González

Enrique González Morales, Quique. Sus más allegados le dicen González. Él sonríe y observa el mundo a través de un mechón de pelo, hace canciones. Algunas roquean, otras son pequeñas, tristes para algunos, tan bonitas. Así lleva veinticinco años. A lo suyo, cada vez más lejos de lo que sucede en festivales, cada vez más cerca de un modo de hacer música que pocos entienden. Sus versos traen ausencias, su silencio enseña el aire de la calle, la música puede decirse en voz baja y con un micro. La de Quique no se parece a nadie más que a Enrique. Por eso un jardín puede cantarla. Sucedió ayer en la noche del Botánico. El verano en Madrid viene con música.

Creo que Quique dijo que «las canciones tristes me ponen contento; las malas, tristes». Tiene razón. Hay en este oficio una forma de respeto por el barro y el tiempo de la memoria. Las canciones, en realidad, no hablan de nadie porque no son de nadie, aunque hablen de todos y las malas abunden. Quique, por su parte, inventa mareas y regala armónicas en la penúltima canción. Dentro de unos años habrá toda una generación que empezó a escribir canciones después de ver a Quique en un concierto. Niños, Quique solo hace fácil lo imposible: regresar a los sitios donde nunca ha estado.

Ayer le vi saliendo del camerino. De negro. Recorría el camino bajo las farolas y los árboles. Daba las gracias, porque eso es lo que hace Quique. La generosidad implica entregar más de lo que uno tiene… sin que te cueste. Puede que esa sea la razón para escribir «de alguna manera tendré que olvidarte, tengo que olvidarte de alguna manera». Puede que nos sigamos moviendo con su música. Puede que todo fuera un sueño, el sueño de una noche. Por eso vuelve. Como el verano, como las canciones que nunca podemos olvidar, aunque queramos.

Ilustración: Rafa Mateos

El disco de Quique González

Los discos de Quique González tienen algo de oración profana. Todo va de dentro (el suyo) hacia dentro (el del escuchante). Y entre la hierba y la mugalla, o a modo de abrazo de su verso pasiego, tuyo y mío, la música filtrada por vagos que lo son porque, de tocar tanto y tan poco, lo que peor hacen es hacerlo de la hostia en un mal día. Así trota el caballo de «Sur en el Valle«, único aire que recorre los pasillos del pulmón de casa. De alguna manera trae una luz muy suya, luz velada o de cortina, cierta nostalgia del movimiento invadiendo el cuerpo y el espacio. Y que aún lo hace. De ahí la letanía de vivir al estilo mediterráneo. Debe ser que el campo se parece al mar en todo menos en la modestia.

Sucede que las buenas canciones casi nunca se desvelan en los primeros compases, prescinden de estribillos, o si los hay podrían encerrarse en un verbo, un pronombre relativo, uno personal átono y otro verbo más, palabras y emoción a la primera toma. A veces, incluso, resulta difícil seguirles la pista, caminan por senderos sinuosos en los que la noche nos toma por sorpresa. Y amanece claro. También en la ciudad y con una melodía en las comisuras de la memoria.

Me prometí que lo escucharía una vez sin distracciones, ni kanjis, ni flexiones, como se merecen los discos que ocupan las mañanas. Mentí. Tras cuatro escuchas sigo. Hay algo en este que te hace sentir bien, mejor, por obra del sonido y lo que calla. Me gustaría culpar a Toni Brunet, productor y cada vez más ciclista que guitarrero. En realidad, muchos pasaron por ahí para atrapar el pájaro de las canciones. Ahora vuela pegado al cielo, el cable a tierra vibra, y el mundo, es decir España, es un valle menos extraño con la música de Quique.

Ilustración: Juan Pérez Fajardo