir algo, aunque sea la respiración de otro.

He pensado en el cielo de encima de mi casa, en los pocos pájaros que vuelan. Al pensar me di cuenta de que pensar es un trabajo, de que pensar mal de uno mismo es costumbre. Quizás debí haberme quedado en Londres, quizás debería dejar de creer que lo que mas duele es añorar aquello que no ocurre. La gente que piensa poco parece más feliz, lo veo en sus ojos, sonríen y duermen siete horas. He recorrido todo el planeta pensado que volaba y por esa razón regreso a casa. Mi casa ni me piensa ni me juzga, es un estuche de felicidad al que regreso. Pienso en lo que queda enterrado bajo tantas capas de pensamiento; ternura, un colchón, canciones. Llegará el día en que ya no piense más en ella.

Ilustración: Lushuirou