La bestia en nosotros

Me he construido una imagen de persona imperturbable, serena, silenciosa. Intento aplicar algo parecido a la razón, primero el tiempo, la fuerza lo último. No se trata de un disfraz o una máscara, sino de una personalidad a la que añado capas, como el pintor que trabaja mientras escucha música en la radio. Hace unos días, en un viaje, esa imagen se hizo añicos. Grité. Sentí la ira desplazarse por mis manos, el latido dentro de las sienes, las palabras, esos objetos afilados. En movimiento comprendí que no hay coraza suficientemente resistente para contener lo que arrastro, la mentira, mis miedos… La bestia en mí, amigo lobo.

Visto con algo de distancia, aquella persona furiosa y cansada (otra vez la excusa del cansancio) era mi sombra, una parte indisociable de todo lo que soy: todas las veces que me dijeron no, mis aspiraciones muertas, las ocasiones y los trajes perdidos, lo que duerme bajo el torrente linfático y un gesto o una acción despiertan. Vi en mis gritos un espejo cóncavo y convexo porque no soy lo que digo ser, sino lo que lo que me esfuerzo en ocultar. Y lo invisible tiene colmillos.

Ojalá aquello que reprimimos se muriera o se fuera secando con el paso del tiempo. La oscuridad afila las aristas de la ira y, cuando emerge, lo hace con la furia acumulada en ese tiempo. Hay en mí y en mi bestia un deseo de destrucción, una necesidad de librarse de la gente poco empática, que antepone su verdad de mierda caiga quien caiga. Ni serenidad a la vista ni furia soterrada; una lucha de fuerzas, esos somos, criaturas de carne, hueso y contradicción capaces de ternura y de violencia, nunca sólo una cosa, nunca libres de la otra. Este es mi aullido.

Ilustración: Karin Straub Wharton

¿Por qué regalamos lo que regalamos?

Es uno de los grandes dilemas del ser humano. Si exceptuamos esas raras ocasiones en las que un rayo sale del escaparate, penetra en nuestro subconsciente y nos conecta con un destinatario random, elegir regalo computa como sufrimiento del primer mundo. Poco importan las ganas de hacer feliz al resto. Al final se recurre al calcetín, la agenda de otro año en blanco o un libro. Y es que detrás de un acto lleno de buenas intenciones se esconden comportamientos atávicos en los que la ofrenda implicaba protección contra los malos espíritus. Luego llegó Amazon y la épica se fue a la mierda. También las tiendas del barrio. Así nos agasaja el progreso.

Entonces entra en liza la presión familiar, el techo de gasto y las frases de autoayuda que ven en el obsequio una extensión de nuestra personalidad. Si regalas a tu madre un Satisfyer eres un pervertido; doy fe. En cambio, si te decides por un sobre con efectivo te tomarán por un constructor o un locutor de radio. Eso sí, todo el mundo lo aceptará de buena gana, que ya se sabe que los euros no dan la felicidad, aunque tampoco se oponen. Si optas por la teoría del decrecimiento… ¡rata inmunda, animal rastrero!

El que regala exprime la alegría de todo acto altruista, incluso puede llegar a emocionarse. Sobre todo cuando acierta. No hay excusas. Si no sabes qué comprar existe personal cualificado que aconseja, sonríe muchísimo y hasta envuelve. Por su parte, el regalado se siente querido y tenido en cuenta, incluso tiembla al rasgar el envoltorio. Por desgracia la alegría dura lo que aguanta el papel celo. Para evitar ese conflicto interno, este año tengo una propuesta adaptada a todas las sensibilidades, mezcla de sillón de Conforama y persona cómoda que combina la decoración, la utilidad y algo parecido al amor. Lo decía Ovidio: «El regalo tiene la categoría de quien lo hace». Y se equivocaba de pleno.

Ilustración: Ellen Sheidlin