La carta

Escribir una carta como una lista de la compra. Ordenar lo deseado en función de lo importante, de izquierda a derecha aún siendo zurdos, desde los escaparates de la calle o otro escaparate que es el blanco de la hoja. Redactar con buena letra, a lápiz, evitando los guiones al final de línea, el único momento del año donde hay espacio para un coche de pedales y la mala ortografía, un ordenador y un mundo sin guerras, una muñeca y un trabajo para padre. Reparar en la importancia de hacerlo en línea recta, ignorando que, como en la vida, todo se tuerce en algún punto. Escribir una carta sabiendo que los deseos escritos pueden venir envueltos en papel kraft, pero duran poco en la memoria.

Terminar con las existencias de las jugueterías, doblar el papel con cuidado. Introducir la hoja en un sobre y entregárselo a los padres, principio de una cadena que comienza y termina con los reyes y su estrella. Y esperar a que llegue la noche y su mañana. Para paliar la espera dejar mandarinas a los pies del árbol, agua, licores, un plato con galletas. Los magos recorren distancias impensables hace siglos. No olvidar un zapato que sirva de acomodo para un misterio envuelto, para una esperanza convertida en tradición pagana.

Dormir mal, con los ojos llenos de regalos. Despertarse a beber agua con la intención de descubrir el truco. ¿Cómo se llaman sus camellos? ¿Cómo pueden entrar en todas las casas del mundo? Soñar que pasa el tiempo más deprisa, regresar a la cama e imaginar que, al otro lado de la puerta, hay un salón lleno de juegos y de niños sin hambre que no saben que son niños. Nadie necesita explicarles quiénes son los reyes. Que cada uno crea lo que quiera. Crecer, la peor forma de olvidar que nunca seremos reyes. Pero estuvimos muy cerca.

Ilustración: Evonne

En lo inesperado está el regalo

Esta noche, como cada enero, tres hombres se inclinarán ante un recién nacido. Así comienza la infancia, vida idolatrada que huele a mandarinas e insomnio. Esta misma noche, los niños recibirán una muñeca, el libro que no querían, la esperanza de desenvolver regalos. A los mayores les entrarán las prisas. Así pasan los años, nada cambia. Los niños se hacen mayores, dudan entre la falta de ilusiones y el deseo débil, rompen juguetes, intentan repararlos sin saber cómo. Todo es juego, como es juego inventarse que los reyes son los padres. Nada más serio que jugar despierto.

Los mejores regalos son los que no se compran, un dicho de viejo que los adultos olvidan fácilmente. Ahí están ellos, más canosos, con alientos condensados por el frío y manos cargadas de promesas. Se detienen en el escaparate, observan su reflejo y se preguntan qué ha pasado. Desearían ser sus hijos, revivir aquellas noches en las que padre era inmortal, madre tenía algo de Dios y los villancicos no presagiaban una guerra nuclear. Si los niños representan el futuro, ¿por qué ese empeño en mirar atrás, tan lejos? Unos nacen por primera vez; los otros creen en la memoria.

Entonces ocurre. Puede ser el resplandor de las luces disuelto en el invierno; la voz de hermana al otro lado de la puerta; un autobús dirección Sol; lo perdido que aún nos late; el fin del miedo; aquello que esperamos, que nunca sucedió y ahora sucede; pasos perdidos en la nieve; una mancha de vino en el mantel; esa noche que atraviesa el espacio desde el 89 y amanece en enero de 2023; barbillas sonrojadas por dentro del abrigo, un gesto de él en otra cara, de ella entre otras ellas. En lo inesperado está el regalo, siempre. Y también la magia.

Ilustración: Hiroshi Nagai