Mis refugios

La soledad nos enfrenta a la peor de las realidades: nosotros. Estando solos  ‒sentirse solos es otra cosa‒ nos vemos forzados a escuchar esa voz que los demás apagan, una voz que habla de nuestro deterioro físico y la incapacidad para adaptarnos al cambio, de lo poco que nos gustan las aglomeraciones y lo mal que llevamos el silencio. Sin nadie cerca somos un rastro de la gente a la que queremos, un animal perdido y bien alimentado. Frente al miedo, el nosotros se convierte en un yo, y ahí recurro a la música y los libros de siempre, a un recuerdo de ella. 

La música que escucho ahora es la de mi adolescencia. No porque sea la mejor, tampoco la más interesante, sino porque atraviesa el espacio y abre la puerta de un refugio que, a diferencia de mi cara, permanece intacto, lleno de pósters de guitarristas en las paredes y una ventana al campo. Si fui feliz en algún momento fue en ese cuarto. Y aún puedo. El mismo ritual de los casetes escritos con bolígrafo. Distinto tiempo. Ajusto los iPods y aparecen flores en la lista de mi pecho.  

Sucede lo mismo con los libros. Recurro a Marías en PDF, a párrafos de Nicanor Parra o Joan Didion, al marinero que perdió la gracia del mar, textos que reconozco de otra forma al releerlos, que me recuerdan lo que puedo ser y sentir estando solo, que ignoran la fuerza de la gravedad y la caída. Luz de septiembre del 2024. Una mañana de niebla. En el horizonte había un barco. El sol apareció de pronto, una uva resplandeciente. Desapareció la niebla. Desaparecí yo. Aparecimos nosotros frente al agua, sobre la arena de un verano que vuelve hecho refugio. 

Ilustración: desconocido.

El futuro como refugio

Nunca fue buena idea diseñar futuros. En ellos hay una promesa elevada a una potencia, es decir, cielo, lumbago, cristales. A pesar de la advertencia, y ya de niños, nos empeñamos en seguir dándole color, forma y heridas. Vivir posibilidades en lugar del verbo solo. Así sepultamos castillos y playas, miramos al frente dejándonos atrás, o al menos una parte que sucede como se suceden los trenes que atraviesan campos que atraviesan estaciones. Porque pertenecemos al porvenir, por mucho que insista el monitor de yoga. Sin embargo, no todo va a ser malo o peor. Cuando la realidad nos va a la contra, podemos hacernos un ovillo, una paca de paja, lo que queramos, arder en el incendio del verano, refugiarnos en el humo de la próxima estación.

El tiempo entonces muta. El salón y su paisaje necesitan una mano de pintura, quizás sábanas nuevas, gasolina. Cambios. Futuro como casa, refugio que recibe a todos, incluso a los que mueren al otro lado de la valla. A las pruebas hay que remitirse. El dolor de ahora, de misa diaria y parpadeo, se disuelve en el transcurso de las tardes hasta convertirse en una sonrisa si encadena meses, noches, después años. ¿Ves? No lo viste venir, por eso sonríes sin darte cuenta, ahora, sí, ahora.

Queda claro que tu biografía no equivale a tu futuro, tampoco eres ni serás el mismo, exceso de velocidad y circunstancia. Entonces recuerdas lo malo cuando lo peor quedó atrás. Las ruinas se fueron llenado de vegetación, también de sombra y carreteras. De ahí la insistencia de reunirte con el futuro. «He cambiado», dices, aunque él intuye el tuétano y esa manera tan tuya de andar con prisa. Le dices que sigue siendo tu refugio, el lugar que mojas cuando lloras. Ahí, bajo el aire cargado de promesas os dais un abrazo largo, cálido. Ya es pasado, por eso lo echarás de menos.

Ilustración: Guy Billout